sábado, 23 de junio de 2018

Escarmiento

No le gustaba el bullicio de las cafeterías de la zona de oficinas al caer la tarde, cuando estaban llenas de trabajadores que trataban de evadirse de la rutina de su trabajo o de un mal día o querían celebrar un ascenso o una brillante operación. A Vicente todo eso le resultaba artificial, impostado. Sabía que tras todas aquellas risas se escondía el peso del trabajo que no se había logrado dejar detrás de la puerta del despacho o el temor de llegar a una casa donde esperaban los problemas que se habían ido agrandando con los años y que hacían del trabajo un refugio.
A Vicente no le gustaba aquel alborozo, las carcajadas, las palmadas en la espalda y los fuertes apretones de manos.
Lo vio entrar acompañado por dos hombres más jóvenes. Ya conocía a uno de ellos, era el que le acompañaba durante los últimos meses, riéndole los chistes y celebrando sus ocurrencias. Tras unos minutos observando a los tres con disimulo, supo que el tercero era el que pronto sustituiría al otro comparsa. Sabía que Alfonso cambiaba de ayudante cada doce meses con una regularidad casi inalterable. Doce meses era lo que tardaba en encontrar a otra persona más brillante, más aduladora o más ingeniosa a la que poder exprimir y luego desechar sin contemplaciones. Era un juego cruel, que llevaba practicando desde que él lo conocía y que con el paso de los años, los cambios de empresa y los logros profesionales, se mantenía inalterable.
No tenía mucho tiempo, Alfonso no solía entretenerse mucho: un güisqui tomado con cierta premura y en menos de media hora ya estaba camino de su casa. Llamó al camarero, ordenó y pagó otra ronda para Alfonso y sus acompañantes y salió del local antes de que el camarero tuviera tiempo de decirles quién los había invitado.
Caminó hasta el parking cercano donde sabía que estaría el coche de Alfonso. Cuando hubieron transcurrido diez minutos supo que no habían despreciado la segunda copa, porque, de otro modo, él ya habría llegado. Veinte minutos después lo vio acercarse, se agachó al lado de la puerta trasera derecha y cuando oyó  que se habría la puerta del conductor se coló dentro del coche.
— Buenas noches, Alfonso, tengo una pistola en la mano derecha y un cuchillo en la izquierda — dijo, alzando ambos objetos por encima de los respaldos de los asientos delanteros para que el otro pudiera verlos  por el espejo retrovisor.
Alfonso miraba por el espejo incrédulo. No veía la cara del asaltante, pero sí veía claramente las dos armas y no tuvo ninguna duda de que le convenía hacerle caso.
— No llevo mucho dinero encima, pero podemos ir a un cajero y…
—Cállate la boca, anda, y no seas gilipollas — lo interrumpió Vicente—¿todavía no sabes quién soy? — y se movió ligeramente para que su rostro se reflejara en el espejo retrovisor.
— ¡Vicente! — dijo sorprendido, antes de entender que la situación era más grave de lo que había pensado.
— Así es, Vicente, sí señor; veo que aún te acuerdas de mí.
Le ordenó que arrancara el coche y condujera con normalidad mientras él le iba dando las instrucciones.
Se adentraron por un barrio a los que las personas como Alfonso no suelen acercarse en toda su vida. Vicente vio a la chica apoyada a la farola de siempre. Si hubiera estado con algún cliente habría escogido a otra, pero ya había estado con ella en alguna ocasión y sabía que eso evitaría eventuales reticencias.
—  Párate junto aquella chica y baja la ventanilla.
—  ¿Quieres diversión, guapo?
Vicente le pidió que subiera al coche y la chica no lo dudó. Las veces que había estado con él se había portado bien y había sido generoso, así que no hizo preguntas.
