sábado, 13 de septiembre de 2014

No te sorprendas, cariño

De camino a casa Patricia se reprochaba, como cada martes y jueves desde hacía más de dos años, su falta de valentía. Trataba de acallar sus propios reproches diciéndose que no quería hacer daño a Raúl o que no estaba segura de no seguir sintiendo algo por él o que su historia con Marcos era sólo una diversión, y lo era, pero eso no cambiaba las cosas, o… Vueltas y más vueltas a lo de siempre, pero ella sabía que lo cierto era que no se atrevía a dar el paso, no quería enfrentarse a la situación, a un Raúl que le reprocharía su marcha y le rogaría que se quedara, que le diría que la quería y que si le dejaba todo terminaría para él. No quería ocuparse de buscar una casa nueva más pequeña y, seguramente, mucho menos lujosa que la actual. No quería enfrentarse a las complicaciones de vivir sola.
Pero odiaba llegar a casa cada martes y jueves y encontrarse la mesa puesta, a Raúl vestido como si fuera una ocasión especial y uno de sus platos favoritos preparado por él mismo <<para compensarte de las horas extra>>. Esos días Raúl estaba más encantador, amable y cariñoso que ningún otro día de la semana y Patricia lo odiaba por ello con toda su alma.
Lo suyo no era una historia de amor. No tenía dudas sobre su matrimonio porque se hubiera enamorado de otro. No. Lo suyo con Marcos era sexo y nada más. Y nada menos. Con él había descubierto otro mundo, hacía y se dejaba hacer cosas que nunca se había atrevido a hacer con Raúl, ni a pedirle que le hiciera él. Pero Marcos tomó la iniciativa desde el primer día y ella vio colmados sus deseos más ocultos. Pero los dos sabían que no había amor y que nunca se plantearían vivir juntos. Marcos había tenido bastante con dos matrimonios rotos y no estaba dispuesto a romper un tercero. Patricia, por su parte, no tenía previsto romper el suyo.
Sin embargo, el tiempo pasaba y las mentiras, las relaciones escondidas, estaban pasando factura y ella pasó de sentirse culpable a sentirse harta. Era el desprecio y el hastío lo que estaba terminando con su matrimonio.
Llegó por fin a su casa y todo sucedió como ya sabía, porque otra de las virtudes de Raúl, que ella odiaba intensamente, era la persistencia.
Pero esa noche Patricia no lo soportó más, se dejó llevar por una ira sorda que crecía desde su estómago hasta su cerebro y cuando quiso darse cuenta estaba diciéndole a Raúl lo que le había ocultado hasta entonces:
—Las tardes de los martes y los jueves que tu te pasas aquí encerrado, preparando una cena especial para mí, yo no estoy trabajando como crees, lo que estoy es con tu amigo Marcos en un hotel follando como locos.
Lo soltó así, de sopetón, sin aviso, a bocajarro. Y añadió fuera de sí y casi gritando:
—¡A ver si te enteras!
Raúl la miró, dejó sobre mesa la botella de cava que se disponía a abrir y casi susurrando le dijo:
—¿Te crees que no lo sabía?
Patricia se quedó mirándolo fijamente, no esperaba esa respuesta.
—Marcos no tardó ni una semana en decirlo en la reunión de la peña —continuó Raúl—. No dio nombres, pero no habría sido más claro si lo hubiera hecho.
Ella seguía mirándolo sin saber si decía la verdad o era la forma en que trataba de minimizar el golpe que acababa de recibir.
—No te sorprendas, cariño —siguió Raúl—. Marcos te follaba a ti y quería joderme a mí. Sinceramente, no sé que le gustaba más.

