Siempre se había considerado a sí mismo como un hombre muy sensible. Le gustaban las historias de amor, sobre todo, las de amor incomprendido o no correspondido y se identificaba sin dificultad con sus protagonistas, hombres, en general, cultos, sensibles y románticos, dispuestos a renunciar a todo por la mujer amada.
No le resultaba difícil sentirse protagonista de esas historias, se enamoraba de mujeres a las que su timidez ponía fuera de su alcance y, quizás de manera inconsciente, solía fijarse en las que su posición social las hacía poco menos que imposibles para él. Podía ser inconsciente, pero resultaba muy conveniente para no tener que librar grandes batallas consigo mismo al tiempo que podía asumir el papel de enamorado sufriente por la falta de atención de su amada.
Si le hubieran preguntado a Elena qué pensaba de todo eso habría dicho que quizás hubiera hombres así, pero que Ramón no era uno de ellos, tendría que haber nacido dos veces, pensaba ella, para parecerse siquiera un poco a aquel tipo de persona.
Porque sí, Ramón tenía una esposa que era muy real y que nada tenía que ver con un amor imposible, incomprendido o inalcanzable. Seguramente poco o nada tenía que ver con el amor. Elena en realidad tenía que ver con pocas cosas, no era ni rubia ni morena, ni alta ni baja, ni guapa ni fea, ni lista ni tonta. Lo que sí era, fue, una solución para Ramón cuando todos sus amigos se fueron emparejando, primero, y casando, después, mientras él seguía soñando con la princesa de los cuentos. Coincidieron ambos en una misma fase de sus vidas, porque también Elena veía cómo sus amigas entablaban relaciones que se iban consolidando y cómo finalmente se quedó sin competencia para atrapar el ramo que lanzó hacia atrás la última de sus amigas en llegar al altar. Ese día llegó a casa con el ramo de la novia, el rimel corrido por las lágrimas y el deseo mal satisfecho tras una rápida incursión en el baño con un amigo del novio más borracho que ella.
— ¿Qué tal con ese chico? — le preguntó su madre al día siguiente
— Bah, un cretino como Luis — Luis era el novio y también era un cretino. En eso acertaba Elena
— Cariño, no estás para escoger — le dijo su madre sin piedad
Elena sabía que no estaba para escoger, pero sabía algo peor: no tenía dónde escoger. Y ahí fue cuando apareció Ramón. Tímido, físicamente irrelevante como ella y con un gris trabajo de funcionario que les garantizaría una vida sin agobios económicos si no hacían locuras. Para la madre de Elena era un mirlo blanco, para el padre un pardillo que ni siquiera era socio del Sporting, ni le gustaba el fútbol, y para la propia Elena un clavo ardiendo que asió con todas sus fuerzas y que no soltó hasta que poco más de un año después estaba delante del altar diciendo sí quiero.
Y aquí se encontraban ahora, diez años, una hipoteca y dos niños más tarde. Ramón había terminado por hacerse socio del Sporting, más por escapar de casa unas horas al campo cuando jugaba en casa o al bar cuando jugaba fuera, que porque se hubiera aficionado al fútbol. Eran unas horas en las que pasaba del yugo de Elena al lazo de su suegro que lo acompañaba al campo y al bar y que le gritaba al oído o le daba codazos dependiendo de la sorpresa o admiración que le causara el juego. Pero era peor estar con Elena y las dos criaturas que iban camino de convertirse en dos adolescentes psicópatas para los que tendría que instalar en la puerta de entrada de su piso un arco de seguridad como los de los aeropuertos para asegurarse de que no entraban con armas.
Elena, entrada en carnes y paranoias se pasaba las horas que le dejaba libre su trabajo de media jornada en un supermercado viendo todos los programas que se dedicaban a meter en las mentes de personas que, como su esposa, no tenían nada dentro, las mayores majaderías que se puedan imaginar: la intencionalidad de la COVID 19, la conspiración de las vacunas para introducirnos en el cuerpo no se sabe qué dispositivos, la fumigación por los aviones con quién sabe qué productos… Historias que hacían imposible tener ninguna conversación con Elena porque ella siempre encontraba la relación entre esas grandes conspiraciones mundiales y el acontecimiento más trivial de su vida doméstica, fuera éste sufrir un pinchazo cuando iban a la playa o que a su amiga Loli la hubiera dejado su marido con tres hijos y embarazada del cuarto para irse con una guarrilla (son palabras de Elena) que acababa de entrar en el hospital recién terminado el Módulo de Técnicas Básicas de Enfermería y que, a decir de Loli, su especialidad eran más bien otro tipo de técnicas. Elena lograba encontrar la relación con alguna de las conspiraciones que llenaban su vida, en lugar de pensar que el marido de Loli se había encoñado como un adolescente con aquella compañera de trabajo que ofrecía sus encantos con una generosidad digna de mejor causa.
Cuando Ramón supo de la desgracia de Loli lamentó ser un simple auxiliar administrativo en una oficina en la que no se daban las ocasiones para deleitar la vista ni el espíritu y en la que las compañeras de trabajo cubrían un amplio abanico desde las más fieles guardianas de la moral hasta las más libérrimas de pensamiento y tinte de pelo, pero para las que los hombres sólo eran relevantes cuando había que cargarles con alguna tarea desagradable porque bastante tiempo pasaban sin hacer nada, decían siempre como coartada.