Se dirigieron a la casa de Alfonso en una urbanización de las más exclusivas de la ciudad. Vicente viajaba agazapado tras el asiento del conductor, protegido de las miradas indiscretas y de las cámaras de vigilancia por los cristales tintados del vehículo. La estúpida vanidad de estos tipos termina por ser su mayor debilidad, pensó mientras esperaban a que el portón de la finca terminara de abrirse por completo para que pudiera pasar el vehículo.
Loli, siguiendo las sugerencias de Vicente, trataba de animar a Alfonso, y le divertía notarlo tan tenso. Le parecía increíble que pudiera ser la primera vez que iba a hacer algo parecido.
Cuando se cerró el portón del garaje tras ellos, Vicente salió del vehículo y le pidió a los otros dos que hicieran lo mismo.
— Ahora vamos a divertirnos un rato, ¿verdad, Loli?
— Claro, dijo la chica — pensando que no le iban a creer cuando contara a sus amigas dónde había estado.
Vicente pasó un brazo por encima de los hombros de Alfonso y le dijo al oído:
— Vamos a pasarlo bien, no hagas ninguna tontería porque sigo teniendo la pistola y el cuchillo — dijo, mientras apretaba el cañón del arma contra los riñones de Alfonso.
—  ¿Qué pretendes? —  preguntó Alfonso entre dientes.
— Pues nada — dijo en voz alta — vamos a corrernos una pequeña juerga con nuestra amiga Loli que sabe ser muy profesional y complaciente, ¿verdad, cielo?
Vicente sirvió dos generosos vasos de qüisqui  y puso apenas un dedo en el suyo.
— Tienes que hacer los honores al dueño de la casa, Loli. Es el anfitrión.
La chica, cada vez más divertida se sentó a horcajadas sobre Alfonso, pero éste seguía sin mostrar ningún interés por ella.
— Mi amigo no sabe divertirse —  cortó Vicente, conteniendo a duras penas su disgusto— , sube arriba, entra en la primera habitación y espérame allí, que ya sabes que yo sí sé pasármelo bien.
La chica se fue un poco contrariada, porque sentía que había fallado, pero esperaba compensar a Vicente como a él le gustaba.
Cuando se quedó a solas con Alfonso, sacó la pistola del bolsillo de la chaqueta, tomó la botella de güisqui se la dio y le ordenó que bebiera. Él otro bebió un pequeño trago y Vicente se enfadó.
—  Voy a explicártelo muy despacio a ver si lo entiendes. Tienes que beber toda la botella. Puedo metértela a la fuerza en la boca y romperte unos cuantos dientes o puedes hacerlo tú y evitar más daños.
—  Pero, ¿qué pretendes?
— Sólo quiero humillarte un poco. Sé que es un pobre escarmiento por haberme arruinado la vida, pero, como tú me dijiste el día que me echaste de la empresa, me falta ambición.
Alfonso fue bebiendo poco a poco y cuando ya casi había terminado la botella, se desmayó.
Vicente subió a buscar a Loli, le dijo que su amigo parecía haberse animado por fin y le pidió que bajara. Ella lo hizo, se acercó a él, se sentó en sus muslos y le mordisqueó una oreja. Sabía que era un comienzo que casi nunca le fallaba. De pronto, sintió como si le quemaran el cuello al tiempo que un líquido caliente le mojaba todo el cuerpo. Se miró las manos, que instintivamente se habían agarrado la garganta, y las vio rojas de sangre. Giró la cabeza hacía atrás y vio a Vicente limpiando el mango de un cuchillo ensangrentado. Se desplomó sobre el cuerpo de Alfonso y unos segundos después cayó al suelo muerta.
Después de poner el cuchillo en la mano derecha de Alfonso, para que quedaran marcadas sus huellas, y dejarlo caer al suelo, Vicente limpió concienzudamente todo lo que él había tocado y después hizo que los dedos de Alfonso y de Loli tocaran los vasos y la botella. Sacó un papelina del bolsillo y dispuso unas rayas sobre una pequeña bandeja de plata.