sábado, 9 de agosto de 2014

Sueños de amor

Tenía la mirada de las mujeres que tienen una historia a sus espaldas. Cuando te acercabas a ella, sus ojos te advertían, con un punto de tristeza, que tuvieras cuidado, pero Felipe creía que las personas podían rehacer su vida, torcer su destino, y por eso se empeñó en conquistarla.
Al principio, Elisa se resistió con todas sus fuerzas. Había sufrido mucho y habían sufrido mucho a su lado y no quería pasar por lo mismo otra vez. Ya no era joven, estaba en un punto indefinido entre los treinta y los cuarenta años que a ella misma ya casi le costaba precisar. y no tenía la seguridad de saber salir adelante un vez más.
Sin embargo, la insistencia de Felipe acabó por derribar las murallas que se habían ido debilitando con su perseverancia llena de ternura, admiración e ingenio.
El día que derribó su última resistencia fue cuando llegó a su casa asomando por el techo de una limusina con un ramo de flores en lo alto de su brazo extendido, remedando a Richard Gere en Pretty Woman.
Al verlo, Elisa se precipitó por la escaleras sin paciencia para esperar el ascensor y a punto estuvo de romperse la cabeza porque las lágrimas no le permitían ver los escalones.
Salió al portal y se echó en brazos de Felipe quien, antes de besarla, le susurró al oído: «creí que nunca llegaría este día».

Durante los catorce meses que duró su idilio, Felipe fue el hombre más feliz del mundo y Elisa nunca había sido tan feliz. Ninguna de sus relaciones había durado tanto tiempo y ningún hombre la había hecho sentir lo que Felipe. Cuando después de siete meses logró quitarse de la cabeza el miedo a que aquella historia terminara como todas y llegó a convencerse de que había esquivado su destino comenzó a vivir cada minuto, cada hora, cada día, como si fuera la protagonista de una historia perfecta y mágica.

Hacía sólo quince días que a Elisa se le encendió de nuevo aquella lucecita de alarma en una parte remota de su cerebro. Estaba sola en casa leyendo con la ventana abierta a una soleada tarde de verano. Quiso seguir leyendo y olvidar aquella alarma, pero no fue capaz de concentrarse de nuevo en la lectura. Cerró el libro y encendió el televisor y fue pasando uno a uno por todos los canales sin apenas detenerse en ninguno. Todo era inútil, la lucecilla seguía encendida en el fondo de su cabeza; casi no podía distinguirla, tenía que esforzarse mucho para comprobar que era, como siempre, como cada una de las otras veces, de un intenso color rojo.
Felipe llegó un par de horas después y ella disimuló su inquietud, su desasosiego, pero casi se le escapó un grito cuando él le propuso ir a cenar a un bonito restaurante al lado del mar.
Trató de disuadirlo, tendrían que coger el coche, él no podría beber y no disfrutaría de la cena si tenía que tomar solo agua. No pudo convencerle. Ya había reservado la mesa, una de las mejores y más solicitadas del restaurante con unas excelentes vistas sobre el Cantábrico. Era julio, el día estaba completamente despejado y podrían contemplar una incomparable puesta de sol mientras cenaban.
Con el corazón encogido y la luz de su cerebro convertida en un potente foco rojo que le advertía del peligro, Elisa tuvo que plegarse a los deseos de Felipe.
Todo transcurrió como Felipe le había anticipado: la puesta de sol les dejó sin aliento y en medio de las suaves sombras del ocaso dejaron transcurrir el tiempo lentamente mientras saboreaban los minutos juntos, abrazados, sin necesidad de decirse nada con palabras.
La alarma de Elisa que se había amortiguado hasta casi desaparecer, surgió de nuevo con mucha más intensidad cuando se levantaron y se dirigieron al coche para regresar a casa. A pesar de lo que había bebido durante la cena y en la sobremesa, Felipe no mostraba ninguna dificultad para conducir, pero Elisa iba sentada a su lado muerta de miedo.

