domingo, 22 de noviembre de 2020

Recuerdos

Había comenzado el último cuarto de su vida y cada día Elena daba vueltas a lo que había dejado atrás, lo poco que había dejado atrás. No tenía hijos, no se había casado, no había tenido novio; su vida se definía por lo que no había tenido. Nunca lo había echado de menos, bueno, nunca quizás no, pero nunca demasiado, eso seguro. Hasta ahora. Ahora le gustaría tener una buena colección de recuerdos de la que echar mano, en la que recrearse a falta de hijos o nietos en los que pensar o de los que preocuparse. Pero apenas había nada a sus espaldas.

Se había enamorado de un joven de su edad cuando estaba terminando los estudios universitarios, pero su amiga Luisa se adelantó y fue la primera en decirles a sus amigas que le gustaba Felipe, de modo que Elena tuvo que guardar sólo para ella la atracción que sentía por aquel joven un poquito soberbio, sabedor del efecto que provocaban en las mujeres su cuerpo bien musculado y su sonrisa perfecta de la que solía abusar.

Luisa no valía gran cosa, pero lo compensaba de sobra con una simpatía desenvuelta, unos esquemas morales muy avanzados para aquella época gris que acababa de enterrar al dictador pero que mantenía vivos casi todos los artilugios morales y prejuicios sociales del largo invierno que había seguido al final de la guerra civil; y también con un sonoro apellido ligado a una nada desdeñable fortuna. Como se decía ahora, Luisa jugaba en otra liga.

jueves, 24 de septiembre de 2020

Amigos

Era una agradable tarde de otoño con un cielo de un intenso azul después de dos día de lluvia inclemente, todo era tan perfecto que Julio estaba convencido de que Luis no le traería más que malas noticias. Su amigó lo había llamado aquella misma mañana para decirle que estaba en Gijón y proponerle que se vieran esa tarde en la terraza del Café Dindurra.

Hacía más de cinco o seis años que no sabía nada de él, su relación se había enfriado mucho desde que abandonara Gijón doce o quizás quince años atrás y, desde entonces, se habían visto apenas tres o cuatro veces. Según lo estaba pensando se dio cuenta de lo poco que le importaba el que, en una parte tan remota de su vida que ya casi no estaba seguro de que fuera suya, había sido su mejor amigo; tantas incertidumbres en cuanto a los acontecimientos que recordaba con imprecisión sólo demostraban que apenas pensaba en él. Y si una persona te importa no puedes estar mucho tiempo sin recordarlo, se dijo a sí mismo.

Disfrutó del corto paseo desde su casa y cuando estaba a unos metros de la terraza descubrió a Luis. Bebía de una jarra de cerveza y vestía un impecable traje blanco que, por lo inusual en Gijón, habría llamado la atención en cualquier época del año y más ya habiendo dejado bien atrás el verano. A Luis siempre le había gustado llamar la atención, pensó Julio sin evitar sonreírse.

domingo, 9 de agosto de 2020

La taberna

 Era un error ir a aquel bar y más casi a media noche. Nunca había estado por aquella zona de la ciudad, pero sabía bien que no era un sitio al que la prudencia aconsejara acudir ni de día ni de noche. Sin embargo, la llamada de aquel antiguo compañero de carrera lo alarmó y lo intrigó, quizás más lo primero que lo segundo.

—¿Pedro? —preguntó una voz cuando descolgó el teléfono

—Sí, ¿quién eres?

—Soy Vicente… Tu compañero de la facultad…

—Vaya, Vicente, cuanto tiempo…

—No puedo entretenerme ahora —lo interrumpió su interlocutor—, necesito verte sin falta. Te espero a las 11 en el bar “La Taberna”, está en la calle Maravillas, es un calle muy corta, no tendrás problema para localizarlo, además tiene un rótulo muy llamativo.

—Pero… —no dijo más porque la llamada ya se había cortado.

Así que llevado por la curiosidad, allí estaba al comienzo de la calle Maravillas, que en realidad era un corto y estrecho callejón sin salida de apenas cien metros de largo y que estaba iluminado por un única farola, de las tres que existieron en su día, a juzgar por los restos de los mástiles que seguían colgando de las fachadas, y por un rótulo de neón de dimensiones incongruentes con la estrechez de la calle en el que se veía la silueta de una mujer apoyada contra una copa de cóctel, la cual ocupaba el lugar de la letra T del nombre de local, que estaba escrito en vertical.

El rótulo dejó claro a Pedro la clase de transacciones que tenían lugar allí dentro y de alguna manera eso lo tranquilizó: cuando hay una actividad mercantil, el dueño del negocio suele procurar que los clientes salgan de él con vida, para no verse expuesto a desagradables complicaciones con la ley y también, por qué no, con la esperanza de que sigan acudiendo a dejar su dinero.

Al tiempo que empujaba la puerta, inspiró profundamente como retrasando el momento inevitable de respirar el aire viciado del interior, al tiempo que se reprochaba no haber dejado en casa la cartera y las tarjetas de crédito. Pero ya era tarde para arrepentirse, la puerta se había abierto de par en par con su leve empujón y la inercia le hizo meter de lleno los dos pies en aquel antro débilmente iluminado y poblado por algunas sombras pegadas a las paredes y que eran difíciles de distinguir en aquella semioscuridad.

—Si quisiéramos ventilar el local tendríamos la puerta abierta —dijo una voz nada amistosa desde algún lugar que Pedro no supo identificar.

—Sí, sí, perdón —murmuró, al tiempo que cerraba la puerta.