Cuando todo estuvo dispuesto a su gusto, salió de la casa por la puerta de atrás, evitando las cámaras de vigilancia, llegó al final del jardín posterior y saltó el muro. Tenía por delante una larga caminata hasta la ciudad.

sábado, 16 de junio de 2018

El cumpleaños

Alzó la copa de vino para brindar por su treinta y cuatro cumpleaños. Nadie correspondió a su gesto porque Daniel se encontraba sólo en su apartamento; de alguna manera había que llamar a aquellas tres estancias, cocina, baño y dormitorio, que era todo lo que se podía permitir.
Apuró la copa de vino y, mientras se servía otra, hizo un repaso de lo conseguido en su vida hasta entonces. Unos estudios universitarios abandonados hacía muchos años, unos padres en un pequeña ciudad en el otro extremo del país, si es que seguían vivos, porque hacía más de diez años que no sabía nada de ellos; un hijo en algún lugar que tendría ahora cinco, no, siete, bueno, no sabía tampoco cuántos años tenía, ni siquiera como se llamaba.
La madre del niño, María, compartió con él los peores meses de su vida en los que las horas eran sólo el tiempo necesario para conseguir la siguiente dosis. Un buen día le dijo que estaba embarazada y que él era el padre. Podría serlo, pero, cómo estar seguro. A ella no le gustaron sus dudas y con un eres un cabronazo, desapareció. Volvió a verla casi dos años más tarde. Tenía buen aspecto. Le dijo que trabajaba de cajera en un supermercado y que ya no se metía nada. Alguna borrachera de fin de semana, pero nada de descontrol. Tenía un novio que no sabía nada de su pasado y que, por el momento, era mejor que siguiera así, le dijo.
— ¿Y el niño? — le preguntó él — cuando ella hizo una breve pausa para tomar aire.
— Con los abuelos — le dijo.
— …
— Nunca vas a saber nada de él. Mis padres tendrán la oportunidad de que él les compense del desastre que resulté ser yo — se cayó unos segundos y después añadió con un algo extraño en su mirada — y si sale como yo quizás es que es culpa de ellos o que llevamos algún defecto en la sangre, no sé, como los down que dicen que tienen un cromosoma de más, o algo así. Sí, quizás sea algo así — añadió pensativa.
Daniel no insistió porque, en realidad, no estaba seguro de querer ver a aquel niño del que seguía dudando que fuera hijo suyo. Se agarraba a esa duda como un náufrago a su tabla, porque cuando la duda menguaba su angustia crecía. Bueno, se decía, María seguramente tendría razón y fuese mejor que creciese protegido por las mentiras que le habrían contado sus abuelos sobre quiénes eran sus padres. A él la verdad no le había servido una mierda, así que quizás era mejor crecer rodeado de unas buenas dosis de mentiras.
Cuatro meses después de aquel encuentro con María volvió a verla, en la página de sucesos de un periódico, estaba en el suelo de un portal, con las bragas por los tobillos y una bolsa de plástico en la cabeza. La fotografía ilustraba la noticia de su muerte en “extrañas circunstancias”. Daniel la reconoció por el pequeño delfín que tenía tatuado en el interior de su muslo derecho.
Eso había ocurrido hacía sólo tres semanas y ahora Daniel se encontró con los ojos nublados por las lágrimas.
Cuando habló con María no le había dicho que él también llevaba varios meses sin meterse, pero que la vida le parecía una mierda casi peor que cuando estaba todo el día colocado. Que gracias a la asociación que le había ayudado había conseguido un empleo de mierda con el que apenas podía vivir. Para qué decirle nada. La había visto tan feliz que había creído que era cierto que la suerte le había sonreído. Si se lo hubiera dicho quizás ahora estaría viva y celebrando con él su cumpleaños o quizás habrían muerto los dos de una sobredosis en cualquier callejón. Porque él estaba seguro de que algún día se le acabarían las fuerzas o las ganas de luchar o se le cruzaría algún cabronazo en su camino y todo se iría a la mierda y, era curioso, pero eso le parecía un alivio. Sólo temía volver a andar dando tumbos para conseguir el dinero necesario para la siguiente dosis. Ese infierno en el que no podía pensar en otra cosa que en que tenía que conseguir la siguiente. Ese era su miedo, volver a aquello.
Terminó la botella de vino, encendió un canuto y siguió llorando.

sábado, 9 de junio de 2018

No quiero verte más

Hacía más de una hora que estaba sentado en aquella terraza, esperando. Esperando a que llegara la hora de ir a buscar a Marta.
Marta. Sólo recordar su nombre le producía un dolor en el estómago que le subía por el pecho hasta casi ahogarlo.
Marta era la que le había enviado un mensaje de whatsapp hacía cuarenta minutos: “no quiero verte más”. Y fue como si el silbido que tenía como notificación para sus mensajes se hubiera convertido en un puño que le había golpeado en el estómago, en el cuello, en la cabeza y lo había dejado sin aire, sin respiración y casi sin vida.

La había conocido hacía algo más de un mes cuando sus vidas se cruzaron en el metro. Ella lo miró divertida cuando descubrió sus ojos fijos en el reflejo de los suyos en la ventanilla.
— ¿Es mejor si me miras de frente, en los reflejos siempre pierdo mucho? — le dijo con la sonrisa más maravillosa que nunca se había dirigido a él.
— Me has descubierto — le respondió él fingiendo un aplomo que su cara roja desmentía.
—  Me llamo Marta.
— Yo no —  respondió él arrepintiéndose cuando ya era tarde.
— Lo siento —  dijo ella, al tiempo que se daba media vuelta y le daba la espalda.
— David — le dijo él a la espalda de ella— Perdona por ser tan cretino.
Ella se volvió, lo miró fijamente y después añadió:
— Te voy a perdonar, pero sólo por una cosa… ¿Quién utiliza cretino desde hace mil años? — y su risa contagiosa se extendió por el vagón haciendo volver las caras a los demás pasajeros.
David la miraba entre divertido y molesto.
— No me mires así — le dijo ella de nuevo seria antes de estallar otra vez en carcajadas hasta que los ojos se le llenaron de lágrimas.
En parte por los nervios y en parte por lo que ocurre tantas veces con la risa que se contagia imparable, él también terminó llorando de risa. Y aún seguían riendo a ratos mientras trataban de ponerse serios, cuando llegaron a la estación donde ella tenía que bajarse. Le dio su número de teléfono de manera atropellada y él lo anotó en el móvil de inmediato mientras ella lo miraba desde el andén y le hacía gestos con la mano para que la llamara.
¿Terminaba en 98 o en 89? ¡Dios, se le había olvidado? ¡Cómo podía ser tan estúpido! Se decidió por el primero y llamó. Esperó paciente hasta que el teléfono desistió y pudo ver en la pantalla “llamada terminada”. Cambió de orden las dos últimas cifras y volvía a llamar.
— Ja ja ja —  le respondió la risa alegre de ella —.  Sí que te cuesta a ti hacer una llamada de teléfono.
— Es que… ¿Por qué sabías que era yo?
— He hecho una rápido cálculo de probabilidades de quién podría estar detrás del número desconocido que me estaba llamando y sólo podíais ser tú o George Clooney, así que me la he jugado.
—  Ya, claro, rió él también.
—  Si quieres decirme algo hazlo rápido porque estoy a la puerta de mi empresa y ya llego tarde — dijo ella, detenida ante un escaparate sin dar muestras de tener ninguna prisa.

