jueves, 15 de marzo de 2012

Érase una vez la crisis: Con la muerte en los talones, de Lindastar

Con la crisis en los talones

-Buenos días. Dígame usted - ha dicho el tipo de bata blanca tras invitarme a tomar asiento en una silla situada frente a su mesa- diseño italiano, ¡faltaría más!- todo pagado gracias al dinero de mis impuestos, y del de todos los contribuyentes, mientras que los muebles del forzoso minimalismo de mi hogar no pueden ser nada más que de Ikea... ¡Tócate los calabacines! he pensado.
-Buenas. A ver por dónde empiezo...Llevo varias semanas con un dolor en la planta del pie que irradia hacia el talón y que, en ocasiones, asciende por el muslo hasta llegar a la cadera. Soy dependienta, estoy horas y horas sin sentarme, y así no puedo seguir, doctor - he intentado resumir mis males para no excederme del tiempo adjudicado a cada paciente.
-Vamos a ver ese pie- ha dicho, cortando mi discurso, después de mirar de reojo su reloj. -Descálcese y siéntese en esa camilla, por favor.
-Palpo un bultito que, de entrada, no parece preocupante. En el hipotético caso de que lo fuese, más adelante haríamos una ecografía. Vayamos por partes... Para arreglar, o al menos aliviar estas molestias, hará unos ejercicios que ahora le explicaré. Como segundo paso, le recomiendo la visita a una eminencia en la ortopedia -a la que van afamados deportistas- que tiene su consulta en Biarritz. Adelantándome a su pregunta, le informo de que sus precios son absolutamente anti crisis- ¡No podía creerlo!... Mi médico de cabecera proponiéndome un viajecito sanador a cuenta de mi mísero sueldo. ¡Ese individuo me veía cara de pánfila, estaba claro!
-Saltémonos a la madame milagrosa y centrémonos en los ejercicios, que seguro que serán más asequibles- Le espeté con cierta ironía conteniendo una incipiente mala leche.
-Estupenda elección, sra. Guindo. Entonces, paso a explicarle el ejercicio: Cómodamente sentada hará rodar una botella, durante unos veinte minutos, apoyando suavemente su pie sobre ella. ¡Verá qué mejoría!
-¿Y la ecografía? - he preguntado inocentemente.
-La dejaremos como último recurso. Iremos de lo sencillo a lo complicado, por este orden: botella, Biarritz, tal vez homeopatía, y en el peor de los casos, ecografía- ¡Ay, mi madre!, la dichosa ecografía me la van a acabar haciendo del hígado porque terminaré dándome al jarrillo... ¡¡Esto es el colmo!! he pensado mientras notaba como el humo salía de mis orejas y de mi nariz.
-Vivo en Alcorcón y soy vendedora, no deportista. Pago religiosamente mis impuestos aquí, así que quiero que me traten aquí. Le digo también que iré a Francia cuando pueda permitírmelo y a mí me de la real gana, ¿me explico?... Pienso recompensar su atención trayéndole, mañana mismo, media docena de pepinos para que los utilice como mascarilla anticrísis o, mejor aún, para que se los meta por dónde más le plazca, ¿le parece bien?...¡¡Buenos días tenga usted!!- Y de un portazo he salido con un dolor insoportable pero casi a la carrera -¡qué remedio!- de un centro de salud pionero en diseño y con personal aleccionado en economía.

( Nota: Basado en hechos "casi" reales)

Lindastar

 