Todo volvió a suceder exactamente igual que las otras veces. Los faros que deslumbraron a Felipe durante solo unas décimas de segundo, las suficientes para que no pudiera ver la cerrada curva a la izquierda. Su coche siguió en línea recta y se despeñó por el acantilado. Y el silencio, el silencio total y completo. Elisa pensó que estaba muerta, aquel silencio no podía significar otra cosa. Pero fue peor que la muerte. Nunca supo cuanto tiempo había transcurrido hasta que comenzó a escuchar los estertores de Felipe. No sabía dónde estaba, no podía moverse, ninguno de sus miembros obedecía a su cerebro, ni siquiera podía girar la cabeza y tampoco podía hablar. Finalmente dejó de sentir los quejidos de Felipe y supo que había muerto.
Aguzando el oído comenzó a sentir los ruidos del tráfico que llegaban muy amortiguados. Después escuchó el sonido de una sirena. El sonido se fue intensificando hasta que, de pronto, dejó de oírse. Elisa se quedó desconcertada, pero al cabo de un rato, comenzó a oír voces a su alrededor. «El hombre está muerto», oyó con claridad. Y a partir de ahí un torbellino de ruidos, palabras, medias frases, personas que susurraban a su lado o que de pronto gritaban sin que ella lograra entender qué decían.

No sabía cuánto tiempo hacía de eso, sólo que, desde entonces, se encontraba tumbada en aquella cama de hospital sin poder mover ni un músculo y enchufada a una máquina que hacía el trabajo que no podían hacer sus pulmones.
Sus días transcurrían en una extraña semiinconsciencia sin saber si era mañana o tarde, si estaba sola o acompañada. No le importaba, casi había llegado a acostumbrarse. Pero nunca se acostumbraría al terror de las noches en las que los sueños se apoderaban de ella. Nunca conseguía vencerlos, luchaba desesperadamente para no pasar de nuevo por todo aquello, pero, finalmente, después de muchas noches de asedio siempre alguno de los hombres que poblaban sus sueños terminaba por vencer su resistencia y volvía a revivir aquella pesadilla interminable.

domingo, 27 de julio de 2014

La metamorfosis

El despertador sonó a la hora de todas las mañanas y Javier se levantó, como siempre, sin darse un segundo de pausa.
Desayunó, se aseó y despidió a sus hijas que, como todos los días, salían corriendo de casa para no llegar tarde al colegio. Terminó de vestirse y se fue caminando al trabajo, media hora andando a buen paso que le servía de coartada para no hacer deporte.
Cerca de la oficina se detuvo a tomar un café y hojear el periódico. Cada vez lo miraba con menos atención: no soportaba leer más escándalos de corrupción y tediosas declaraciones de políticos en los que ya no creía.
Cuando estaba a punto de pagar, su móvil le avisó de que tenía un mensaje de whatsapp: “Está Terminator en la oficina”.
Casi se le cae el móvil de la mano. El mensaje era breve pero inequívoco. Terminator era el nombre que habían adjudicado a encargado de comunicar los despidos.
Javier ya había pasado por algunas fusiones y reestructuraciones de la empresa y siempre se había librado. Pero en esta ocasión no las tenía todas consigo, las ventas de su empresa habían caído en picado en los últimos meses y la crisis les estaba golpeando duramente. Su equipo de ventas tampoco era de los mejores y todos sabían que la empresa estaba reorientando sus esfuerzos hacia el mercado exterior y la venta por internet.