Había pasado poco más de un mes y en ese tiempo David se había enamorado como un tonto. No era la primera mujer de su vida, había habido alguna otra, con una de ellas había llegado a convivir durante unos meses, pero la experiencia no fue buena. La verdad es que, aunque no pensaba mucho en ello, no quería hacerlo, siempre lo habían dejado. Por razones más o menos claras, con excusas más o menos convincentes, pero siempre fueron ellas las que tomaron la decisión de romper. Con Marta no había querido hacerse ilusiones, pero no lo había conseguido y vivía entre el temor a que lo dejara y la plenitud que sentía cuando estaba a su lado.
Y, de pronto, mientras hacía tiempo para ir a buscarla, aquel mensaje.
“No quiero verte más”
Y después los suyos. Diez, quince, treinta mensajes preguntando, inquiriendo, implorando, suplicando:
“¿Es una broma?”
“¿A qué ha venido eso?”
“¿Por qué no me respondes?”
“¿Qué ha pasado?”
“¿Estás enfadada por algo”
“¿Por qué no contestas?”
“¿Se puede saber que te hecho?”
“Marta, por favor, dime algo”
“Contesta al menos”
“¿Dónde estás?”
“¿Podemos vernos?”
De pronto se dio cuenta. Los mensajes no habían sido leídos. Ni siquiera habían sido entregados. La desolación se transformó en pánico. Marcó el número de Marta.
“El número al que llama está apagado o fuera de cobertura en estos momentos”
David siguió enviando mensajes cada día sin que ninguno de ellos fuera entregado al receptor. Llamaba varias veces cada mañana y cada tarde, pero siempre con la misma respuesta. Llamó a la empresa donde ella le dijo que trabajaba, pero buscar allí una Marta sin apellido era una tarea imposible. Así que decidió tomarse unos días de vacaciones y los pasó apostado a las puertas de su centro de trabajo con la esperanza de verla entrar o salir. Nada. Marta había desaparecido.

Casi dos años después la vio. Estaba sentada en una terraza de Plaza Mayor. Bebía una cerveza y disfrutaba del amable sol de primavera que había asomado de nuevo al cielo tras varios días de lluvia. Estaba tan hermosa como siempre y cuando echaba la cabeza hacia atrás y cerraba los ojos, David recordaba cuánto lo excitaba aquel gesto con el que ella parecía entregársele por completo y él la besaba y era feliz.
Ella no lo vio llegar porque seguía con los ojos cerrados. Él se detuvo ante ella, se movió ligeramente y con su cuerpo dio sombra al rostro de la mujer. Ésta abrió los ojos, lo miró seria; su mirada parecía evaluarlo.
— Marta… —  dijo David, como si ese nombre lo explicara todo.
— ¿Qué dices? —  respondió ella con una voz tan dura como su mirada.
— Perdona, creo que te he confundido con otra persona — dijo David, lleno de estupor.
— Lárgate y no molestes, tío.

David se alejó de la mesa y ella lo vio alejarse abatido. Echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y una lágrima resbaló por su mejilla.