martes, 13 de marzo de 2012

Érase una vez la crisis: La felicidad de Lidia, de Mercy Flores

La felicidad de Lidia

Vivía en un piso pequeño y ruinoso donde el techo goteaba cada vez que llovía. No tenía familia y su trabajo era tan precario que no le llegaba ni para la cena. Pero Lidia era feliz. Y todas las tardes, cuando llegaba a casa, se sentaba en su destartalado balcón, con una humeante taza de café y pintaba el cielo de inimaginables colores, inventaba sabores nuevos e imaginaba extraordinarias historias de todo aquel que veía pasar bajo sus pies.
Lo que ella no sospechaba es que en el balcón de al lado la observaba Jusepe, un joven guapo, alto y muy rico, que cansado del interés que su fortuna causaba en la gente decidió refugiarse en aquel miserable barrio. Él, que la observaba a diario, no podía entender como aquella chica parecía tan feliz. La seguía a todas partes, incluso a su trabajo, donde contempló los abusos a los que era sometida; y un día, armado de valor, decidió esperarla en el portal, porque en silencio y en soledad Jusepe se había enamorado de aquella risueña joven. Ella, al verle, sintió lastima por él, era tan guapo y tan delgado, pero estaba claro que no tenía para comer, así que sacó la única moneda que tenia y se la dio. Jusepe no aceptó, pero le dijo que aceptaría un café; y desde ese día están sentados los dos juntos en su destartalado balcón.
Ella le pinta el cielo de maravillosos colores y le cuenta todas las historias que hoy inventó. Con una taza de café, bombones e ilusión comparten por siempre la ilusión y el amor; eso sí, regado con champán y fantasía.

Mercy Flores

 

Érase una vez la crisis: La alcantarilla, de Mercy Flores

La alcantarilla

Un día abrió sus manos y de ellas solo salían penas, todo le salía al revés, perdió el trabajo que tanto amaba, perdió su casa, perdió a su amor y se lamentó hasta quedar exhausto y lloró hasta que sus ojos se hincharon tanto que casi no los podía abrir, era la triste vida de Isaías.
Deambulo por las calles tanto tiempo que no sabría decir, durmió y comió en albergues sin saber que día era ni que hora, que importaba ya, Isaías solo pensaba en su desgracia y no se percataba de nada más, hasta que un día cayó en una alcantarilla que estaba mal tapada, se partió un pie había caído más de 3 metros de profundidad, sentía un dolor intenso y estaba en total oscuridad, maldiciendo se pasó las horas, gritando y desafiando a dios.
- MATAME YA SEÑOR.
- CRUCIFICAME A MI TAMBIEN.
Pero a lo lejos escuchó un chirrido horrible y pensó que algún animal venia a devorarlo y se preparó para la peor de las torturas, se imaginó devorado por ratas hasta la muerte o mordido por perros salvajes hasta que lo desmembraran pero en lugar de un animal lo que apareció ante sus ojos fue una sucia niña que no podía caminar y como silla de ruedas utilizaba un camionsito de juguetes muy viejo que chirriaba hasta destrozarle los tímpanos, atónito escuchó la historia de la niña, había nacido allí decía ella pues su madre la tiró desde lo alto de la alcantarilla nada más nacer para que muriera y un vagabundo la había criado, nunca había visto la superficie, comía ratas e insectos, se llamaba carbón o eso le había dicho el vagabundo antes de morir y no cabía duda alguna era la niña más feliz que Isaías había conocido nunca.
Se sintió tan avergonzado de que aquella criatura que vivía solita que nunca había visto el sol, ni el mar, ni todas las maravillas que el mundo ofrece fuera feliz y que él un hombre sano que había sido amado y querido no lo fuera era imperdonable.
Entablillo su pierna y decidió salvar a carbón de aquella vida y nunca más lamentarse de su suerte y en ese instante de sus manos brotaron rosas que fueron cubriendolo todo eran tantas y crecían tan rápido que pudieron trepar por ellas sin ningún esfuerzo hasta salir de aquel lugar, la gente les observaba asombrados y cada vez que Isaías abría sus manos para saludar a los que miraban brotaban rosas de ellas y todo el mundo pensó que era un poderoso mago pero Isaías sabía que Aquí la única verdadera maga era carbón pues él intentó salvarla pero fue ella la que le salvó a él.
Hoy viven juntos en una humilde casa y todo el dinero que sacan por el don de Isaías lo donan para las personas más necesitadas.

Mercy Flores.

