lunes, 22 de noviembre de 2010

Amor

Rebuscando en los cajones encontró su fotografía. Su corazón dejó de palpitar por un momento igual que le había ocurrido la primera vez que la vio hacía demasiados años.
Todavía recordaba su sonrisa alegre un tanto burlona cuando, después de su primera cita, le entregó esa fotografía diciéndole “para que no te olvides de mí”.
No habían vuelto a separarse. Un largo noviazgo, el matrimonio, los hijos, los primeros nietos. Habían vivido tantos años juntos, tantas cosas juntos, que todavía no sabía cómo se había acostumbrado a vivir sin ella.
Dejó la foto en el cajón y apuntó mentalmente que tenía que acordarse de ponerla en un portarretratos cuando ya no le doliera tanto verla.
Le alarmó un ruido procedente de la cocina y se apresuró a volver junto a su mujer, reprochándose haberla dejado sola.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Medidas contra la crisis

El gobierno había anunciado las medidas de ajuste para luchar contra la crisis y ya había adelantado las dos más controvertidas:

Se limitaría el número de trasplantes de cuerpo a tres por cerebro. La única excepción sería en el caso de políticos en ejercicio o de aquellos que lo hubieran estado durante dos años consecutivos o cuatro alternos. Esta excepción se justificaba en la necesidad de conservar en activo los privilegiados cerebros de nuestros prohombres.

La segunda medida, relacionada con la anterior, sería la eliminación de las ayudas a los trasplantados para la renovación de su vestuario personal. Se pretende con ello, que los afectados procuren escoger cuerpos con la misma talla que el anterior, de modo que no necesiten renovar por completo su vestuario y no se desechen prendas todavía en uso, con el ahorro consiguiente en fibras sintéticas (la mayoría obtenidas de productos derivados del petróleo) y naturales. Medida ésta que se enmarca en las ya adoptadas para una economía sostenible y una reducción de las emisiones de CO2.

Juan cerró el periódico y se acomodó entre los cartones que lo protegían del frío. Dentro de unas horas su compañero de banco le despertaría para que le relevase.
Se durmió pensando que quizás con estas medidas también disminuyese algo el peligro de los cazadores de cuerpos.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Amistad

Hacía varios meses que los años se le habían echado encima de repente. No era tan mayor, pero desde que su inseparable amigo envejeciera de pronto tras una corta enfermedad, que sin ser grave le metió de lleno en la vejez, parecía como si también a él se le hubieran contagiado los años.
Quizás por eso, últimamente no dejaba de pensar que su vida y la de su amigo estaban unidas por algún invisible conducto que les hacía correr la misma suerte y había llegado a convencerse de que cuando a su amigo se le agotara la vida también él perdería la suya.
Le quedaba poco tiempo, lo sabía. Además de las confidencias de su amigo, notaba cómo sus paseos se alargaban en el tiempo y se acortaban en las distancias recorridas. Sólo tenía que mirarlo a los ojos para ver en lo más profundo de ellos lo que ya se iba manifestado sin remedio en el exterior.
Pero no le preocupaba terminar su vida unos cuantos años antes de lo esperado para acompañarlo en el paseo definitivo. Mejor eso que la calle o un albergue para perros abandonados.

lunes, 8 de noviembre de 2010

El paquete


Llegó a casa con el paquete, impaciente por saber su contenido. Pesaba poco, era pequeño, cuadrado y, debajo del vulgar papel marrón de embalar, notaba algo duro, plástico o madera; por el peso, seguramente sería de plástico.
El cartero había dejado la nota en su buzón esa mañana, mientras se encontraba en el trabajo, pero no ponía remitente, ni daba pista alguna, y él no esperaba ningún paquete.
Ya en su casa, cortó el envoltorio con las tijeras, dejando al descubierto una caja de plástico. La examinó y antes de abrirla, absudarmente, la agitó al lado de su oreja. La caja se abrió y de su interior cayó un objeto que fue a parar debajo de un armario. Se agachó, metió la mano debajo del mueble y a tientas encontró un objeto blando y un poco húmedo. Sintió algo de repugnancia. Tomó el objeto con dos dedos, tratando de tocarlo lo menos posible y en cuanto lo tuvo antes sus ojos lo soltó lleno de asco y horror.
Después se serenó, intentó convencerse de que se trataba de una broma y se agachó para observarlo más detenidamente. Pero no había manera de engañarse, era una oreja humana.
Incapaz de apartar los ojos de aquel órgano incongruente en medio de la alfombra, se tocó la venda que tenía en la cabeza. La herida había vuelto a sangrar.
Fue al bañó, destapó la herida y limpió cuidadosamente el lugar en el que debería estar su oreja izquierda.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