sábado, 2 de junio de 2018

Reciente

La palabra piso era demasiado pretenciosa para aquel espacio al que hasta llamarlo apartamento parecía una exageración. Había despertado en él por primera vez y todo resultaba deprimente: la escasa luz que entraba por las ventanas, los muebles baratos y las paredes mal pintadas y con manchas. La chica de la agencia le había dicho que estaba recién pintado, pero estaba claro que recién encerraba para ella un significado diferente al que le daba el diccionario y abarcaba un periodo que seguramente podría remontarse a varios meses atrás.
Bueno, era sólo una mentira más y Bruno suponía que a sus más de cincuenta años de una vida llena de mentiras era inevitable que éstas siguieran adornándola en cualquier circunstancia.
Las mentiras comenzaron cuando Elisa lo convenció de que no era buena idea tener varios hijos, como él deseaba, sino que era mejor tener sólo uno y darle una buena educación y verlo crecer sin privaciones ni estrecheces. En realidad las mentiras quizás habían empezado cuando ella le dijo que lo quería o… Pero eso ya daba igual, Elisa era historia y lo malo era que formaba parte de su historia.
Habían tenido un único hijo, cierto. Habían tratado de darle una buena educación y, aunque él no estaba satisfecho porque le habría gustado que fuese médico, fue el primer universitario de la familia. No había tenido nota suficiente para estudiar medicina, ni ellos dinero para pagarle una universidad privada y el chico debió conformarse con ser enfermero y todos, él el primero, aceptaron aquella decepción como si no tuviera importancia. Pero era mentira. Para su esposa y para él aquello había sido un fracaso y la consecuencia del mismo fue que Bruno hijo había tenido que irse a Inglaterra — en realidad estaba en Escocia, pero ¡qué se jodan los ingleses con su rollo del Reino Unido y la Gran Bretaña!, pensaba Bruno — porque en España, con la crisis, no había trabajo para él, mientras que si hubiera sido médico, seguramente no habría tenido que emigrar, ni casarse con una inglesa — en realidad es de Gales, pero ya ha quedado claro lo que Bruno piensa de toda esa mierda — que no sabe una palabra de español, con lo que empata muy bien con él, que tampoco sabe una palabra de inglés, ni maldita la falta que le hace si no fuera porque no puede hablar con su nieto que ahora tiene cuatro años y el gilipollas de su padre no había sido capaz de enseñarle ni a decir abuelo en español.
El caso es que con su hijo en el extranjero y sin ya nada en común porque la convivencia de tantos años había terminado por consumir todo lo que tuvieron en su día, Elisa decidió que hasta ahí había llegado y que se iba a vivir con Francisco.
A Bruno no le habría importado gran cosa que se hubiese ido a vivir con otro o que se hubiera ido de misionera a Nairobi, pero Francisco había sido su mejor amigo desde el instituto y su amistad fue incorporando a sus mujeres, a los hijos, las celebraciones familiares, las vacaciones juntos, los funerales, los éxitos y los fracasos. Es verdad que los éxitos los ponían Francisco y los suyos y los fracasos corrían por cuenta de Bruno y familia. Pero, ¡coño!, eran amigos.
Seguramente Francisco interpretaba la palabra amigo con la misma liberalidad con la que la chica de la agencia inmobiliaria añadía la palabra recién a alguna circunstancia de un pasado incierto, pero el caso es que Elisa vivía ahora con Francisco después de haber disuelto la sociedad de gananciales —al final, eso era su matrimonio, pero con mucho más de sociedad que de gananciales—, para lo que le había urgido a vender, malvender era una palabra mucho más exacta, el piso en el que vivían y cuya hipoteca habían terminado de pagar hacía sólo diez meses —¿no es gracioso? —y haber disuelto también el último gramo de fe en el ser humano que le quedaba a Bruno.  
Con la mitad del dinero del piso y su trabajo, Bruno no tendría por qué verse en una mala situación económica y no tendría porqué haber alquilado aquel cuchitril desde cuya ventana se podían ver una sucia pared de un patio de luces y un deprimente tejado lleno de maleza a punto de derrumbarse. Pero es que de aquella operación aritmética también alguien se encargó de quitar uno de los sumandos: el trabajo. Una semana después de terminar el proceso de divorcio el responsable de personal de su empresa lo llamó a su despacho y le comunicó la gran noticia: la empresa cerraba. Le dio los papeles para el FOGASA como si le entregara un décimo de lotería premiado y le dijo susurrando, aunque no había nadie más allí que pudiera oírlos, que no lo comentara con nadie, porque la mayoría se iban a encontrar con sorpresas muy desagradables.
Bruno salió del trabajo, fue a su casa, cogió una calculadora y echó cuentas. En realidad, antes se detuvo en un bar y cogió una tajada como nunca en su vida. De hecho lo encontró la señora de la limpieza tendido en los aseos a la mañana siguiente, dormido, más bien, inconsciente. Y fue después de una ducha, varios cafés y muchas más aspirinas, cuando cogió la calculadora, echó cuentas y supo del dinero aproximado que dispondría para pagar la renta de su casa. Esa misma tarde, después de visitar un par de agencias tenía una idea bastante clara de que la palabra casa encajaba con mucha dificultad en lo que podría pagar con aquella cantidad.
Ahora, con una taza de café en la mano había comenzado a ser plenamente consciente de la vida que lo esperaba.