—No hagas caso, Pedro, mis clientes son muy bromistas —le gritó desde detrás de la barra un hombre al que no lograba ver el rostro, pues lo iluminaba a contraluz la estantería llena de botellas que tenía a su espalda—. Vamos, hombre, acércate.

martes, 3 de septiembre de 2019

El personaje

Me asaltó por primera vez una tarde, mientras leía la prensa en el ordenador. Me lo había imaginado hacía unos días cuando oí una conversación al descuido y pensé, casi de manera involuntaria: «podría ser un buen personaje para una historia». Fue sólo eso, un pensamiento fugaz que olvidé de inmediato porque no estaba en mi ánimo volver a escribir. Pero esa tarde se hizo presente de nuevo en mi cabeza: «no debes olvidarte de mí». Nada más que eso, no debes olvidarte de mí. ¿No debo?, ¿olvidarme de quién?
Al día siguiente ocurrió lo mismo cuando estaba tomando el café del desayuno: «soy muy insistente, no podrás olvidarte de mí con facilidad». Empezaba a irritarme conmigo mismo. Pensaba que se trataba de una de esas ideas que a veces te dan vueltas y más vueltas por la cabeza sin que seas capaz de deshacerte de ellas en todo el día o, incluso, durante varios días. Pero esta idea, como yo me empeñaba en llamarla, no se mantenía invariable, sino que evolucionaba, empleaba nuevos argumentos: «necesito vivir, no puedes mantenerme en el limbo de tu imaginación para siempre. Tengo derecho a vivir y tú no tienes derecho a impedirlo». La situación empeoraba y me encontraba malhumorado por esos continuos “asaltos”, de modo que comencé a imaginar cómo solucionarlo. Tratar de olvidarme y no hacer(le) caso no daba resultado, cada vez eran mas frecuentes sus “apariciones” y cada vez tardaba más tiempo en apartarlas de mi mente. Por eso pensé que podría escribir un relato en el que ese personaje falleciera. Ya no podría volver a reprocharme que no le había dado vida. Pero la misma tarde que estaba ideando el argumento, me interpeló muy enfadado: «¿de verdad estás pensando en darme vida en unos cuantos párrafos para después hacerme morir?, ¿crees que merezco eso?». Comenzaba a estar fuera de mí. Que un personaje me exigiese que escribiese una historia en la que darle vida era muy molesto. Molesto, sí, y quizás bastante extraño también, pero, sobre todo, molesto. Y que también quisiera decirme lo que debía o no escribir era demasiado.

domingo, 11 de noviembre de 2018

Luna

La vida se había convertido para Ramón en una pesada carga desde que Patricia lo había abandonado. Habían sido muchos años compartiendo todo, tomando decisiones de común acuerdo hasta para las cosas más nimias. Ahora, sin ella, no sabía cómo combinar la camisa con el pantalón o el jersey o qué corbata era la más adecuada con el traje o la chaqueta. Cómo estar seguro de que iba vestido correctamente. Tenía que comer en un restaurante porque no sabía cocinar, llevaba la ropa a la tintorería porque no sabía planchar. Eran minucias, lo sabía, pero eran esas minucias con las que Patricia sabía hacer que la vida fuera más fácil, más bella y agradable y que ahora se habían convertido en esos diminutos guijarros que, a pesar de su escaso tamaño, hacen doloroso caminar descalzo. Y así iba Ramón, sólo y descalzo por un camino lleno de pequeñas piedras y con el sol oculto tras la enorme y oscura nube que era la ausencia de Patricia.

domingo, 28 de octubre de 2018

María

De Asturias es difícil irse porque todo se confabula para que no lo hagas. Al clima suave, la buena comida, la gente amable, el paisaje espectacular se unen unas pésimas comunicaciones: una autopista muy cara, un tren del siglo XIX, unos billetes aéreos que sólo están al alcance de las economías más saneadas. Sólo los políticos dan ganas de dejarlo todo atrás, pero como los que hay en otras partes son iguales, si no peores, los asturianos terminan viéndolos como una molestia soportable. Son como los mosquitos en el verano o los días lluviosos del invierno, hay que convivir con eso.
Pero Ernesto había decidio dejarlo todo atrás. Hacía dos días que había dejado el trabajo, una frustrante actividad comercial en una empresa de maquinaria; diez que se lo había comunicado a sus amigos en la cena de los sábados y cinco desde que se lo comentó a su madre.

domingo, 21 de octubre de 2018

El plan

Era difícil encontrar una excusa mejor, el trabajo siempre le había servido para huir de su casa cuando la atmósfera se volvía demasiado asfixiante. Quién le pondría reparos a un hombre por dejarse la piel en  el trabajo procurando el mayor bienestar para su familia. Pero el problema era que su tolerancia era cada vez menor y con más frecuencia sentía la necesidad de escapar, de huir de lo cotidiano, de la vulgaridad, del llanto de los niños, del olor a comida, a colonia de bebé, a eucalipto— “es bueno para Elenita que tiene mucho catarro de nariz”—  y a la eterna coliflor con vinagre que formaba parte permanente de la permanente dieta de Elena, por más que él le insistiese en que estaba demasiado delgada, que a él no le gustaban las mujeres esqueleto.
A pesar de que alargaba la hora de salida de la oficina, nunca le parecía lo bastante tarde para llegar a casa, así que pronto adquirió el hábito de retrasar la llegada tomando una copa en un bar cerca de la oficina. El hábito aumentó la dosis a dos copas a los pocos meses y un buen día a aquella ceremonia se unió, sin que él lo pretendiera, Clara, la de contabilidad.

Tardes de fútbol

  Siempre se había considerado a sí mismo como un hombre muy sensible. Le gustaban las historias de amor, sobre todo, las de amor incomprend...