Ernesto García entró en el baño aquella mañana con los ojos todavía cerrados por el sueño. Se lavó la cara y un poco más despejado se miró al espejo. No reconoció la cara que lo miraba interrogadora. Se encogió de hombros y se dio media vuelta dejándolo plantado en el espejo.
Cuando su mujer se levantó media hora más tarde, lo encontró yaciendo sin vida a la puerta del baño.
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