Quisieron un buen día el destino y un aneurisma que Elena se quedara sin padre y Ramón sin suegro y, sobre todo, sin compañero de tardes futboleras y como, si hay que juzgar por Elena, estar al corriente de las conspiraciones mundiales baja la libido hasta los niveles freáticos del desierto del Sahara, estaba Ramón muy ayuno de sexo, aun del rutinario y poco satisfactorio del sábado sabadete.
Y como el destino no hacía más que querer cosas, pues también quiso que la compañera que se acababa de jubilar fuera sustituida por una mujer extrovertida, risueña y que, pasado el luto, corto, muy corto, del divorcio, se hubiera empeñado en disfrutar de todo lo que se había perdido en sus veinte años de matrimonio al que había llegado con tan solo veintidós y sin ninguna experiencia de la vida. Dicho en pocas palabras, quería recuperar todos los polvos que no había echado antes de casarse y los que había negado al infeliz de su marido hasta que éste decidió volar por su cuenta. No quiere esto decir que la falta de sexo fuera la razón del divorcio, pero, desde luego, no ayudó a evitarlo.
La oficina de Ramón se convirtió para éste en su lugar favorito desde la llegada de Julia, porque ésta, nada más incorporarse, lo convirtió en su objeto de caza mayor durante la jornada laboral, los fines de semana iba al salto, y ese evidente interés que Julia no se molestaba en disimular, tenía un efecto afrodisíaco sobre un Ramón que nunca había sido objeto de interés para nadie y menos para una mujer que exudaba feromonas hasta por el pelo.
Nadie puede extrañarse, entonces, de que Julia y Ramón, dos semanas después de conocerse quedaran para tomar una caña a la salida del trabajo y terminaran pasando en la cama el resto de la tarde. Hacía tiempo que los romanticismo de Ramón habían pasado a formar parte de su historia. Los encuentros se repitieron varias veces durante el siguiente mes, a razón de tres tardes por semana, y aunque Elena tenía demasiadas conspiraciones a las que prestar atención, no pudo evitar darse cuenta de que las rutinas de su marido estaban cambiando y que eso sólo podía obedecer a una conspiración mundial para romper con la familia tradicional o a que Ramón, como el marido de su amiga Loli, había encontrado a una guarrilla (Elena se mantenía fiel a sus calificativos) a la que follarse o que lo follase a él, porque Ramón era muy de dejarse hacer, algo que Julia refrendaría sin dudar. Por eso, cuando Ramón fue consciente del mosqueo de su mujer, tuvieron que reducir sus encuentros durante las tardes laborables e incluir, para compensar, los días en los que jugaba el Sporting, porque Ramón había mantenido la costumbre de seguir disfrutando de esas horas de libertad a pesar de que su suegro ya no podía seguir al equipo de sus desdichas.
Julia no abandonó por ello sus batidas de fin de semana, por lo que apenas tres meses después de iniciada su aventura y coincidiendo con el final de la liga y una nueva decepción para los aficionados locales que tuvieron que aceptar que su equipo siguiera un año más en segunda, Ramón tuvo que aceptar el final de su liga sexual particular. Dos días antes su médico le había dicho que sus problemas de salud obedecían a la gonorrea y que debía decírselo a su mujer para que también ella se sometiera a las pruebas, cosa que Ramón consideró innecesario porque no se podía transmitir una enfermedad de transmisión sexual si no había sexo, o a otras parejas con las que hubiera tenido relaciones. Fue al escuchar de boca del médico lo de las otras parejas cuando cayó en la cuenta de que tenía que haber sido Julia la culpable. No le gustó nada el descubrimiento, pero le gustó menos cuando unas horas más tarde le asaltó la certeza de que si Julia era la causante sería porque no se conformaba sólo con sus sesiones de sexo y, si eso era así y no parecía haber otra explicación, entonces él era un cornudo. Luego se conformó pensando que quizás el cornudo era el otro. ¿Otros? No, de ninguna manera, no podían ser ‘otros’, porque entonces sí que él sería un cornudo sin excusa. Ramón es así: no muy rápido para sacar conclusiones y con escaso vocabulario para describir las relaciones de pareja.
Total, que cuando se vieron el sábado por la tarde en casa de Julia y él le contó su visita al médico, ella vio la ocasión que estaba esperando: se echó a llorar, lo insultó, le arrojó el único libro que tenía en su casa — se alegró de darle algún uso al fin— y le comunicó a voz en grito que no quería verlo más porque era un degenerado que seguramente la había contagiado con una enfermedad mortal y que aunque también él fuera a morir por esa misma causa a ella no le suponía ningún consuelo. Cuando quiso darse cuenta, Ramón estaba en la calle, aturdido, solo y preguntándose si debía llamar a Julia para tranquilizarla sobre la no necesaria mortalidad de su enfermedad. Finalmente decidió que, si acaso, se lo diría el lunes en el trabajo.
Se encogió de hombros, sacó el móvil del bolsillo: el Sporting ganaba dos cero y estaban en el descanso.
¡Vaya mierda!, pensó, estos gilipollas ganan cuando ya no sirve para nada y encima, todavía falta más de una hora para que pueda llegar a casa y Elena se crea que llego del campo.
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