sábado, 30 de octubre de 2010

Otoño


Las temperaturas empezaban a bajar y por las noches ya no era agradable permanecer al aire libre. La lluvia volvía  aparecer con mucha frecuencia y ahora le molestaba y le complicaba la vida, pero, sobre todo, le irritaba recordar cuánto le gustaba ver llover desde la ventana de su casa.


Las hojas de los árboles revoloteaban por las aceras agitadas por un viento frío que atravesaba la ropa, la piel, la carne y helaba los huesos.


Las miradas de los transeúntes, que caminaban de prisa, absortos en sus preocupaciones, en su afán diario, reflejaban lástima, desprecio, aversión, hasta odio, pero rara vez pena o conmiseración.


Abrió el cartón de vino que tenía a su lado, dio un largo trago que pasó sin saborear y se limpió los labios con la manga de su chaqueta.


Alguna de aquellas miradas todavía lograba herirle un poco si la ración de alcohol no había sido suficiente. Todavía sentía temor y vergüenza cuando veía acercarse a alguna persona conocida que fingía, como él, no ver, no reconocer.


Eso era lo que más le dolía, lo que trataba de olvidar día tras día, trago a trago. Algún día él también había sido uno de ellos, aunque hacía tiempo que ya no recordaba cómo  había llegado a aquella situación.

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