domingo, 11 de marzo de 2012

Érase una vez la crisis: Perra vida, de Amando Lacueva

Perra vida

Lo siento colega, pero ya son tres meses que me traes lo mismo para comer. Si por lo menos los huesos tuvieran algo de chicha, pero es que por no tener no tienen ni tuétano. Me tienes hasta el hocico. Por si no lo sabes, también me gustan las zanahorias, así que por unos céntimos podías haber echado al puchero un puñadito de algo, para darle consistencia, digo yo. Me tienes toda la vida acostumbrado al solomillo y ahora, de golpe y porrazo, zás, huesos para rosigar. No me mires así, con esa cara de pena, y espabila, pasmao, que eres un pasmao. Deja de lamentarte y haz algo. Si verdaderamente te importo, tienes que cambiar de actitud porque nuestra relación se está haciendo insoportable.
Mira Cristóbal, eres un buen hombre, y te tengo cariño, pero yo no tengo la culpa de que te hayan despedido y que el subsidio te lo hayas merendado en un plis plas. Tienes que salir a buscar un empleo. No podemos seguir así, de verdad. Yo pensaba que estaríamos toda la vida juntos, que envejeceríamos. Tú cuidarías de mí y yo de ti, pero si no lo solucionas voy a tener que abandonarte, y no es una decisión fácil, te lo aseguro.
Estás todo el día deprimido, lloriqueando, tumbado en el sofá sin afeitarte siquiera, das pena, macho. Hace semanas que no me sacas ni siquiera al parque a que juguemos con los críos. No sabes lo importante que es para mí jugar a la pelota, es mi mida. Ver a los zagales columpiarse y sentir sus manitas en mi cuello cuando me agarran e intentan quitarme la pelotita.
¿Y ahora qué pasa? ¿Qué te están contando por ese aparatito infernal? Pero si creí que te lo habían cortado. No me mires así. Serán chivatos. Pues sí, que lo sepas, Lo del otro día fui yo. Cuando me dejaste solo en la escalera, me cogió un pronto y me cagué en la puerta del director del INEM, además con la descomposición que arrastro seguro que el tío estuvo tres días echando papilla. Es un jodido pedante que siempre intenta darme patadas. La vecina de arriba, pues tiene razón, cuando se descuidó me tiré a su perrita, tan dócil y sumisa. Y no me importa que sea la presidente de asuntos sociales, total, para lo que hace por nosotros. Sí, también fui yo quien se meo en las macetas de la entrada del edificio, que se joda la alcaldesa por plantarlas y que se dedique a cultivar hierba. Esa imbécil fue la que con sus recortes te dejó sin la ayuda. Y el director del BBVA, pues que tenga cuidado. Le enganché por la pantorrilla, por gilipollas y da la vida que me separaron aquellos desgraciados, si no le hubiera arrancado el remo por pretender embargarte. Y ahora que he sido sincero, dime. ¿Me vas a sacar a pasear al parque a jugar con mi pelotita, o tengo que escaparme y dejar preñada a la puta Séter Irlandesa del quinto? Por mí, como si fuera la mascota del presidente de la Diputación. Anda, no jodas, ¿lo es? Perra vida.

Amando Lacueva

 

sábado, 10 de marzo de 2012

Érase una vez la crisis: Sequía por goteo, de Arte Pun

Sequía por goteo

Eufemio cae en una depresión, una más. Sobrevive y cae en una euforia personal, irreal, una menos. Ya más tranquilo, se despierta en la cola del banco para pagar los recibos del mes. No tiene para todos, este mes dejará de pagar el agua. Y vuelta a la calle. Se planta. El disfraz de hombre maceta se lo regaló un amigo que se marchó a Brasil. Hace ya tiempo que no le brota nada, él no lo aprecia, pero se está marchitando.

Arte Pun. Blog: http://codivergencia.blogspot.com

viernes, 9 de marzo de 2012

Érase una vez la crisis: Showroom, de Ana Martínez

Showroom

La performance tiene lugar en un callejón  sobrio, oscuro y decorado con cartones. Al fondo hay un hombre que descansa bajo enormes bolsas de Habitat. Tiene la cabeza apoyada sobre una caja de cartón, toda de Tod`s. Una de sus manos se acurruca para esconder la cara, que como la mano, está algo sucia,  lo que le da un toque vintage. No podemos observar su ropa porque está cubierta por las bolsas, pero si que vemos asomar los pies, abrigados por calcetines que fueron blancos y unos Crocs con un pequeño orificio en la planta, que permite mostrar parte del calcetín. Este estilo que hemos dado en llamar "Neohomeless",  hace un guiño a la nueva gente corriente y será el estilo más imitado este otoño. Quizás también el siguiente.