Fue a buscar el teléfono móvil, escribió un mensaje de whatsapp a su hijo: “ayer me han prejubilado, me voy de viaje por Europa, estamos en contacto”, apagó el teléfono, sacó la tarjeta SIM, la arrojó al inodoro y tiró de la cadena.

sábado, 26 de mayo de 2018

La casa

El polvo flotaba en los rayos de luz que se filtraban por las contraventanas cerradas. Los suelos, los muebles, todo parecía gris y sucio en aquella oscuridad tamizada por la escasa luz que se colaba por las ventanas. Cuando, durante estos años, imaginaba la casa, la veía limpia y luminosa, como había quedado grabada en su recuerdo; nunca se había planteado que durante quince años se habría ido acumulando el polvo y la suciedad se habría agarrado a los muebles, a los suelos y a las paredes hasta tomar en ellos carta de naturaleza. No lo había pensado y ahora se reía de sí mismo ante la sorpresa que le había causado aquel estado de abandono con el que no había contado.
Fue recorriendo las estancias de la planta baja, notando la presencia de los fantasmas que poblaban la casa. Notaba su presencia huidiza, las voces que se habían quedado prisioneras en aquellas habitaciones. «¿Qué vamos a hacer con ese chico?». Era la voz de su madre aquel día que había sorprendido la conversación con su padre en el salón. Podía ver su propia sombra detenida en el pasillo, unos pocos pasos antes de la puerta, atento a la respuesta de su padre. Pero antes de que pudiera oírla, su sombra se alejó sigilosa porque la sombra de su hermana acababa de entrar por la puerta de atrás corriendo alocada, como siempre, y él no quería que lo sorprendieran espiando.
También eso le sorprendió, aunque menos, porque aunque no contaba con que los fantasmas familiares siguieran en la casa, de alguna manera, inconscientemente quizás, no había descartado que siguieran todos allí. En la casa habían vivido sus padres desde que se casaron, había sido el regalo de boda de los abuelos, y habían sido felices viendo crecer a sus hijos. Así que no era demasiado sorprendente que sus fantasmas hubieran decidido seguir allí. Si es que los fantasmas pueden tomar esas decisiones.
Había recorrido la planta baja varias veces. Había accionado el interruptor de la luz y lo había apagado de inmediato al notar cómo las sombras huían apresuradas con una especie de rumor apenas perceptible, como si varias escobas barrieran el suelo a la vez.
Había pasado varias veces ante la escalera que subía a la primera planta, pero se había obligado a mirar hacia otro lado. Hacia la habitación del fondo donde estaba el despacho de su padre. Y allí se encaminó para comprobar que todo seguía en su sitio, como entonces, cubierto de aquella pegajosa capa de polvo gris, pero igual que si su padre fuera a entrar allí después de la comida para despachar los asuntos más urgentes de sus negocios. Podía oler el humo del cigarro que encendía invariablemente tras la comida, cuando se encerraba en el despacho, con un café y una copa de brandi. En su casa nunca decían coñac.
Pero ahora estaba plantado al pie de la escalera mirando hacia arriba. «Tienes que subir», le decían las sombras desde las habitaciones que ocupaban la segunda planta de la casa. «Ya sabes lo que hay. No tiene objeto que te quedes ahí. ¿Vas a vivir siempre en la planta baja?, ¿cómo se lo explicarías a Luisa?».  
Luisa, claro. Luisa llegaría al cabo de tres días y tenía que encontrar una casa limpia y habitable.
Subió la escalera y se dirigió a la izquierda. Al fondo del pasillo estaba su habitación. La puerta estaba entornada y sin tocarla pudo ver su interior: la cama hecha, todo recogido y ordenado, como le gustaba hacer cada mañana antes de irse al colegio. Pudo escuchar a la sombra de su madre decirle a sus hermanos que debían imitarlo y ser igual de ordenados y limpios que él. Y también escuchó a las sombras de sus hermanos burlándose del «niño perfecto». «¿Sigues siendo perfecto después de estos quince años, Arturito?». Arturito. Sus hermanos lo llamaban así cuando querían burlarse de él, sacarlo de sus casillas, lo que solía ocurrir, y reírse cuando sus padres lo castigaban por su mal comportamiento.

Pasó a la habitación de su hermano. La puerta estaba cerrada. La entreabrió con cuidado, temiendo la reacción airada de Alejandro, como acostumbraba, en los últimos tiempos. «Lárgate de aquí, anormal». Así lo llamaba últimamente, siempre que no estaban sus padres delante y no podían reprenderlo.

*La fotografía ha sido tomada de http://www.littlecrunchy.com

sábado, 19 de mayo de 2018

El encuentro

Le gustaba pasear por el Muro a media tarde cuando el cielo estaba gris y, de cuando en cuando, se licuaba  en una lluvia fina y persistente que se confundía con la niebla y la bruma que llegaba del mar.
De pronto la vio, estaba reclinada sobre la barandilla mirando el mar que avanzaba en olas cada vez audaces en su afán de conquistar la playa.
Se detuvo a contemplarla.

