domingo, 24 de enero de 2010

Sonriendo

Siempre lucía una media sonrisa que aumentaba el aspecto afable de su rostro al que infundía tranquilidad y confianza. Parecía un hombre en el que se podía confiar.

Cuando expresaba alguna opinión especialmente dura de inmediato ampliaba su sonrisa, lo que desconcertaba a sus interlocutores. Por eso, cuando, finalmente, dictaba su cruel sentencia sus víctimas se encontraban por completo indefensas. 

miércoles, 6 de enero de 2010

Noche de Reyes

Se despertó aterido de frío. Los cartones y la ropa raída habían perdido la batalla contra el frío de aquella noche de Reyes en aquel pasadizo que apestaba a orines.

La tarde anterior había estado contemplando la cabalgata y recordando cómo disfrutaban sus hijos en esas ocasiones. No era capaz de recordar cuántos años había ido a verla con ellos y su mujer y no quería recordar cuántos años hacía que no los veía. Podría hacerlo, podría decir exactamente cuántos años, meses, semanas, días, minutos y segundos llevaba sin ellos, sin nadie.
Los gritos de los niños le habían recordado a los suyos ilusionados viendo aquel desfile maravilloso, preludio de la mañana en la que descubrirían si les habían dejado todo lo que habían pedido.

Si era emocionante observarlos nerviosos y excitados en la cabalgata, era aún mejor verlos asombrados, incrédulos y emocionados ante los regalos colocados bajo el árbol.

Pero un año todo se vino abajo de repente. Su empresa se declaró en quiebra y él se quedó sin trabajo. Los ahorros y el paro permitieron ir tirando unos meses, pero no fueron suficientes para impedir que su matrimonio se agrietara hasta llegar a la ruina total. Su mujer le quitó lo único que le quedaba, el amor de sus hijos y, aún no era capaz de explicarse cómo lo hizo, pero durante el proceso de divorcio consiguió mostrarlo como un hombre peligroso para sus hijos. Así que el juez creyó conveniente que los viera sólo una vez al mes y en un punto de encuentros en el que nunca podría estar a solas con ellos.

Esa situación duró apenas un año, hasta que la madre y los niños se trasladaron a Madrid y ya no pudo volver a verlos. Los siguió hasta allí, pero sin dinero y sin trabajo le resultó imposible localizarlos y pronto se convenció de que era mejor no hacerlo. ¿Qué podría ofrecerles? Era un mendigo que comenzaba a ser devorado por la gran ciudad.

Cuando terminó la cabalgata, se acercó al albergue donde sólo pudieron darle un bocadillo porque era ya tarde y no había sitio para pasar la noche. Entró en un supermercado, compró dos litros de vino que ayudarían al sueño a vencer el frío de la noche y la dureza del suelo y se encaminó hacia el pasadizo que le protegería del relente de la noche y le robaría otro trozo de la escasa autoestima que le quedaba.

Terminado el bocadillo, todavía tardó unos minutos en dormirse mientras daba cuenta del vino que le queda, con su cabeza ya empañada por las brumas del alcohol. Antes de dormirse pensó que su mejor regalo de Reyes sería un buen baño y una cama limpia y caliente.

Terminó de despertarlo un pequeño revuelo a su alrededor, varias personas hablaban sin que él pudiera entederles, pero sí pudo ver que algunas tenían uniforme de policía y que al fondo aparecían dos personas con una camilla. El pasadizo era iluminado a ratos por una luz amarilla que pronto descubrió que pertenecía a las luces de la ambulancia en la que estaban metiendo la camilla en la que le habían acomodado sin que pudiera siquiera protestar.

domingo, 27 de diciembre de 2009

Salió a comerse el mundo y nunca más volvió. El mundo también estaba hambriento.

viernes, 25 de diciembre de 2009

Navidad

Hacía tiempo que estaba invitado, pero, como siempre, había esperado hasta el último minuto para comprar los regalos, porque no había estado seguro de aceptar la invitación.

Finalmente se decidió y, de camino a la casa, entró en una tienda y escogió varias cosas para el bebé y también algún obsequio para la madre. Sin darse cuenta se iba llenando de una ilusión poco habitual en él y que le resultaba particularmente placentera.

Cuando llamó a la puerta tenía dibujada en su cara una amplia sonrisa de la que ni él mismo era del todo consciente. No conocía a la persona que le franqueó la entrada, pero ya suponía que la familia estaría muy atareada atendiendo al recién nacido, a la madre y a los demás invitados; por eso no le extrañó y la siguió al interior de la casa intercambiando los comentarios habituales.