Sin embargo, la crisis duraba tanto y los rumores eran tan constantes que todos habían terminado por acostumbrarse y ya no hacían demasiado caso a lo que se decía. Pero la llegado de Terminator sólo podía significar una cosa: alguien se quedaría sin trabajo.
Javier llegó a la oficina y sus compañeros le señalaron hacia la puerta del despacho del delegado que estaba cerrada y, como se apresuraron a decirle, con éste y el enviado de recursos humanos reunidos.
No habían pasado más de diez minutos cuando hicieron pasar al despacho al primer empleado, el cual, quince minutos más tarde salió de allí con una expresión en la cara que hacía innecesaria la señal que hizo a sus compañeros con el dedo pulgar de su mano derecha señalando hacia el suelo.
Javier tuvo que ver ese mismo gesto otras dos veces antes de que le mandaran pasar al despacho.
Estaba tan aturdido que apenas oyó lo que le decían: porcentajes negativos, decrecimientos, rentabilidad... Cifras, números, datos y más datos hasta que Javier se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo.
—Podéis seguir poniéndome números encima de la mesa un mes entero —les interrumpió—, pero no podréis convencerme de que el despido es culpa mía. Podríais haber tenido la decencia de hablar también de los veinte años que llevo en la empresa, de que he pasado media vida haciendo lo que se me decía aunque no estuviese de acuerdo, acatando órdenes, asumiendo objetivos, cumpliendo las metas; quitando horas a mi familia para asistir a cursos, reuniones, viajes...
Sé que no es culpa vuestra, que obedecéis órdenes, pero hay otra forma de hacer las cosas. Protegerse tras las cifras y los datos es una cobardía. Tratar de hacerme sentir culpable de mi propia ruina es miserable.
Javier abandonó el despacho, se dirigió a su mesa y comenzó a recoger sus cosas. De pronto se detuvo, recordó algo y abandonó al delegación sin hablar con nadie. Veinte minutos más tarde estaba de vuelta. El despacho tenía la puerta cerrada. Preguntó a sus compañeros si Terminator seguía allí y ante su respuesta afirmativa se acercó a la puerta y entró. Todo fue tan rápido que nadie se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo. El delegado intentó levantarse y Javier lo sentó de nuevo dándole un empujón. Javier llegó hasta donde estaba Terminator y con un cuchillo, que nadie supo de dónde había salido, le atravesó el vientre. Después, sin escuchar los gritos ni las palabras de los compañeros que trataban de calmarle, le puso el cuchillo en el cuello, con un voz asombrosamente tranquila y mirándole a los ojos le dijo:
—Sé que no es culpa tuya, pero en la guerra no mueren los generales.
Los ojos de Terminator estaban a punto de salirse de las órbitas, sus manos intentaban inútilmente tapar la herida de su vientre por el que la sangre salía imparable y algo debió de ver en los ojos de Javier porque, con un hilo de voz que sólo éste pudo oír le dijo:
—Por Dios, no me mates... Tengo dos hijos.
—Yo también.
Con un movimiento rápido de la mano que empuñaba el cuchillo, Javier le rebanó el cuello.

