domingo, 6 de mayo de 2018

El violinista

Hoy no iba a ser un buen día. Las manos me dolían de frío y la plaza se veía bastante llena de gente, así que mis esperanzas de que la función de noche se terminara pronto para poder regresar a mi habitación se esfumaron al poco tiempo de empezar a tocar.
Mis manos estaban muy torpes por el frío y cometía errores que mis compañeros soportaban resignadamente, sabedores de que el frío me hacía sufrir más que a ellos, quizás porque yo provenía de un clima más cálido que el suyo o sencillamente porque era más sensible al frío. Sólo Vasili movía la cabeza de manera ostensible con cada uno de mis errores y eso alertaba al dueño del café que, de otro modo, no sería capaz de distinguir mis fallos.
Por eso yo odiaba a Vasili, porque dirigía hacia mi la furia de nuestro jefe para protegerse él de sus ataques, que se repetían casi cada noche. Sólo había algunas excepciones, cada vez, menos, en los excelentes días de verano en los que los clientes llenaban todas las mesas. El resto de los días todo eran reproches y amenazas. Porque habían tenido más clientes los otros cafés de la plaza, porque habían tenido menos pero habían consumido más, porque con lo que nos pagaba terminaría arruinado, porque el negocio ya apenas daba para pagar los gastos, porque… Porque en el fondo se divertía martirizándonos. Al menos eso era lo que yo creía.

domingo, 29 de abril de 2018

El abuelo

Cuando tenía ocho años padecí una enfermedad que me tuvo en cama, primero, y sin poder salir de casa, después, durante tres o cuatro meses. Durante ese tiempo, para que mis padres pudieran atender el pequeño negocio que regentaban, mi abuelo se convirtió desde la mañana hasta la noche de cada uno de aquellos largos y tediosos días en mi padre, mi madre, mi enfermera, mi maestro y mejor amigo.
Un buen día, seguramente muy al principio de mi enfermedad, él me contó una anécdota de cuando era joven y vivía en el pueblo. A mí me gustó mucho su historia y por eso, los siguientes días le pedí que me contara más, de él, del pueblo, de nuestra familia; y pronto aquello se convirtió en una costumbre. Mi abuelo era perro viejo, sabía lo que me gustaban aquellas historias y por eso las reservaba para el final de la tarde, siempre con la condición de que yo hubiera terminado las tareas y deberes que él me marcaba para que no me quedara descolgado de mis compañeros del colegio.
Su estrategia funcionó a la perfección. Yo me apuraba a terminar los deberes y a memorizar las lecciones para que mi abuelo tuviera tiempo suficiente para contarme aquellos capítulos de su vida que, enseguida, dado su carácter metódico y ordenado, se convirtieron en una narración ordenada cronológicamente.

sábado, 21 de abril de 2018

La bicicleta

Las tardes de los sábados eran las mejores. Acabados por la mañana los deberes del fin de semana, por la tarde mis padres me dejaban coger la bicicleta y yo, sin que ellos lo supieran, me alejaba hasta aquellas calles donde la ciudad comenzaba a perder sus aceras y sus calles asfaltadas para convertirse en una mezcla desordenada de edificios, solares llenos de escombros, edificios en construcción y terrenos baldíos. Yo pasaba con mi bicicleta de cromados relucientes, regalo estrella de los últimos Reyes Magos, y veía a los niños de mi edad seguirme con la mirada mientras asomaba a sus ojos algo que me parecía envidia. Yo me sentía orgulloso de mi bici nueva y, al tiempo, un poco desazonado porque algo en mi interior me decía que no estaba bien que yo azuzara la envidia en aquellos niños que quizás no habían sido tan buenos como yo para merecer una bicicleta y tendrían que esperar casi un año entero a ver si el próximo año su comportamiento y sus notas los hacían merecedores de un regalo como el mío.

domingo, 15 de abril de 2018

Pánico

María tenía la vista fija en el plato con la comida intacta y custodiado por los cubiertos que aún no había cogido. Esteban no podía ver sus manos unidas sobre su regazo porque las ocultaba la mesa que los separaba.
— ¿No comes? —le preguntó Esteban.
— No te quiero —le dijo ella sin mirarlo.
Esteban sonrió sin dar crédito a aquella palabras.
— Vamos, come, se te va a enfriar.
— No te quiero —repitió ella sin dejar de mirar el plato.
— Venga, María, como broma está empezando a dejar de tener gracia — dijo Estaban, ya con gesto serio.
— No te quiero —dijo por tercera vez.
— Quieres mirarme a la cara, por favor —la voz de Esteban denotaba el esfuerzo que estaba haciendo para controlarse.
María levantó la vista y fijó su mirada en los ojos de Esteban que la contemplaban llenos de reproche. El rostro del hombre se demudó, un escalofrío recorrió su espalda. Ella se levantó, recogió el bolso que colgaba del respaldo de la silla y se dirigió a la salida caminando lentamente. Esteban continuó sentado presa del pánico.

