sábado, 21 de abril de 2018

La bicicleta

Las tardes de los sábados eran las mejores. Acabados por la mañana los deberes del fin de semana, por la tarde mis padres me dejaban coger la bicicleta y yo, sin que ellos lo supieran, me alejaba hasta aquellas calles donde la ciudad comenzaba a perder sus aceras y sus calles asfaltadas para convertirse en una mezcla desordenada de edificios, solares llenos de escombros, edificios en construcción y terrenos baldíos. Yo pasaba con mi bicicleta de cromados relucientes, regalo estrella de los últimos Reyes Magos, y veía a los niños de mi edad seguirme con la mirada mientras asomaba a sus ojos algo que me parecía envidia. Yo me sentía orgulloso de mi bici nueva y, al tiempo, un poco desazonado porque algo en mi interior me decía que no estaba bien que yo azuzara la envidia en aquellos niños que quizás no habían sido tan buenos como yo para merecer una bicicleta y tendrían que esperar casi un año entero a ver si el próximo año su comportamiento y sus notas los hacían merecedores de un regalo como el mío.
Eran tardes radiantes con el sol calentando los primeros días de la primavera recién estrenada, que me llenaban de la osadía suficiente para adentrarme por aquellas calles que mis padres evitaban siempre, aunque tuvieran que dar un buen rodeo, y de las que hablaban con un algo de misterio cuando comentaban con sus amigos o entre ellos que algún conocido había tenido que irse a vivir allí.
Una de aquellas tardes tres chiquillos me cortaron el paso parándose en medio de la calle. El del medio, el más alto, tenía la cara sucia, los brazos caídos a lo largo del cuerpo y terminados en dos puños cerrados con fuerza. El que estaba a su izquierda tenía una sonrisa burlona en el rostro, también sucio, con los mocos colgando de su nariz y, como los otros dos, tenía la ropa sucia y con algunos rotos y zurcidos. El tercero apenas se atrevía a mirarme y cuando levantaba los ojos yo podía ver en ellos una mirada triste y avergonzada, quizás ya arrepentida de lo que estaban haciendo.
No me costó mucho calcular que era poca la distancia que me separaba de ellos y mucho el miedo que me atenazaba como para poder dar la vuelta y salir pitando de allí con mi bici. El más alto caminó dos pasos hacía mí, adelantó un poco los dos puños, amenazante, y dijo «dame la bicicleta» .
Dejé caer la bicicleta a mis pies muerto de miedo y salí corriendo todo lo rápido que me permitían mis piernas. Me pareció escuchar sus risas, pero no me atreví a volver la vista por si me estaban persiguiendo.
No fue la primera vez que claudiqué sin luchar. Tampoco fue la última. A lo largo de mi vida hubo otras derrotas mayores y más decisivas, pero ésta seguía recordándola con cierta frecuencia y con el tiempo terminé por convencerme de que había marcado mi forma de entender la vida.

No recuerdo la cara del chico que habló, ni del que sonreía burlón, pero, por algún motivo, tengo grabada en mi cerebro la cara del tercero, el de la mirada triste. Y estoy seguro de que lo reconocería de inmediato si se cruzara conmigo, a pesar de que han transcurrido más de cincuenta años desde entonces.

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