Han pasado poco más de cinco años desde entonces. Los hijos de Javier tienen sus vidas y en los dos últimos años apenas le han visitado en un par de ocasiones. María, su esposa, le dejó antes de cumplir su primer año en prisión.

—Lo siento, Javier, pero no puedo seguir viéndote —le dijo en su última visita—. Sé que es culpa mía, pero no puedo mirarte a los ojos, me das miedo.

Durante aquellos años Javier se había convertido en una máquina casi perfecta para acumular rencor y transformarlo en odio y hoy, la primera vez que saldría con permiso de fin de semana, su corazón, su cabeza, su estómago, todo él rebosaba odio. Podía notarlo salir por sus poros cuando pensaba en María y tenía que esforzarse para alejarla de sus pensamientos y evitar que su odio se escapara y redujera la presión que le había mantenido vivo hasta ahora.

En la estación de autobuses de la ciudad, nada más bajarse del autobús que le trajo de vuelta desde la cárcel, Javier buscó una cabina y marcó el número de teléfono de su casa, de lo que había sido su casa. Al tercer tono oyó la voz cantarina de María.

—¿Ya vienes a buscarme?
—Todavía no, ¡zorra! —le respondió Javier—, pero no tardaré en hacerlo.


domingo, 20 de julio de 2014

La graduación

Sus padres le pusieron el nombre como una declaración de intenciones y Víctor escuchó, desde sus primeras horas de vida, mezclados con los arrullos, las esperanzas que tenían depositadas en él. Sería un triunfador: iría a la universidad y saldría de aquel barrio pobre, gris y lleno de mugre en el que ellos se habían criado y se veían obligados a vivir por no haber tenido unos padres que hubieran podido, ni sabido, darles una oportunidad para prosperar.
Luisa y Julio coincidían en su odio por el ambiente tosco y feo que los rodeaba y los dos se evadían de su destino viendo películas que los transportaban a otras vidas que nunca podrían vivir pero que soñaban para su hijo.
Desde muy pequeño, Víctor sufría sus pequeños fracasos infantiles no por lo que suponían para él, sino por el dolor que le causaban a sus padres. Siempre había sentido sobre sí la losa de la responsabilidad que habían cargado a sus espaldas: ser brillante en los estudios, el mejor, el que destacara por encima de todos sus compañeros.
Creció marginado por los chicos de su edad. Sin que él mismo supiera cómo, su comportamiento siempre desentonó de los demás chiquillos y las burlas de éstos y su propia incomodidad lo fueron aislando, mientras sus padres veían orgullosos cómo se mantenía alejado de la mala influencia de los niños del barrio.
Encerrado para estudiar durante el curso y leyendo incansable durante las vacaciones, Víctor siempre tuvo una madurez impropia de su edad. Vivía a través de las películas, que devoraba con la misma avidez que sus padres, y las novelas que le permitían viajar fuera de la atmósfera asfixiante de su hogar.
La universidad le dio la oportunidad de conocer a otras personas, otro mundo. Hizo amigos, comenzó a salir y divertirse, pero sin que ello le impidiese seguir siendo un estudiante brillante y superar los cursos sin dificultad.
Por fin finalizó los estudios. Sus padres estaban orgullosos, veían culminada la labor de su vida. En unos meses se celebraría la ceremonia de graduación y su hijo recibiría el premio al mejor expediente académico. Tenía varias ofertas de trabajo, una de ellas en la propia universidad para un proyecto de investigación. No podían esperar nada mejor.
Llegó el gran día. Los padres de Víctor no comprendieron por qué su hijo no había querido ir con ellos a la facultad, pero la alegría del momento no les permitió hacerse demasiadas preguntas.
Ya en el aula magna su hijo los saludó de lejos, con un gesto ambiguo, apenas esbozado. Ellos, cohibidos, se sentaron entre los demás padres a los que veían conversar con sus hijos, saludar a los amigos de éstos y a otros padres, pero ellos no conocían a nadie.
El acto académico fue largo y pesado y ellos pudieron ver cómo los demás padres también se movían impacientes e incómodos en sus asientos. Cuando por fin finalizó todo, salieron al exterior, su hijo les hizo un gesto vago con la mano mientras charlaba con otros compañeros y saludaba a otros padres. La felicidad de Luisa y Julio había comenzado a empañarse con la deliberada falta de atención de su hijo. Sin saber qué hacer, se mantuvieron en una zona alejada de los corros de padres y alumnos que charlaban animadamente, contemplando aquel mundo que parecía vetado para ellos.
Desde allí, vieron cómo Víctor se marchaba con sus amigos sin acercarse ellos, sin tan siquiera mirarles.
Fue la última vez que lo vieron.

martes, 3 de junio de 2014

Tomando café, de Ernesto Valfer


Veinte relatos breves para leer mientras se disfruta de un pequeño descanso, de un viaje en metro o en autobús. O para leer de un tirón o tomando un café. Saboréalos a tu gusto.
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domingo, 25 de mayo de 2014

La venganza

Encendió el ordenador, abrió Spotify y buscó Nabucco. Reprodujo en primer lugar el coro Va, pensiero, después inició la reproducción de la ópera desde el principio.
Necesitaba crear el ambiente adecuado que le permitiera evocar los momentos pasados en los que la tristeza no existía, estaba desterrada.
Necesitaba que la música le devolviera a cinco o siete años atrás, a la época en la que había sido feliz, cuando su relación con Elisa acababa de comenzar y los dos habían empezado a vivir un mundo nuevo y maravilloso, un mundo que se ponía a su alcance y que nunca antes nadie había podido disfrutar, ni podría hacerlo en un futuro. Ese mundo era suyo, únicamente suyo. Pleno y excluyente. Nadie más cabía en él.
Pero, un mal día, todo se había desmoronado sobre su cabeza y lo había dejado malherido y exangüe.