Hacía seis, no, siete años ya, que no la veía. Y no había podido olvidarla. Había sido en una cafetería muy cerca de donde se encontraban en aquel momento.
«Me voy de Gijón», le había dicho de pronto con el mismo tono que podría habría dicho que iba al baño o que al día siguiente iría al cine con una amiga. Él la miró en silencio, esperando que se explicara.
«Tengo una oportunidad profesional que no puedo dejar pasar, pero, sobre todo, no aguanto más Gijón y… — dudó un instante—  no te aguanto más a ti».
Javier se quedó allí sentado sin saber qué decir, viéndola levantarse y salir de la cafetería.
Así había terminado una relación de cuatro años y se habían ido al traste todos los preparativos para la boda prevista para apenas tres meses más tarde.

No había vuelto a verla, ni a hablar con ella. Al principio lo intentó, pero su familia tenía instrucciones de no decirle donde estaba y no quiso facilitarle ninguna forma de contacto. Así que no la olvidó, pero se acostumbró a vivir con aquella ausencia en su interior. Y ahora, de pronto, allí estaba Carmen.
La mujer se dio la vuelta. Lo vio, sonrió y se acercó unos pasos. Él avanzó también un poco hacía ella, todavía mudo por la sorpresa.
—  Javier —  dijo ella con una sonrisa.
— Carmen —  dijo él, y añadió: —  no estaba seguro de que fueras tú.
— Han pasado muchos años.
— Siete… casi ocho.
— ¿Me guardas rencor?
— No podría
Él la miraba embelesado. «Dios, que guapa estaba». Mientras buscaba algo que decir.
— ¿Estará muchos días en Gijón? — dijo al fin.
— Espero que sí — dijo ella —, en realidad, ya llevo aquí casi dos meses. Me apetecía volver, me ha surgido un buen trabajo y me he decidido.
Dos niños llegaron correteando hasta enredarse en las piernas de la ella. Tendrían dos o tres años y la niña era la viva imagen de Carmen.
— Portaos bien — les dijo Carmen, por decir algo, porque los niños ya se habían alejado de nuevo corriendo.
Javier la miraba sin saber qué decir, sin atreverse a preguntar porque no quería que ella le confirmara sus sospechas.
— Son agotadores — dijo ella — , pero verlos también te llenan de energía y vitalidad.
— Los niños, ya se sabe... — dijo él, sintiéndose estúpido nada más decirlo.
De pronto los niños salieron gritando: «¡mami, mami!», en dirección a otra mujer que se acercaba hacia ellos. Javier sintió un gran alivio al ver que no eran hijos de Carmen. Ésta le hizo un gesto a la otra mujer para que se acercara y cuando estuvo a su lado le dio un rápido beso en los labios.
—  Julia, éste es Javier.
— Hola, Javier — dijo Julia mientras se adelantaba para darle dos besos — , Carmen me ha hablado de ti en alguna ocasión.
— Encantado.
— Tenemos que irnos — dijo Carmen — . A ver si nos vemos algún día.
—  Sí, claro — dijo javier — , tenemos que quedar.

Las dos mujeres se alejaron cogidas por la cintura mientras los niños jugaban corriendo a su alrededor.

sábado, 12 de mayo de 2018

Elena

  • Si a aquellos aficionados no se les hubiera ocurrido robar en mi empresa mi vida habría seguido igual que hasta entonces. Pero aquella noche todo fue muy distinto.
    Las luces azules de los coches de policía y mis compañeros y otros trabajadores del polígono, arremolinados tras la cinta policial que impedía el paso, me alertaron de que algo ocurría cuando al dar la vuelta a la esquina enfoqué la calle en la que estaba el edificio en el que trabajaba desde hacía ocho años. Un compañero me dijo lo ocurrido y que esta noche no podríamos trabajar; me recomendó que fuera a hablar con el encargado para dejar constancia de que había acudido — «no vayan a querer joderte el salario de esta noche» — y que luego iríamos a tomar algo — «¡hay que aprovechar, la noche es joven!», dijo alegre como un niño al que acaban de decir que hoy no hay colegio —, por si quería unirme a ellos.
    Hablé con mi jefe y decidí regresar a casa. Había pocas noches en todo el año en las que pudiera dormir con Elena. Cuando yo llegaba a casa después del trabajo ella ya había salido para el suyo y la mayoría de los días nos veíamos sólo unas pocas horas, desde que ella regresaba del supermercado hasta que yo tenía que salir para ir a trabajar.

