Siempre se había considerado a sí mismo como un hombre muy sensible. Le gustaban las historias de amor, sobre todo, las de amor incomprendido o no correspondido y se identificaba sin dificultad con sus protagonistas, hombres, en general, cultos, sensibles y románticos, dispuestos a renunciar a todo por la mujer amada.
No le resultaba difícil sentirse protagonista de esas historias, se enamoraba de mujeres a las que su timidez ponía fuera de su alcance y, quizás de manera inconsciente, solía fijarse en las que su posición social las hacía poco menos que imposibles para él. Podía ser inconsciente, pero resultaba muy conveniente para no tener que librar grandes batallas consigo mismo al tiempo que podía asumir el papel de enamorado sufriente por la falta de atención de su amada.
Si le hubieran preguntado a Elena qué pensaba de todo eso habría dicho que quizás hubiera hombres así, pero que Ramón no era uno de ellos, tendría que haber nacido dos veces, pensaba ella, para parecerse siquiera un poco a aquel tipo de persona.