martes, 19 de octubre de 2010

¿Por qué?

Paseaba por el cementerio, desierto como siempre a esas horas. Se entretuvo leyendo las lápidas, muchas con nombres conocidos: amigos, familiares más o menos cercanos, vecinos...

Por fin llegó, como cada anochecer, hasta la tumba de su esposa. Leyó la lápida que se sabía de memoria y se sentó en una esquina de la tumba.

¿Por qué ya no sentía la pena inmensa que le embargó durante los primeros años de ausencia?

¿Por qué la lágrimas ya no se escapaban de sus ojos sin permiso, como ocurrió durante tanto tiempo?

- ¿Por qué no vuelves a tu tumba y dejas de andar por ahí como alma en pena? - le recriminó dulcemente la voz de su esposa.

Ilusión

Creía estar tocando el cielo con las manos hasta que el mar lo engulló sin remedio.

sábado, 16 de octubre de 2010

Calles

Si no hubiese sido por él, Elena quizás no habría salido a flote, pero tuvo la suerte de encontrarlo y su vida cambió radicalmente. En la caja del supermercado se le iban las horas pensando, soñando, planeando el resto de su vida al lado de Iván. Su sonrisa despistada y su cara de ensoñación permanente había conquistado a la mayoría de las clientes, aunque alguna se quejaba de que era demasiado sosa, quizás porque no prestaba atención a sus cotilleos.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Ausencia

Regresaba de un corto viaje de apenas dos semanas y estaba ansiosa por llegar de nuevo a casa y contarle todas las cosas que había visto y que le hubiera gustado compartir con él.
Nada más abrir la puerta tuvo un sobresalto al ver los cuadros y los adornos tirados por el suelo y los muebles descolocados. Pensando que habían entrado a robar fue recorriendo las habitaciones y comprobando idéntico desorden.
De pronto cayó en la cuenta de que la puerta estaba cerrada con llave cuando llegó y que las ventanas seguían cerradas sin ningún signo de violencia.
Un pensamiento cruzó su mente y de inmediato se convirtió en pregunta:
- ¿No habrás sido tú? - dijo en voz alta.
Un ruido de cristales la sobresaltó. Se acercó al salón y vio los muebles desordenados, la mesa que debería ocupar el centro de la estancia apartada hacia una de las paredes y en su lugar los restos de varias copas hechas añicos.
- ¿Por qué? - preguntó, algo intimidada, mientras se volvía para abandonar la habitación.
Un ruido de cristales la hizo volverse. Los restos de las copas tiradas por el suelo se habían movido. Los observó detenidamente y enseguida comprendió. En el suelo podía leerse claramente: ¿por qué me dejaste solo?

sábado, 28 de agosto de 2010

Presencia

La veía andar por la casa en penumbra y  la notaba triste, abatida y con un aspecto  inusualmente descuidado.
Hacía varios días que sus hijos se habían ido y se había quedado definitivamante sola. Le prometieron volver - pensó - pero ellos tenían sus vida, sus familias, sus trabajos - los disculpó enseguida.
Estaba sentada ante el espejo del tocador cuando sintió un ruido a su espalda, se dio la vuelta y vio en el suelo el portarretratos en el que estaban las fotografías de sus tres hijos. Casi con vergüenza por su ocurrencia, dijo en un susurro:
- ¿Estás aquí?
El cuadro con su fotografía de recién casados se giró en la pared hasta quedar colgado por una de sus esquinas.
Las lágrimas desbordaron sus ojos al mismo tiempo que en su cara se dibujaba una gran sonrisa.
- Espero que aprendas pronto a comunicarte mejor - dijo en voz alta - o arruinarás nuestra casa.

lunes, 16 de agosto de 2010

Reproches

Estaba de pie ante él con los ojos arrasados en lágrimas. Pensó que sería fuerte, pero, en el último momento, sus nervios la traicionaron. Sin embargo, ya nada sería igual a partir de ahora; ya no habría más miedos, ni más risas; no habría más celos, ni más amor. El mundo sería más gris y menos amable; ya no habría más pasión.
Le dirigió una última mirada: su cara había dejado de parecerse a la del hombre que tanto había amado.
Antes de girarse por completo, no pudo evitar un último reproche: “¿por qué has tenido que hacerlo; por qué has tenido que morirte y dejarme sola?”

lunes, 9 de agosto de 2010

Daños colaterales

Nada más hacerlo comprendió que había cometido un grave error. Todavía tenía tiempo para evitarlo, o para evitar los efectos más graves, pero estaba paralizado por el miedo: tendría que dar explicaciones que no aceptarían y se convertiría en un traidor o en alguien en el que no volverían a confiar; quizás tendría que huir y esconderse de los suyos.
Esperó a una distancia que le permitiría observarlo todo con seguridad. Miraba impaciente el reloj por el que se arrastraban los segundos con una lentitud exasperante.
De pronto la vio aparecer, caminaba decidida en dirección al coche que él había dejado aparcado hacía sólo dos minutos. Desesperado, consultó su reloj. El tiempo volaba ahora imparable. En una décima de segundo, calculó el tiempo que faltaba, lo que tardaría en recorrer la distancia hasta el coche y lo que ella tardaría en llegar hasta allí. Tenía tiempo.
Pero no se movió. Tenía la vista fija en ella, la veía caminar decidida y alegre como solía hacerlo cuando se acercaba a él en alguna de sus citas. Y esperó absurdamente que ella se diera la vuelta y se alejara del peligro.
La explosión la borró de su vista. El ruido ensordecer dejó paso a los gritos, los llantos, las alarmas de los comercios y de los coches. Ante él sólo podía ver fuego y humo.
Comenzó a caminar alejándose de allí, sacó el teléfono móvil del bolsillo del impermeable, marcó un número de su agenda y dijo la frase convenida.
Mientras guardaba el teléfono pensó que esa tarde debería ir a buscar a Maite a su casa, como todas las tardes, para no levantar sospechas.

Tardes de fútbol

  Siempre se había considerado a sí mismo como un hombre muy sensible. Le gustaban las historias de amor, sobre todo, las de amor incomprend...