Llegó a casa a la hora de siempre y se puso a hacer los preparativos para tener la cena dispuesta un hora más tarde, cuando Elisa regresaría de su trabajo. Cuando lo tuvo todo dispuesto, Enrique puso música en el equipo del salón, se sirvió una copa de vino y se dispuso a esperarla leyendo, como hacía casi todas las tardes.
Cuando miró el reloj había pasado una hora y cuarto. Cogió el teléfono móvil y comprobó que no tenía ningún mensaje. Siguió leyendo durante diez minutos más, pero tuvo que dejar el libro porque la tardanza de Elisa empezaba a preocuparle. Cogió el teléfono varias veces para llamarla, pero otras tantas se arrepintió. No quería parecer absorbente. Elisa podría haberse retrasado por muchas razones: trabajo, un encuentro casual, una cerveza con una compañera que necesitaba compartir sus problemas…
Dos horas más tarde decidió que era el momento de llamar. <<Dos horas de retraso son una buena razón>>, se dijo.
Los tonos de llamada se repitieron inútilmente. Elisa no respondió. Enrique empezó moverse entre el enfado y la preocupación. Temía que le hubiera sucedido algo, esperaba que no hubiera sido así, pero, entonces, aparecía el enfado por la falta de noticias, por no haberle avisado de que se retrasaría.
Ya habían pasado casi tres horas cuando su teléfono comenzó a sonar. Lo cogió con tanta precipitación que se le cayó de las manos.
<<¡Mierda!>>, exclamó.
Recogió el teléfono de la alfombra, descolgó y la voz impersonal que le preguntaba si era un familiar de Elisa le hizo presagiar lo peor. Nada más hubo contestado, la voz siguió hablando, pero él apenas supo entender lo que le decía; a su mente sólo llegaban palabras sueltas, sin sentido: accidente, hospital, grave, quirófano, operación, coche…
De alguna manera supo entender el nombre del hospital en el que Elisa, al parecer, se debatía entre la vida y la muerte, pero cuando llegó, tras un interminable viaje de apenas veinte minutos, la lucha había terminado y Elisa había perdido.
Enrique se derrumbó. Se dejó caer en uno de los asientos de la sala de espera en la que se encontraba y con la cabeza entre las manos lloró en silencio hasta que una persona se acercó a él y, después de enseñarle una placa, comenzó a hablar como si él pudiera entender lo que le estaba diciendo: kamikaze, sentido contrario, detenido, joven, ileso… Horas más tarde, ayudado por la medicación que le habían dado en el hospital antes de volver a casa, pudo ir recomponiendo lo que le habían contado.
Un año y medio más tarde, durante el juicio, tuvo ocasión de conocer al conductor que circulaba en sentido contrario por la autopista hasta que chocó frontalmente contra el coche de Elisa.
Era joven, por la forma de hablar y gesticular, tenía una buena educación y vestía con ropa informal de marca. Adujo en su defensa que se había equivocado al tomar la entrada a la autopista y, mirando a Enrique, pidió perdón por todo el daño que había causado.
Los agentes de tráfico explicaron con unos croquis que era casi imposible la equivocación argüida por el joven y el médico forense expuso las cantidades de estupefacientes que encontraron en su sangre tras el accidente.
Enrique oyó con horror la sentencia: siete años. Siete años de mierda por la muerte de Elisa y por dejarlo a él como un fantasma, sin ilusión ni esperanza. Y en ese momento se prometió hacer el trabajo que la justicia no había querido hacer.

Hacía sólo unas horas que había cumplido, por fin, la promesa que había alimentado su existencia durante los últimos años. Pero no se encontraba feliz.Todos esos años había vivido con la creencia de que la muerte del miserable que había matado a Elisa sería para él la liberación definitiva del peso que oprimía su existencia hasta casi no dejarle vivir. Sin embargo, ahora que ya estaba hecho, se sentía profundamente desgraciado. La espera, alimentada por el rencor que se había encargado de conservar y aumentar cada día, no había valido la pena. No sentía la liberación que esperaba. Elisa estaba muerta, su recuerdo empezaba a morir también, por mucho que él se empeñaba en mantenerlo vivo. El hombre que la había matado también estaba muerto y él seguía sin tener ninguna esperanza y, ahora ya, ni siquiera tenía ninguna razón para seguir viviendo.

