lunes, 26 de noviembre de 2012

El supermercado


Llegamos a un tiempo al pasillo de la leche y nos acercamos a la vez a la misma marca y al mismo tipo: desnatada. Mientras él intentaba sacar un envase de uno de los paquetes de seis yo cogí un paquete y lo deposité en mi carro.



— Los “singles” nos arreglamos con muy poco —me dijo.



— Nosotros no somos “singles”, somos demasiados —respondí con humor.



Ante la broma, él, por alguna razón, se sintió obligado a añadir:



— Pero no es por gusto —y me mostró su dedo anular de la mano derecha en el que llevaba dos alianzas.



Comprendí de inmediato lo que me estaba diciendo aquel ocasional compañero de compras.



— Vaya, lo siento —dije, algo azorado —. Eso es peor.



— Son cosas de la vida —respondió, con una triste expresión en el rostro que desmentía la resignación que aparentaban sus palabras.



Y continuó hablando mientras yo, incómodo, sin saber qué decir, le escuchaba intentando mostrar un interés que estaba lejos de sentir.



— Nos conocimos cuando ella llegó a mi colegio. Teníamos catorce años y, aunque suene muy manido, nos enamoramos nada más vernos. Y ya nunca nos separamos. Continuamos juntos hasta el final del bachillerato, estudiamos en la misma facultad y empezamos a trabajar  como profesores en el mismo colegio con un año de diferencia. Para mí no hubo otra mujer en mi vida y creo que tampoco hubo ningún otro hombre para ella. Siempre estuvimos juntos, siempre... Hasta el final.



Me miró a los ojos, los suyos estaban al borde de las lágrimas y temí que se echara a llorar. En su boca se dibujó una mueca que parecía querer ser una sonrisa.
Tras unos interminables segundos de silencio en los que yo buscaba sin éxito algo que decir, el hombre se encogió de hombros y empujó su carro de la compra alejándose de mí. Apenas había caminado un par de pasos cuando, sin detenerse, volvió su cabeza hacia donde yo estaba y añadió en un susurro:



- No debí matarla.


domingo, 9 de septiembre de 2012

Por una cabeza

Llevaba varios meses en la ciudad y ya había bajado la guardia cuando la música comezó a sonar desprevenidamente en una calle casi desierta a aquellas horas de la tarde. Su corazón dió un vuelco y, de pronto, el mundo se paró. "Por una cabeza" sonaba en aquel violín callejero como si fuera el primer violín de la mejor orquesta sinfónica del mundo. Ese tango fué la banda sonora de su historia de amor con Laura, de su primera y única historia de amor que había durado quince meses y que le había llenado de nostalgia los últimos treinta años. Aquella misma calle, entonces casi totalmente ocupada por las terrazas de las cafeterías, había sido el escenario principal en el que se desarrolló su historia. En ella se conocieron y en ella pasaron muchas horas hasta que, también en ella, él le dijo que lo suyo había terminado. Desde entonces estaba seguro de ser el único hombre vivo sin corazón.
Sólo había vuelto a Gijón en apenas media docena de ocasiones desde entonces. Llegaba con el tiempo justo para algún asunto de trabajo, sólo cuando no podía eludirlo, y se iba en cuanto terminaba evitando ver nada de la ciudad porque no podía resistir los recuerdos que se mantenían agazapados esperando asaltarlo cuando tuvieran una oportunidad.
No sabía qué le había animado a instalarse en Gijón un mes atrás. ¿Quería que le asaltaran los recuerdos para que el dolor le asegurase que todavía estaba vivo? ¿Tenía la esperanza de volver a verla aunque se lo negara a sí mismo? No lo sabía, sólo sabía que aquella música le había golpeado con sus recuerdos como si le hubieran dado un puñetazo en la boca del estómago. ¡Señor, cómo dolía!
Cuando se recuperó lo suficiente para estar seguro de que no se desplomaría reinició la marcha con el aire decidido de quien ha tomado una decisión trascendental.


