jueves, 23 de febrero de 2012

En manos del azar

No supo cómo había llegado allí, ni cómo había frenado el coche al borde del precipicio, pero cuando abrió los ojos estaba aferrado al volante y ante él el abismo y un abatimiento en el alma que casi dolía.
Los recuerdos fueron llegando lentamente: la inesperada llamada de aquel amigo que hacía años que no veía, su invitación a tomar una caña después del trabajo, su empeño en verse en una cervecería demasiado alejada.
Tenía que haber sospechado, pero él nunca sospechaba.
La vida me ha tratado demasiado bien, por eso soy confiado, le decía a Rosario cuando ésta le reprochaba que siempre pensara bien de todo el mundo.
Rosario.
La vio nada más llegar y su vida saltó hecha pedazos. De algún modo recorrió media ciudad para llegar a su casa, coger el coche y conducir hasta donde se encontraba ahora, no sabía si lejos o cerca, no reconocía el paisaje, la luz del atardecer había apagado los matices y en el horizonte no podía distinguir nada que le sirviera para orientarse.
El reloj del salpicadero le dijo que habían pasado tres cuartos de hora desde que había tomado conciencia de si mismo, pero seguía desorientado, sin saber qué hacer.
Pasó un cuarto de hora más y en su boca apareció una mueca que él quiso notar como una sonrisa.
Pisó el pedal del embrague, puso punto muerto y quitó el freno de mano. Pasó casi medio minuto antes de que el coche comenzara a rodar muy lentamente.

1 comentario:

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