    El autobús me dejó en una parada algo alejada de mi casa porque a aquellas horas no hacía el recorrido completo, así que me tocó caminar casi media hora hasta llegar a mi calle. Junto al portal de mi casa vi la moto de Enrique, inconfundible con las dos lenguas de los Rolling en la parte de atrás de las maletas.
    «¡Qué cabrón, el Enrique! Hoy le ha tocado caza —así decía él—   cerca de mi casa».
    Enrique me contaba, un fin de semana sí y otro también, sus logros. Yo siempre pensaba que exageraba un poco, pero le seguía la corriente porque, en el fondo, me daba algo de pena verlo tan sólo y teniendo que disfrutar como un adolescente contando sus aventuras. Cacerías las llamaba él, dándose un aire de perdonavidas que, a su edad, y la mía, empezaba a resultar bastante patético.
    Salí del ascensor en mi rellano con la sonrisa todavía en la boca pensando en mi amigo. Abrí la puerta con cuidado porque no quería despertar a Elena y, con la llave aún en la cerradura, la puerta entreabierta y sólo un pie dentro de la casa, me quedé paralizado al escuchar unos gemidos que venían del interior seguidos de una voz sofocada: «¿qué ha sido eso?»  … «¡para!, ¿no has oído?».
    Estuve inmóvil un tiempo que me pareció interminable, paralizado, sin saber qué hacer. Después retrocedí, cerré la puerta sin hacer ruido y bajé por la escalera sigilosamente, aguzando el oído para tratar de escuchar si alguien había salido de la casa detrás de mí. El silencio me dijo que habrían decidido que no había ocurrido nada, sólo una mala pasada de su conciencia culpable.
    Sentado en el rellano entre el tercero y el cuarto esperé mientras pensaba que debería hacer algo, pero que no iba a entrar allí a mostrar mi estúpida cara de marido engañado.
    No sé cuanto tiempo había pasado cuando oí abrirse un puerta, el ascensor que se ponía en marcha hacia arriba, después hacia abajo y, por fin, la puerta del portal cerrarse con su ruido característico.
    Esperé media hora.
    «Tenía que hacer algo».  
    Después media hora más. Era casi la una de la madrugada, Elena seguramente ya estaría dormida. Subí a casa, entré haciendo ruido deliberadamente para que supiera que había llegado.
    —¡Cielo!, ¿eres tú?, ¿qué ha pasado? —me preguntó con voz somnolienta.
    Su voz sonaba como siempre, pero quizás yo ya no sabía distinguir su la habituada al engaño de su voz normal, porque no sabía desde cuando me estaban engañando, desde cuando mi amigo — era doloroso que todavía me saliera mecánicamente aquel calificativo para referirme al hijoputa de Enrique — me estaría contando todas aquellas patrañas sobre sus cacerías y sus conquistas para ocultarme que se estaba tirando a Elena delante de mis narices, como quien dice.
    — Han entrado a robar en la empresa y está todo lleno de policías. Esta noche no se trabaja.
    — Genial, así descansas — dijo sofocando un bostezo—. Métete en la cama, anda, yo estoy muerta de sueño y dentro de nada tendré que levantarme.
    «¡Qué hijaputa!» , pensé,  «¿muerta de sueño?, ¡lo que estás es agotada de follar con Enrique!».     
    — No tengo sueño. Voy a ver un poco la tele — le dije.
    — Como quieras, pero cierra la puerta y no la pongas muy alta.

    Entré en el baño. Me miré en el espejo. Así que esa es la cara de un gilipollas, de un marido engañado, de un amigo engañado, de un pobre tipo como yo que pensaba que era el hombre más afortunado de la tierra porque Elena me había elegido a mí. Podía haberse casado con Enrique: arquitecto, con un futuro prometedor que al final no lo fue tanto pero, aún así, estaba a kilómetros del mío; o con Daniel: abogado hijo de abogado con despacho funcionando mejor que bien; aunque luego la coca le arruinó la vida, pero ella eso todavía no lo sabía. Los tres estábamos colados por ella, podría haber elegido al que hubiera querido, pero me eligió a mí. Y eso me había compensado por mis pocos estudios, la cabeza no me daba para más, y de mi poco brillante futuro.
    Y ahora estaba allí, con mi cara de idiota mirándome desde el espejo del baño.
    «Tengo que hacer algo» .
    Me fui al salón — así de pomposamente llamábamos a la habitación más grande de la casa donde estaba el televisor — , cerré la puerta y encendí la televisión con el volumen al mínimo para no molestar a Elena. Me senté en el sofá frente.
    « Tengo que hacer algo» .
    Apagué la televisión, fui al dormitorio, me desvestí procurando no hacer ruido y me metí en la cama. Me pegué a Elena con cuidado.
    — ¿Ya has llegado? —  me preguntó adormilada.
    — Ssshhh. Duerme que tienes que madrugar.