La llamada a la puerta no le sorprendió, sabía que la policía no tardaría en llegar. Él no se lo había puesto nada difícil: había esperado a que saliera de la cárcel y, casi a las mismas puertas, le había descerrajado cuatro tiros.
Golpearon la puerta de nuevo con insistencia y unos gritos le apremiaron para que abriera. Enrique se levantó y recogió el anorak que había dejado tirado sobre una silla. De uno de los bolsillos interiores sacó la pistola, comprobó que tenía una bala en la recámara y que el seguro estaba quitado. Se sentó de nuevo en el sofá, apuró la copa, apoyó la espalda en el respaldo y puso el cañón de la pistola sobre la sien. Esperó unos segundos. El silencio en esos momentos era completo y él lo rompió apretando el gatillo.

Ernesto Valfer
 

 

sábado, 3 de mayo de 2014

El último verano

Hacía varias semanas que había comenzado a escanear las fotografías antiguas. Era una tarea ingente y que no tenía la seguridad de terminar, no tanto por su volumen, como porque no estaba seguro de que valiera la pena hacerlo, aunque intentaba darse ánimos con la idea de que a sus nietos les haría ilusión que les regalara un dvd con todas las fotografías, en las que podrían ver a sus padres de niños y de jóvenes, antes de que ellos hubieran nacido.
Cogió la siguiente fotografía del montón que tenía a su izquierda, sin mirarla, la puso en el escáner y con el ratón inició la operación. En unos segundos la imagen estaba en la pantalla: el hotel en el que había veraneado con sus padres hasta que cumplió los diez y ocho años.
Sus pensamientos volaron hasta el verano de sus diez y seis años y se encontraron de nuevo con Lucía. Si estuviese viendo la imagen, ésta se habría nublado con las lágrimas que llenaron sus ojos, pero no estaba mirando la pantalla y en su cerebro lo veía todo completamente nítido. 
Lucía lo había deslumbrado con sus hermosos ojos grises, sus dientes perfectos que se mostraban tras la eterna sonrisa que adornaba su cara y la voz dulce con la que, al final de aquel larguísimo verano, le dijo que le quería.
Aurelio nunca llegó a comprender lo que ocurrió después. De regreso en Madrid, la llamó ese mismo día por la noche y se encontró con que el número estaba equivocado. «¡Cómo se podía ser tan tonto!», se reprochó. Decidió esperar un par de días para ver si le llamaba ella. Al tercer día, desesperado y temiendo que ella creyese que él no tenía interés en volver a verla, llamó al hotel. Con la excusa de que tenía que devolverle un libro que le había prestado, convenció al recepcionista para que le diera su número de teléfono, pero éste, después de unos segundos de interminable espera, le dijo que en la ficha de los clientes no constaba ningún número de teléfono.
Las semanas fueron pasando y Aurelio se resignó a no volver a ver a Lucía. Pero, llegó el verano siguiente y regresó de nuevo con sus padres al hotel y también regresó la ilusión de volver a verla. Lo primero que hizo nada más llegar fue preguntar en recepción si estaban alojados los padres de Lucía. Sus esperanzas se desvanecieron cuando el empleado le dijo que no estaban y que ni siquiera tenían reserva.
Los dos meses en el hotel los dedicó a alimentar la tristeza que le producía el recuerdo de Lucía y todos y cada uno de los momentos vividos con ella el año anterior.
Aunque entonces él no lo sabía, ese fue su último verano en aquel hotel y ahora, al recordarlo, pensó que, en realidad, había sido el último verano de su vida.

Ernesto Valfer


Este relato se publicó el 2 de mayo de 2014 en Letras Inquietas
La fotografía fue publicada en Twitter por @BEAUTIFULPlCS: Picturesque. pic.twitter.com/jhmNdfW018)

Tardes de fútbol

  Siempre se había considerado a sí mismo como un hombre muy sensible. Le gustaban las historias de amor, sobre todo, las de amor incomprend...