domingo, 6 de mayo de 2018

El violinista

Hoy no iba a ser un buen día. Las manos me dolían de frío y la plaza se veía bastante llena de gente, así que mis esperanzas de que la función de noche se terminara pronto para poder regresar a mi habitación se esfumaron al poco tiempo de empezar a tocar.
Mis manos estaban muy torpes por el frío y cometía errores que mis compañeros soportaban resignadamente, sabedores de que el frío me hacía sufrir más que a ellos, quizás porque yo provenía de un clima más cálido que el suyo o sencillamente porque era más sensible al frío. Sólo Vasili movía la cabeza de manera ostensible con cada uno de mis errores y eso alertaba al dueño del café que, de otro modo, no sería capaz de distinguir mis fallos.
Por eso yo odiaba a Vasili, porque dirigía hacia mi la furia de nuestro jefe para protegerse él de sus ataques, que se repetían casi cada noche. Sólo había algunas excepciones, cada vez, menos, en los excelentes días de verano en los que los clientes llenaban todas las mesas. El resto de los días todo eran reproches y amenazas. Porque habían tenido más clientes los otros cafés de la plaza, porque habían tenido menos pero habían consumido más, porque con lo que nos pagaba terminaría arruinado, porque el negocio ya apenas daba para pagar los gastos, porque… Porque en el fondo se divertía martirizándonos. Al menos eso era lo que yo creía.


A mis cuarenta años estaba más que resignado a no progresar en mi carrera de violinista. Hacía casi veinte que había llegado a Venecia dispuesto a labrarme un futuro en una buena orquesta, pero las cosas enseguida se torcieron y en pocos meses me vi tocando en la calle para poder pagarme una habitación que me permitiera pasar las noches bajo techo. Y una vez te ves en esa situación, la posibilidad de que alguien te contrate, por bueno que seas, se esfuma por completo. Quién iba a llevar a una orquesta a un músico callejero.
Una tarde llegó a la esquina donde yo tocaba cada día el dueño de uno de los cafés de la Plaza de San Marcos y me propuso sustituir a uno de sus violinistas que se encontraba enfermo. Eso me dijo, aunque pocos días después me contaron que el violinista se había ido harto de los malos modos y de las broncas que pronto también a mí se me hicieron familiares.


Cada vez eran más los clientes sentados a las mesas de nuestro café, cada vez era más intenso el frío que sentía y el dolor de mis manos entumecidas. Mi errores en la ejecución eran cada vez mayores y la cabeza reprobatoria de Vasili se movía cada vez con más frecuencia, cada vez con más energía. El dueño del café revoloteaba por detrás de nosotros sin apenas alejarse unos metros y yo casi podía sentir crecer su furia con cada movimiento de cabeza de mi compañero.


Terminamos de tocar el tango y el pianista nos dijo que tenía que ir al baño. Vasili se giró hacía mí, enarcó sus cejas sobre sus saltones ojos de una azul desleído: «¿A ti que pasar hoy», me dijo con aquella forma de hablar que parecía un ruso de chiste. Yo seguí mirando aquellos ojos como hipnotizado, todavía tenía el violín al hombro y el brazo con el arco levantado indeciso entre volver a acariciar las cuerdas o descender a lo largo del cuerpo para descansar.
Oí la voz del jefe detrás de nosotros amenazando al pianista. No sabía si ya estaba de vuelta del baño o todavía no había ido. Había perdido la noción del tiempo. Tampoco sentía frío y mis manos habían dejado de dolerme. Vi a mi derecha la mirada burlona de María, la contrabajo, y giré de nuevo la cabeza hacia los ojos de Vasili que seguían mirándome acusadores.
Mi mano derecha agarró con fuerza el arco y con dos movimientos rápidos golpeó la cara del ruso. El primer golpe dejó un hueco sanguinolento donde había estado su ojo izquierdo y con el segundo le partió la nariz.

El arco regresó al violín y comencé a ejecutar la siguiente canción del repertorio.

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