El último día

Hoy era su último día. En unas pocas horas vencería el plazo que le habían dado un año atrás.
No estaba impaciente, sino triste; por momentos desesperanzado, pero la mayor parte del tiempo animado por la esperanza de que ella viniera a verlo. Era menor el temor o el deseo de continuar como hasta ahora que la pena que le causaba su ausencia prolongada, quizás, definitiva.
La mañana avanzaba gris, lluviosa y desapacible, pero ello no impedía que la gente fuera llegando, lentamente, al principio, y en pequeñas y constantes oleadas, después.
La tumba estaba en una esquina del cementerio en una zona un poco elevada que le permitía ver con facilidad la entrada y las personas que se acercaban hasta allí.
Contempló la lápida sucia y sin adornos. En la losa de mármol, que un día fue blanco, sólo quedaban las manchas que habían dejado las últimas flores barridas por el viento hacía ya mucho tiempo.
Más triste que una losa desnuda lo es una manchada con los rastros del olvido.
La tarde se precipitó casi de repente en una noche sin lluvia y con un viento helado que arrastraba sin clemencia las flores que habían adornado por unas horas los recuerdos, la tristeza o la costumbre.
Él miró su tumba por última vez antes de desaparecer para siempre en el olvido.

sábado, 30 de octubre de 2010

Otoño


Las temperaturas empezaban a bajar y por las noches ya no era agradable permanecer al aire libre. La lluvia volvía  aparecer con mucha frecuencia y ahora le molestaba y le complicaba la vida, pero, sobre todo, le irritaba recordar cuánto le gustaba ver llover desde la ventana de su casa.


Las hojas de los árboles revoloteaban por las aceras agitadas por un viento frío que atravesaba la ropa, la piel, la carne y helaba los huesos.


Las miradas de los transeúntes, que caminaban de prisa, absortos en sus preocupaciones, en su afán diario, reflejaban lástima, desprecio, aversión, hasta odio, pero rara vez pena o conmiseración.


Abrió el cartón de vino que tenía a su lado, dio un largo trago que pasó sin saborear y se limpió los labios con la manga de su chaqueta.


Alguna de aquellas miradas todavía lograba herirle un poco si la ración de alcohol no había sido suficiente. Todavía sentía temor y vergüenza cuando veía acercarse a alguna persona conocida que fingía, como él, no ver, no reconocer.


Eso era lo que más le dolía, lo que trataba de olvidar día tras día, trago a trago. Algún día él también había sido uno de ellos, aunque hacía tiempo que ya no recordaba cómo  había llegado a aquella situación.

martes, 26 de octubre de 2010

Sueños

El choque fue brutal, atrapado entre los hierros, no podía hacer ningún movimiento para salir del coche. Podía notar las convulsiones y, aunque no sentía ningún dolor, o quizás precisamente por eso, suponía que su estado podía ser muy grave.
No supo cuánto tiempo pasó hasta que comenzó a oír voces a su alrededor, después las sirenas de los coches de policía o de las ambulancias, y también alguno de bomberos, porque pronto los vio por la ventanilla que tenía a su lado y que, sorprendentemente, se encontraba intacta. Le decían que estuviese tranquilo, que enseguida le sacarían de allí.
Pero él no estaba nervioso, sólo estaba asustado, muy asustado. Las voces cada vez eran más débiles y acababa de comprobar que tampoco podía hablar.
Notó, o creyó notar, no estaba seguro, cómo un líquido caliente corría por una de sus pantorrillas y el miedo empezó a transformarse en pánico. No sabía si era sangre o que sus esfínteres no funcionaban. Tampoco estaba seguro de cuál de esas dos posibilidades le preocupaba más.
La chapa del coche empezó a crujir mientras era cortada por la cizalla de los bomberos, pero él apenas oía ningún ruido…
Terriblemente angustiado y empapado en sudor se despertó sintiendo de inmediato el alivio de saber que todo era una sueño.
La habitación estaba oscura. Giró la cabeza a un lado y a otro buscando alguna rendija de luz que le orientara.
Sólo un segundo antes de que una enfermera entrara corriendo en la habitación, vio a la izquierda de la cama, un poco por encima de su cabeza, el monitor con la línea blanca horizontal.

Tardes de fútbol

  Siempre se había considerado a sí mismo como un hombre muy sensible. Le gustaban las historias de amor, sobre todo, las de amor incomprend...