Hoy no iba a ser un buen día. Las manos me dolían de frío y la plaza se veía bastante llena de gente, así que mis esperanzas de que la función de noche se terminara pronto para poder regresar a mi habitación se esfumaron al poco tiempo de empezar a tocar.
Mis manos estaban muy torpes por el frío y cometía errores que mis compañeros soportaban resignadamente, sabedores de que el frío me hacía sufrir más que a ellos, quizás porque yo provenía de un clima más cálido que el suyo o sencillamente porque era más sensible al frío. Sólo Vasili movía la cabeza de manera ostensible con cada uno de mis errores y eso alertaba al dueño del café que, de otro modo, no sería capaz de distinguir mis fallos.
Por eso yo odiaba a Vasili, porque dirigía hacia mi la furia de nuestro jefe para protegerse él de sus ataques, que se repetían casi cada noche. Sólo había algunas excepciones, cada vez, menos, en los excelentes días de verano en los que los clientes llenaban todas las mesas. El resto de los días todo eran reproches y amenazas. Porque habían tenido más clientes los otros cafés de la plaza, porque habían tenido menos pero habían consumido más, porque con lo que nos pagaba terminaría arruinado, porque el negocio ya apenas daba para pagar los gastos, porque… Porque en el fondo se divertía martirizándonos. Al menos eso era lo que yo creía.


