sábado, 4 de enero de 2014

Noche de Reyes

Desperté. La habitación estaba completamente a oscuras. Miré el radio reloj de la mesita, sus dígitos rojos marcaban las tres y treinta y tres.
Oí un ruido sofocado al final del pasillo y, de inmediato, un «sshhhh» que pedía cuidado. Me quedé atento, con los ojos muy abiertos. En la oscuridad casi total de la habitación comenzaba distinguir algunas siluetas de los muebles bien conocidos: el armario, la cómoda, la lámpara colgada del techo… La lámpara. Pensé encender la luz, pero de inmediato una alarma en mi cerebro me aconsejó no hacerlo. Si se habían colado extraños en la casa sería mejor no advertirles que los había descubierto.
De nuevo oí ruidos, parecían corresponder a roces de telas y a pasos apresurados que se mueven con sigilo. Ahora ya estaba seguro de que había extraños en casa. Busqué con la mirada el teléfono móvil en la mesita. El radio reloj seguía marcando las tres y treinta y tres, pero no reparé en ello, en aquel momento era prioritario alcanzar el teléfono y llamar a la policía. El piso era pequeño y aunque los intrusos fuesen recorriendo todas las habitaciones de la casa, no tardarían en llegar hasta la mía
Cogí el teléfono, me metí bajo las sábanas para que no se viese el brillo de la pantalla ni se oyera el sonido de las teclas al marcar y tecleé el 091. Pulsé la tecla de llamada, pero el teléfono no reaccionó. Pulsé de nuevo la tecla con el mismo resultado. «¡Mierda! ¡Joder!». Borré el número marcado y a continuación lo intenté con el 112, pero el teléfono seguía negándose a llamar. Apagué la pantalla, me destapé con cuidado para no hacer ruido y dejé el teléfono al lado del radio reloj que, tercamente, seguía mostrando los mismos tres dígitos: las tres y treinta y tres.
De pronto, tomé una decisión. Arreglé la cama superficialmente para que pareciera que nadie había estado acostado en ella y después me metí bajo la misma. Esperaba que cuando los ladrones, ya estaba seguro de que se trataba de eso,  llegaran a mi habitación se limitarían a rebuscar en el armario y los cajones, pero no mirarían bajo la cama.
Tardé unos minutos en calmarme y cuando dejé de oír mi propia respiración puse toda la atención en detectar nuevos sonidos que me dieran una pista de dónde podían encontrarse los intrusos. El silencio era completo.

Desperté. Abrí los ojos. Seguía tumbado en el suelo bajo la cama y tenía el cuerpo entumecido. La oscuridad seguía siendo total y nada me indicaba el tiempo que había estado durmiendo, aunque suponía que habrían sido  solo unos segundos. Escuché atentamente, pero seguía sin oírse ningún ruido.
Salí con cuidado de debajo de la cama. En la mesita el reloj señalaba invariable las tres y treinta y tres. Me acerqué sigilosamente hasta la puerta de la habitación que se encontraba etreabierta. Sin tocarla, me asomé con cuidado al pasillo. Al final de este se veía un resplandor que salía por la puerta del salón. «El árbol», pensé. «He dejado encendidas las luces del árbol». Esperé todavía un rato más, mirando desde la puerta sin traspasarla por completo. El resplandor al final del pasillo iba cambiando conforme cambiaban los juegos de luces, pero no se veía ni se oía nada extraño.
Me armé de valor, salí de la habitación y fui recorriendo el pasillo entrando en cada una de las habitaciones, encendiendo la luz y comprobando, incluso bajo las camas, que no había nadie. Llegué al salón, las dos puertas estaban abiertas de par en par, lo cual era muy extraño, pues yo nunca abría las dos hojas; las luces del árbol se encendían y apagaban. Encima de la mesa había una hoja de papel de tamaño folio. Me acerqué, el papel estaba escrito a mano con letra grande y hermosa… con la hermosa letra de Elena.

Esta noche haría cincuenta años que estamos juntos y no podía dejar de decirte que te sigo queriendo como el primer día. Como ya no estoy junto a ti para decírtelo, les he pedido a los Reyes Magos que te dejaran este mensaje mío como regalo.
Te quiero.
Elena

El papel temblaba en mi mano. Mis lágrimas comenzaron a caer sobre él y al resbalar iban formando surcos coloreados por la tinta.
No sé el tiempo que estuve así, pero cuando quise darme cuenta el papel estaba empapado y las letras totalmente emborronadas e ilegibles.
Lo deposité con cuidado sobre la mesa. Regresé a la habitación para ponerme algo de abrigo sobre el pijama porque me había quedado helado. Cambié de opinión y me metí en la cama. Antes de cerrar los ojos miré el radio reloj, sus dígitos seguían inalterables en las tres y treinta y tres.
«Yo también te quiero, Elena. Por eso no quise pasar esta noche lejos de ti».

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