jueves, 14 de junio de 2012

Esperando el destino

Llegó a la calle peatonal más céntrica de la pequeña ciudad de provincias, abrió una maleta, sacó un reproductor digital y un altavoz, se sentó sobre éste último y comenzó a cantar canciones que estuvieron de moda cincuenta años atrás.
Vestía pulcramente como cualquier joven de clase media y tenía una voz hermosa y bien modulada que manejaba con destreza profesional. Fue desgranando una canción tras otra en un repertorio inagotable y encantadoramente trasnochado, mientras la mayoría de los que pasaban a su lado la ignoraban y sólo un pequeño número se detenía unos segundos y dejaba alguna moneda en el trozo de tela que tenía a sus pies. En esos casos introducía un susurro de gracias entre la letra de la canción y seguían cantando.
La calle se fue vaciando de gente, recogió su cosas y fue arrastrando la maleta calle abajo hasta la estación de autobuses. Compró un billete para el primer autobús que salía de la ciudad y se sentó en el andén a esperar su destino.


viernes, 18 de mayo de 2012

Sea breve

Por favor, sea breve, dijo… pero la urgencia de sus palabras no disimulaba el miedo agazapado en sus ojos.
Temía que la persona que acababa de entrar en su despacho fuera la misma que lo había llamado hacía seis años y le había dicho: “Algún día, a esta hora, te mataré”. La llamada se reproducía cada día desde entonces y desde entonces su vida sólo era la espera entre dos llamadas. El timbre del teléfono atronó el despacho. El alivio dibujó en su rostro una sonrisa tan fugaz como el resplandor del cuchillo antes de hundirse en su esternón.

lunes, 30 de abril de 2012

Sueños rotos

Siempre quiso vivir cumpliendo las leyes, las normas. Fue lo que aprendió en el colegio, en su familia. Las normas permitían la convivencia. Cuando no había leyes se imponían los más fuertes y oprimían y explotaban a los más débiles.
La democracia, cuánto había admirado a los países democráticos en su juventud, cuando en el suyo no la había, era el sistema político que consagraba la igualdad de derechos y obligaciones, la igualdad ante la ley, la igualdad de oportunidades.
Y conoció la democracia y vivió en democracia y creyó en la libertad y en la igualdad y en el imperio de la ley. Fueron años hermosos, florecientes como su propia vida.
Se casó, tuvo hijos y creía que había conseguido su sueño: tener una familia normal, en un país normal, con una vida normal. Creyó que había logrado su meta: tener un buen trabajo con el que sacar a su hijos adelante, pagar un piso modesto en un barrio modesto, ni muy bueno, ni muy malo, pero algo alejado de aquél en el que había nacido y crecido sintiéndose siempre un poco extraño, como si estuviera allí por accidente.
El sueño se desvaneció un día cualquiera de un mes cualquiera de un año cualquiera, cuando le llamaron a la oficina de su empresa y le dijeron que no volviera al día siguiente, que ya no tenían trabajo para él.
Ese día cualquiera también descubrió que su empresa no había pagado las cotizaciones de la Seguridad Social y que no cobraría el paro.
Primero fue la vergüenza de no poder seguir pagando las clases particulares de los niños o las excursiones del colegio. Después la humillación de pedir prestado a familiares y amigos.
Su matrimonio no pudo aguantar la presión y se derrumbó de una manera tan inexplicable y absurda como si un día la Luna se precipitara sobre la Tierra.
El banco se encargó de arrasar los escombros expulsándolo de su casa, una casa en la que sólo quedaba él: su esposa se había ido con los niños a vivir con sus padres y los muebles y todo lo que tenía algún valor se había convertido en miserables raciones de subsistencia.
Cubierto con cartones el cuerpo y anulado el cerebro con cualquier bebida que tuviera alcohol, se protegía del frío de la noche y del sueño.
El sueño era lo peor, porque cuando se dormía soñaba que todo había sido una pesadilla.

miércoles, 18 de abril de 2012

Malas noticias

El editor lo recibió sentado detrás de su mesa con un gesto en el rostro que el escritor no sabía interpretar. No se levantó y apenas extendió el brazo para saludarlo con una mano blanda que le produjo un rechazo instintivo que se esforzó en disimular.
Esperó de pie a que le invitara a sentarse, lo que hizo después de unos pocos segundos, los suficientes para ser maleducado por segunda vez.
“Esto no puede ir peor”, pensó, “¡quién se creerá que es este patán!”

