domingo, 9 de noviembre de 2014

Otro lunes

Tenía treinta y dos años y, por primera vez, tenía una cita. Había pasado los dos últimos meses en un estado que iba de la euforia al desánimo, de la ilusión al miedo al fracaso, de la esperanza al termor a sufrir un desengaño, pero el asedio al que la había sometido Julio fue derribando una por una todas sus defensas y, por fin, la tarde anterior, habían quedado en ir cenar el sábado por la noche.
Ya había visto pasar dos autobuses por la parada en la que se encontraba esperando a que Julio pasara a recogerla y el temor empezaba a ganar terreno a la ilusión.
—Ve a la parada que hay frente al cine Capitol, yo pasaré por allí con mi coche y me ofreceré a llevarte a casa —le dijo Julio—. A nadie le extrañará que recoja a una compañera de trabajo para acercarla a su casa.
A Elena aquella estratagema le pareció un poco infantil, pero pensó que Julio necesitaba tener preparada alguna coartada si alguien le iba con el cuento a su mujer.
Miró su reloj y los diez minutos de retraso hicieron que un oscuro presentimiento ensombreciera por un momento su ilusión. Las dudas se disiparon por completo cuando el coche de Julio se detuvo delante de ella. Sin bajarse del coche abrió la puerta del acompañante y se dirigió a Elena:
—Si vas para casa te acerco.
—¡Vale! —respondió ella alegre, al tiempo que se subía al coche.

En el restaurante, la animada conversación de Julio, salpicada por continuas alusiones a su belleza y por lo feliz que se sentía a su lado, había llevado a Elena a un estado de plenitud que nunca había sentido.
La cena transcurrió entre confidencias, anécdotas que Julio iba introduciendo en los momentos en los que la conversación corría peligro de estancarse o deslizarse hacia asuntos demasiado serios.
Después de los postres, una copa compartida unida al vino de la cena hizo que Julio se mostrara más audaz y sus halagos dieron paso a sutiles insinuaciones que hacían que Elena se sintiera deseada y, sobre todo, la hacían a ella misma desear a Julio como nunca había deseado a ningún hombre.
La excitación que recorría todo su cuerpo al llegar a su rostro encendía sus mejillas hasta ponerlas al borde de la inflamación y por primera vez entendió cómo podría producirse una combustión espontánea.
Por fin, oyó a Julio decir lo que ella estaba deseando desde hacía un buen rato:
—Un amigo me ha dejado las llaves de una casa rural que tiene a un par de kilómetros de aquí… —dudó un momento, antes de añadir— ¿Crees que voy muy deprisa?
—Si no aceleras un poco, me muero —se oyó decir Elena, asombrada de su propia audacia.

Entraron en la casa mientras se besaban y abrazaban llenos de urgencia. Julio la condujo casi en volandas hasta el salón y allí fueron desnudándose el uno al otro al tiempo que besaban cada una de las partes del otro que iban dejando al descubierto.
Tras intentar sin éxito quitarle el pantalón, Julio se apartó un poco de Elena.
—Es mejor que te lo quites tú —dijo, mientras terminaba de quitarse sus propios pantalones—. Yo soy demasiado torpe.
Elena se desprendió de los pantalones mientras observaba a Julio sin atreverse siquiera a pestañear. El rostro de éste no dejó traslucir ninguna muestra de aversión al contemplarla desnuda, al ver su pierna izquierda, deforme, algo atrofiada y causante de su inevitable cojera.
El alivio que sintió Elena se transformó enseguida en agradecimiento y éste multiplicó, si ello era posible, el deseo que sentía por Julio.
—Te deseo —le dijo Julio, todavía de pie ante ella, que seguía tumbada en el sofá, esperándole.

Aquel lunes Elena llegó a la oficina con la ilusión asomándole a los ojos y una sonrisa iluminando su rostro. Sin embargo, pronto la mañana empezó a discurrir de una manera imprevista. Julio la saludó de lejos, con un vago gesto y apenas una sonrisa. Era la primera vez en meses que no se acercaba a su mesa nada más verla para decirle unas frases amables sobre lo bien que le sentaba la blusa o lo guapa que la veía con aquel peinado.
—Es el de siempre —le decía Elena divertida.
—A mí, cada día me pareces hermosamente diferente.
Pero ese lunes la esquivó durante toda la mañana y ella no pudo decirle cuánto lo había echado de menos durante el domingo, no pudo contarle que se había acostado más pronto que nunca para que el lunes llegara más rápido, pero que tardó mucho en conciliar el sueño desvelada recordando sus besos, sus caricias, reviviendo la noche del sábado.
El estado de ánimo de Elena había ido pasando por diferentes estados hasta que, al final de la mañana, el puño del miedo a sentirse víctima de una burla la aprisionaba de tal forma que casi le impedía respirar.
Cuando llegó la hora de la comida, hizo acopio del escaso ánimo que le quedaba, cogió el tupper con la ensalada que tenía en el cajón inferior de su mesa y se dirigió al comedor que había en la planta de arriba.
Una vez allí, empujó levemente la puerta; las carcajadas de los hombres que llegaron hasta ella desde dentro la hicieron detenerse, y de pronto oyó como uno de ellos, conteniendo apenas la risa, decía:
—¡No me digas que te has tirado a la coja!

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