Ana Martínez

 

lunes, 5 de marzo de 2012

La reunión de los lunes

Subió al despacho de su jefe para la reunión de los lunes. Ambos llevaban muchos años trabajando juntos y siempre empezaban la semana con una reunión a primera hora. Hablaban de lo que habían hecho el fin de semana, con el tiempo llegaron a tener la suficiente confianza para hacerse confidencias más propias de dos viejos amigos que de dos compañeros de trabajo. Después, Juan ponía a su jefe al corriente de lo que ocurrían en el departamento y éste le contaba lo que podía de lo que se cocía en las alturas. Por último, planificaban la semana.
Esa mañana no encontró a su jefe en el despacho. Supuso que no tardaría, así que se sentó en una de las sillas a esperarlo, mientras repasaba las notas de su agenda. Casi todo era de rutina salvo el tema de Vega, el de proyectos, era hora de tomar una decisión, que era la forma de decir que ya había decidido despedirlo.
Miró el reloj. Ya eran las nueve y Enrique no había aparecido. Le llamó, el móvil estaba apagado o fuera de cobertura.
Echó un vistazo al despacho y, por enésima vez, pensó cuánto le gustaría a él ocuparlo y cuánto tardaría en hacerlo. Un informe al lado del ordenador le llamó la atención. Enrique no le había dicho nada de que hubieran contratado a una consultora.
Rodeó la mesa para que la puerta le quedara de frente y no pudieran sorprenderlo curioseando.
La primera hoja del informe tenía un título inequívoco: “Dimensionamiento plantilla operativa”. La segunda hoja recogía la plantilla de su área.
Miró a la puerta para asegurarse de que no había nadie que pudiera verlo y pasó a la siguiente página.
“De acuerdo con la plantilla establecida para su área, indique en la siguiente tabla los nombres de las personas que, a su juicio, deberían ser excedentes”.
Los nombres estaban escritos a mano por la inconfundible letra torturada de Enrique y el primer nombre de la tabla era el suyo.
Tuvo que apoyarse en la mesa porque sus piernas se negaban a sostenerlo. Se aflojó el nudo de la corbata y se limpiaba el sudor de la cara cuando Enrique entró en su despacho.
—Hola. ¿Hace mucho que estás aquí? —le dijo, mientras descubría el informe abierto al lado de Juan.
—Acabo de llegar —respondió.
—Una reunión de emergencia — dijo, a modo de disculpa—. Siéntate, tenemos que hablar.
Sacó la cajetilla de tabaco del bolso de la chaqueta y encendió un cigarrillo. Después la arrojó sobre la mesa y le dijo
—Sírvete —dio una larga chupada a su cigarrillo—. No te preocupes, a mí ya no pueden despedirme.
—¿Te han echado?
—Sí. Esos cabrones me dijeron que les llevara hoy a primera hora el informe de la consultora cumplimentado y, tras entregárselo y discutirlo durante media hora, me dijeron: “nosotros también hemos cumplimentado el nuestro y, lamentablemente, tu nombre aparece entre los excedentes” —dio otra calada a su cigarrillo y señaló la cajetilla—. ¿Seguro que no quieres uno?
Juan lo miraba fijamente, sin pestañear, mientras Enrique tenía la vista perdida en el techo.
—¿No vas a tener los cojones de decírmelo? —dijo por fin.
—¿Decirte qué?
—Venga, no disimules, joder —se levantó, cogió el informe y agitándolo ante la cara de su jefe, continuó—. Sabes que lo he leído. Sabes que he visto mi nombre escrito de tu puño y letra.
—Cálmate Juan. A mí ya me han largado, dentro de una hora tengo que haber dejado esta mierda y tú todavía estás aquí.
—¿Qué quieres decir? —en la voz de Juan apareció una nota de esperanza.
—Nada. Sólo que a ti nadie te ha dicho nada todavía —apagó el cigarrillo y se puso en pie—. Vuelve a tu mesa y espera. No creo que vayan a hacer ningún caso de mi informe, así que seguramente tendrás más suerte que yo.
Tras unos segundos de duda, Juan abandonó el despacho sin decir nada. Enrique cerró la puerta, cogió el teléfono y marcó un número interno.
—Acaba de ir para su mesa.
—… …
—Sí, lo vio. Cuando llegué estaba al borde de la apoplejía.
—… …
—No. Le dije que me habían despedido.
—… …
—De nada. Es trabajo.

Tardes de fútbol

  Siempre se había considerado a sí mismo como un hombre muy sensible. Le gustaban las historias de amor, sobre todo, las de amor incomprend...