miércoles, 28 de marzo de 2018

La desconocida


Aquella mujer llevaba un buen rato hablando de personas que él no conocía. Repetía nombres que no le decían nada y le contaba que habían hecho esto y lo otro. Algunos debían de ser niños o jóvenes, porque ella le hablaba de sus estudios y de sus notas; otros, en cambio, debían de ser adultos porque ella le contaba sus problemas de trabajo, sus preparativos de boda, sus viajes…

Por qué aquella mujer que tanto se parecía a Luisa le decía todas esas cosas, parecía joven para estar en aquella casa donde todos eran viejos. ¿Estaría loca y por eso la habían encerrado allí?

domingo, 18 de junio de 2017

Notas

Estrujó la nota que acababa de encontrar pegada a la nevera con un imán. Elena y sus notas, pensó al verla. Después la leyó. Esta es mi última nota, Francisco, se que te molestaban mucho, pero ya no verás ninguna más. No me busques, no podrás encontrarme y, si lo hicieras, nunca conseguirás que vuelva contigo.
Era verdad que le molestaban las notas de Elena. Repartidas por toda la casa con los mensajes más diversos. Llegaré tarde. He ido a ver a mi madre. Tienes cena en la nevera. Compra papel higiénico. Mañana me levanto muy temprano, no hagas ruido.
Revisó toda la casa con la esperanza de encontrar la nota en la que Elena le dijera que todo era una broma, que sólo había querido darle una lección para que no se burlara más de sus notas. Pero no encontró nada. En toda la casa no había ni una sola nota. Después abrió el armario que compartían y vio que las dos terceras partes del mismo, que habían estado ocupadas por las ropas de Elena, se encontraban vacías. Esta fue la prueba definitiva. Elena se había ido. Se había ido para siempre.
Francisco fue a la mesa de Elena, la que había sido de Elena, abrió el primer cajón. Allí había varios tacos de notas de diferentes colores. Cogió el verde, su preferido, y fue dejando notas por toda la casa.


*La fotografía ha sido descargada de http://www.culturizate.com

sábado, 10 de junio de 2017

El desayuno

Después de ducharse y desayunar estaba terminando de vestirse para ir al despacho. Sintió la necesidad de ir al baño, algo que solía hacer todas las mañanas antes de salir de casa. El retortijón le pilló un poco desprevenido y apenas tuvo tiempo de sentarse en el inodoro. Esperaba que aquella inesperada diarrea no fuera el principio de una gastroenteritis. De pronto, sintió una punzada en el estómago y a continuación no pudo contener un arcada y, sin tiempo para darse la vuelta, parte de su desayuno envuelto en una masa sanguinolenta se extendió por el suelo del baño. Toda aquella sangre le dejó aterrado. ¿Qué le estaba pasando?
Una arcada más y un nuevo vómito se sumó al anterior y más sangre y restos del desayuno todavía sin digerir se unieron a los anteriores. Estaba sudando, no sabía si por lo que ocurría dentro de su cuerpo o por el pánico que le invadía.
De pronto le faltaron la fuerzas y ya no fue capaz de seguir sentado en el inodoro. Se cayó entre su propio vómito. Su cerebro, bloqueado por el miedo o porque había dejado de responder como un síntoma más de lo que fuera que le estaba sucediendo, era incapaz de centrarse en nada concreto.
La idea del móvil se hizo presente en su cabeza como un sol que en medio de la noche lo llenase todo de luz. Tenía que coger su móvil, pero era incapaz de recordar dónde lo había dejado.
En la mesita, sí, lo había dejado en la mesita. Se estaba poniendo la camisa cuando llegó aquel “guas” de Marta. Sí, eso es, tenía que salir del baño y llegar hasta la mesita. No era mucha distancia, podría conseguirlo.
Pero, no podía moverse, sus miembros no lo obedecían. Su cerebro tampoco parecía funcionar mucho mejor, se había quedado como enganchado en una especie de bucle: mesita, mensajes de Marta, mesita, mensajes de Marta.
Un nuevo espasmo seguido de un vómito de sangre pareció desatascar su cerebro. Podía ver claramente, como si tuviera el teléfono en la mano, la pantalla del móvil con los últimos mensajes que se había cruzado con su esposa hacía sólo unos minutos.
—¿Ya has desayunado? —le preguntaba ella.
—Acabo de hacerlo —le respondió, rematando la frase con una carita que lanzaba un beso con forma de corazón.
—No debiste hacerlo.
Él le respondió con una carita pensativa.

Su cerebro avanzó un poco más. No sabía cuánto había tardado, porque había perdido por completo la noción del tiempo, pero su cerebro le estaba dando la respuesta: Marta, la muy zorra, por fin lo había hecho.  

*La fotografía está tomada de escandala.com

Tardes de fútbol

  Siempre se había considerado a sí mismo como un hombre muy sensible. Le gustaban las historias de amor, sobre todo, las de amor incomprend...