sábado, 13 de septiembre de 2014

No te sorprendas, cariño

De camino a casa Patricia se reprochaba, como cada martes y jueves desde hacía más de dos años, su falta de valentía. Trataba de acallar sus propios reproches diciéndose que no quería hacer daño a Raúl o que no estaba segura de no seguir sintiendo algo por él o que su historia con Marcos era sólo una diversión, y lo era, pero eso no cambiaba las cosas, o… Vueltas y más vueltas a lo de siempre, pero ella sabía que lo cierto era que no se atrevía a dar el paso, no quería enfrentarse a la situación, a un Raúl que le reprocharía su marcha y le rogaría que se quedara, que le diría que la quería y que si le dejaba todo terminaría para él. No quería ocuparse de buscar una casa nueva más pequeña y, seguramente, mucho menos lujosa que la actual. No quería enfrentarse a las complicaciones de vivir sola.
Pero odiaba llegar a casa cada martes y jueves y encontrarse la mesa puesta, a Raúl vestido como si fuera una ocasión especial y uno de sus platos favoritos preparado por él mismo <<para compensarte de las horas extra>>. Esos días Raúl estaba más encantador, amable y cariñoso que ningún otro día de la semana y Patricia lo odiaba por ello con toda su alma.
Lo suyo no era una historia de amor. No tenía dudas sobre su matrimonio porque se hubiera enamorado de otro. No. Lo suyo con Marcos era sexo y nada más. Y nada menos. Con él había descubierto otro mundo, hacía y se dejaba hacer cosas que nunca se había atrevido a hacer con Raúl, ni a pedirle que le hiciera él. Pero Marcos tomó la iniciativa desde el primer día y ella vio colmados sus deseos más ocultos. Pero los dos sabían que no había amor y que nunca se plantearían vivir juntos. Marcos había tenido bastante con dos matrimonios rotos y no estaba dispuesto a romper un tercero. Patricia, por su parte, no tenía previsto romper el suyo.
Sin embargo, el tiempo pasaba y las mentiras, las relaciones escondidas, estaban pasando factura y ella pasó de sentirse culpable a sentirse harta. Era el desprecio y el hastío lo que estaba terminando con su matrimonio.
Llegó por fin a su casa y todo sucedió como ya sabía, porque otra de las virtudes de Raúl, que ella odiaba intensamente, era la persistencia.
Pero esa noche Patricia no lo soportó más, se dejó llevar por una ira sorda que crecía desde su estómago hasta su cerebro y cuando quiso darse cuenta estaba diciéndole a Raúl lo que le había ocultado hasta entonces:
—Las tardes de los martes y los jueves que tu te pasas aquí encerrado, preparando una cena especial para mí, yo no estoy trabajando como crees, lo que estoy es con tu amigo Marcos en un hotel follando como locos.
Lo soltó así, de sopetón, sin aviso, a bocajarro. Y añadió fuera de sí y casi gritando:
—¡A ver si te enteras!
Raúl la miró, dejó sobre mesa la botella de cava que se disponía a abrir y casi susurrando le dijo:
—¿Te crees que no lo sabía?
Patricia se quedó mirándolo fijamente, no esperaba esa respuesta.
—Marcos no tardó ni una semana en decirlo en la reunión de la peña —continuó Raúl—. No dio nombres, pero no habría sido más claro si lo hubiera hecho.
Ella seguía mirándolo sin saber si decía la verdad o era la forma en que trataba de minimizar el golpe que acababa de recibir.
—No te sorprendas, cariño —siguió Raúl—. Marcos te follaba a ti y quería joderme a mí. Sinceramente, no sé que le gustaba más.

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