–Lamento que tengamos que conocernos en estas circunstancias.

–No entiendo...

–Claro, claro –lo interrumpió el editor –. Verá, hace varios meses que recibí su novela. Bueno, usted debe saber bien el tiempo que ha pasado, por supuesto.

Hizo una pausa. Juntó las yemas de los dedos y elevó los ojos al techo.

“Sólo faltaba que ahora se pusiera a rezar”, pensó el escritor; en cuya cara empezaba a dibujarse un mal disimulado enfado.

–No me andaré con más rodeos –comenzó de nuevo –. El caso es que tenía mucho trabajo atrasado y no pude leer su novela hasta hace unos días... Y cuando quise hacerlo me llevé una gran sorpresa. Una muy desagradable sorpresa: el protagonista estaba muerto.

El escritor se puso en pie como un resorte. Su rostro estaba congestionado y los brazos colgaban a los lados de su cuerpo con los puños cerrados con tanta fuerza que los nudillos estaban blancos.

–Tranquilo, amigo –dijo el editor –. Sé que es un golpe duro, pero se repondrá.

–Devuélvame mi novela –masculló con los dientes apretados.

El editor abrió uno de los cajones, sacó la novela, la dejó encima de la mesa con un gesto de repugnancia y, cuando retiró la mano, la limpió disimuladamente en la pernera del pantalón.

El escritor recogió su novela, la hojeó con las manos temblorosas. Dio media vuelta y se encaminó hacia la puerta. Justo antes de salir se volvió.

–Es usted un canalla.

–No pude evitarlo –acertó a decir el editor cuando la puerta ya se había cerrado tras el escritor.

miércoles, 4 de abril de 2012

Érase una vez la crisis: Recuerdos, de J.S. Camarzana

Recuerdos

-¿Te acuerdas, Julián, de este día hace cuarenta años hoy?
-¿Cómo no me voy a acordar?, ja y pensábamos que se acababa el mundo, eh?. Todos esos avisos de los mayas y Nostradamus y el 21-12-12!!! Todos angustiados, no por eso precisamente, sino por la maldita crisis y nosotros sin un euro en el bolsillo y sin posibilidad de tener un trabajo que te dejara algo en la jubilación.
-¡Qué bueno resultó aquello, muchacho! Para mí que el primer paso fue cuando dictaron esa ley por la que el Fiscal General del Estado no fuera designado a dedo sino por los Jueces y Fiscales. Allí sí que lo hicieron bien. Porque nada más nombrar a Pepe de Fiscal General del Estado empezó a meter querellas a todo aquél que había chorizado en el Poder, antes o ahora, con lo que las cárceles estaban a tope de gobernantes y empezaba a escasear quien dirigiera España.
Además se pusieron las pilas los del Poder Legislativo que ya se había convertido en una sombra de sí mismo pues ni leyes dictaba y fue cuando se aprobaron el nuevo delito de “estafar al pueblo” e “incumplimiento de lo prometido” y la pena novedosa de cadena perpetua y nada de salir a los 30 años ni empezar con los permisos de fin de semana, ni nada. Y ya cuando se lucieron es cuando pusieron a trabajar a los parados mientras les salía un trabajo adecuado para ellos, ya que para eso estaban cobrando.
¡Cómo se quedó España! Éramos el ejemplo de toda Europa y de EEUU. Nunca nadie había tenido tantos arrestos. Desde entonces funciona de todo de maravilla.
¡Y que lo digas Tony! ¡Y que lo digas! Pero vamos para adentro que aquí empieza la rasca y si no nos vamos, los celadores nos meten a la fuerza y es la hora de la medicación.

J. S. Camarzana.

Tardes de fútbol

  Siempre se había considerado a sí mismo como un hombre muy sensible. Le gustaban las historias de amor, sobre todo, las de amor incomprend...