Cuando quiso darse cuenta se encontró en una habitación donde varios invitados le instaban a ocupar uno de los asientos libres.

Se sentó rápidamente, tratando de molestar lo menos posible.

- Ya está a punto de llegar - le dijo la persona que estaba a su lado.

- ¿El niño? - preguntó un poco extrañado.

- ¿Qué niño? - le preguntó el otro a su vez.

- Yo he venido a ver a María y José, que acaban de tener un hijo.

Su interlocutor le observó detenidamente con la misma cara que habría puesto de estar viendo a un elefante dando un concierto de piano y, finalmente, se desentendió de él sin molestarse en responder.

De pronto todas las cabezas se giraron hacia la puerta por la que él acababa de entrar y, puestos en pie, comenzaron a aplaudir entusiasmados.

Un hombre de avanzada edad, vestido con un estrambótico traje rojo y con un alarmante sobrepeso estaba entrando en la estancia.

domingo, 9 de noviembre de 2008

España, octava potencia económica del mundo

Salió de casa como cada mañana bien arreglada para dar un pequeño paseo y comprar lo imprescindible para la comida de ese día. A sus ochenta y un años caminaba todavía erguida y sin renunciar por completo a los tacones en sus zapatos. La vejez, pensaba, no está reñida con la elegancia, aunque en su caso sí parecía estarlo con el dinero y por eso el abrigo que llevaba estaba mucho más gastado de lo que le gustaría.

Daría un corto paseo por el parque del barrio aprovechando que a esas horas estaría lleno de viejos, huía siempre de eufemismos para referirse a las personas de sus edad, y por tanto sin los peligros que para ella suponían los chicos con sus juegos, sus balones y sus bicicletas.
Antes de salir de casa había contado el dinero que le quedaba para terminar el mes, aunque no era necesario, porque ya lo había hecho la noche anterior. Había vuelto a dividir la cantidad entre los días que faltaban y volvió a preguntarse cómo se las arreglaría para comer cada día con esa cantidad.

Sabía que los últimos días tendría que retrasar la comida hasta casi la hora de la cena, acostarse temprano sin esta última comida e intentar dormir con la única ayuda del transistor, si las pilas aguantaban, porque no podía incrementar más la factura de la luz poniendo la televisión más de dos o tres horas al día, algo que, en invierno, reservaba para las largas y tediosas tardes.

De regreso a casa entraría al supermercado y compraría algo más de la que podía permitirse, si tenía suerte, en la caja estaría aquella chica tan joven y callada que siempre, siempre, se olvidaba de cobrarle algún artículo. Ella sentía cada vez una gran vergüenza y le habría gustado decirle cuánto le agradecía ese gesto callado y sencillo, pero ni ella se atrevía, ni la chica le daba la oportunidad, pues apenas levantaba los ojos cuando le entregaba el ticket con el cambio y ya enseguida estaba pasando los artículos de la siguiente persona o se escabullía a seguir colocando productos en el interior de la tienda.

Antes de regresar a casa entraría en la iglesia, rezaría por aquella chica que la ayudaba calladamente y agradecería a Dios que la hubiese puesto en aquel lugar para echarle una mano, aunque en ocasiones le reprochaba que era lo menos que podía hacer ya que se había empeñado en llevarse con Él a su marido hacía más de treinta años y después quiso que su hijo encontrara trabajo muy lejos de allí y tuviese una frágil memoria que le había hecho olvidarse de ella hacía ya mucho tiempo.

Entró en el portal, subió lentamente las escaleras hasta el segundo piso y entró en su casa. Dejó la compra en la cocina y fue a sentarse a la pequeña y apenas amueblada salita. Los muebles habían sido los primeros en saber de sus dificultades con el dinero. Sin quitarse el abrigo, porque la temperatura de la casa no recomendaba tantas comodidades, se sentó al lado de la ventana para ojear el periódico gratuito sin tener que encender la bombilla que colgaba tristemente del techo.

Lo desdobló con cuidado y leyó la portada que, a toda página, proclamaba "España, octava economía del mundo, estará en la conferencia mundial".
Echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y dejó caer el periódico descuidadamente a su lado.

Tardes de fútbol

  Siempre se había considerado a sí mismo como un hombre muy sensible. Le gustaban las historias de amor, sobre todo, las de amor incomprend...