domingo, 27 de julio de 2014

La metamorfosis

El despertador sonó a la hora de todas las mañanas y Javier se levantó, como siempre, sin darse un segundo de pausa.
Desayunó, se aseó y despidió a sus hijas que, como todos los días, salían corriendo de casa para no llegar tarde al colegio. Terminó de vestirse y se fue caminando al trabajo, media hora andando a buen paso que le servía de coartada para no hacer deporte.
Cerca de la oficina se detuvo a tomar un café y hojear el periódico. Cada vez lo miraba con menos atención: no soportaba leer más escándalos de corrupción y tediosas declaraciones de políticos en los que ya no creía.
Cuando estaba a punto de pagar, su móvil le avisó de que tenía un mensaje de whatsapp: “Está Terminator en la oficina”.
Casi se le cae el móvil de la mano. El mensaje era breve pero inequívoco. Terminator era el nombre que habían adjudicado a encargado de comunicar los despidos.
Javier ya había pasado por algunas fusiones y reestructuraciones de la empresa y siempre se había librado. Pero en esta ocasión no las tenía todas consigo, las ventas de su empresa habían caído en picado en los últimos meses y la crisis les estaba golpeando duramente. Su equipo de ventas tampoco era de los mejores y todos sabían que la empresa estaba reorientando sus esfuerzos hacia el mercado exterior y la venta por internet.
Sin embargo, la crisis duraba tanto y los rumores eran tan constantes que todos habían terminado por acostumbrarse y ya no hacían demasiado caso a lo que se decía. Pero la llegado de Terminator sólo podía significar una cosa: alguien se quedaría sin trabajo.
Javier llegó a la oficina y sus compañeros le señalaron hacia la puerta del despacho del delegado que estaba cerrada y, como se apresuraron a decirle, con éste y el enviado de recursos humanos reunidos.
No habían pasado más de diez minutos cuando hicieron pasar al despacho al primer empleado, el cual, quince minutos más tarde salió de allí con una expresión en la cara que hacía innecesaria la señal que hizo a sus compañeros con el dedo pulgar de su mano derecha señalando hacia el suelo.
Javier tuvo que ver ese mismo gesto otras dos veces antes de que le mandaran pasar al despacho.
Estaba tan aturdido que apenas oyó lo que le decían: porcentajes negativos, decrecimientos, rentabilidad... Cifras, números, datos y más datos hasta que Javier se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo.
—Podéis seguir poniéndome números encima de la mesa un mes entero —les interrumpió—, pero no podréis convencerme de que el despido es culpa mía. Podríais haber tenido la decencia de hablar también de los veinte años que llevo en la empresa, de que he pasado media vida haciendo lo que se me decía aunque no estuviese de acuerdo, acatando órdenes, asumiendo objetivos, cumpliendo las metas; quitando horas a mi familia para asistir a cursos, reuniones, viajes...
Sé que no es culpa vuestra, que obedecéis órdenes, pero hay otra forma de hacer las cosas. Protegerse tras las cifras y los datos es una cobardía. Tratar de hacerme sentir culpable de mi propia ruina es miserable.
Javier abandonó el despacho, se dirigió a su mesa y comenzó a recoger sus cosas. De pronto se detuvo, recordó algo y abandonó al delegación sin hablar con nadie. Veinte minutos más tarde estaba de vuelta. El despacho tenía la puerta cerrada. Preguntó a sus compañeros si Terminator seguía allí y ante su respuesta afirmativa se acercó a la puerta y entró. Todo fue tan rápido que nadie se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo. El delegado intentó levantarse y Javier lo sentó de nuevo dándole un empujón. Javier llegó hasta donde estaba Terminator y con un cuchillo, que nadie supo de dónde había salido, le atravesó el vientre. Después, sin escuchar los gritos ni las palabras de los compañeros que trataban de calmarle, le puso el cuchillo en el cuello, con un voz asombrosamente tranquila y mirándole a los ojos le dijo:
—Sé que no es culpa tuya, pero en la guerra no mueren los generales.
Los ojos de Terminator estaban a punto de salirse de las órbitas, sus manos intentaban inútilmente tapar la herida de su vientre por el que la sangre salía imparable y algo debió de ver en los ojos de Javier porque, con un hilo de voz que sólo éste pudo oír le dijo:
—Por Dios, no me mates... Tengo dos hijos.
—Yo también.
Con un movimiento rápido de la mano que empuñaba el cuchillo, Javier le rebanó el cuello.

Han pasado poco más de cinco años desde entonces. Los hijos de Javier tienen sus vidas y en los dos últimos años apenas le han visitado en un par de ocasiones. María, su esposa, le dejó antes de cumplir su primer año en prisión.

—Lo siento, Javier, pero no puedo seguir viéndote —le dijo en su última visita—. Sé que es culpa mía, pero no puedo mirarte a los ojos, me das miedo.

Durante aquellos años Javier se había convertido en una máquina casi perfecta para acumular rencor y transformarlo en odio y hoy, la primera vez que saldría con permiso de fin de semana, su corazón, su cabeza, su estómago, todo él rebosaba odio. Podía notarlo salir por sus poros cuando pensaba en María y tenía que esforzarse para alejarla de sus pensamientos y evitar que su odio se escapara y redujera la presión que le había mantenido vivo hasta ahora.

En la estación de autobuses de la ciudad, nada más bajarse del autobús que le trajo de vuelta desde la cárcel, Javier buscó una cabina y marcó el número de teléfono de su casa, de lo que había sido su casa. Al tercer tono oyó la voz cantarina de María.

—¿Ya vienes a buscarme?
—Todavía no, ¡zorra! —le respondió Javier—, pero no tardaré en hacerlo.


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