Estaba sentado en una de las salas ante un cuadro de gran formato del que no tenía ni idea quien era el autor. Había entrado en el museo para recordar las tardes en las que iba con Alicia. Ella era una apasionada de los museos, sobre todo, los de pintura. Quitando los más famosos, decía, el resto están casi siempre vacíos y puedes disfrutar de las obras como si estuvieras en tu propia casa. Al principio intentó hacerme partícipe de su pasión explicándome técnicas, estilos, un montón de cosas que yo trataba de absorber para estar más cerca de ella, para compartir con ella también esa parte de su vida que me resultaba tan ajena. Pero pronto me di por vencido. Déjame acompañarte en silencio, contemplarte mientras tú contemplas esas obras de arte, le decía. Y ella se acostumbró a que yo la siguiera en silencio, obediente, ajeno a lo que se exponía en aquellos recintos, disfrutando sólo y por completo de la belleza silenciosa de Alicia, cuyo rostro parecía transformarse con la contemplación de aquellas obras. Generalmente, su cara adquiría una luz especial, era como si se contagiara de la belleza que nos rodeaba, sin embargo en ocasiones su semblante mostraba una expresión adusta, de angustia, porque lo que estaba viendo le producía rechazo. Pero, generalmente, las tardes de museo eran tardes tranquilas, sedantes, que terminábamos, casi antes de que anocheciera, en la cama, haciendo el amor de una manera dulce y tranquila como sólo ella sabía hacerlo. Curiosamente, a ella solía gustarle el sexo explosivo, fuerte, justo al límite de la violencia, pero aquellas tardes no, aquellas tardes era como si hiciera el amor con una mujer diferente.
sábado, 13 de octubre de 2018
sábado, 6 de octubre de 2018
Una de esas noches
La rutina había ido construyendo las islas de la convivencia. Al principio la convivencia era un océano de aguas cálidas y transparentes, no había espacio para la intimidad, no la necesitábamos, al contrario, queríamos ser uno, compartirlo todo, ser autárquicos, valernos por y para nosotros. El mundo no existía sin nosotros dos, pero tampoco era posible sin uno de nosotros.
Sin embargo, la corriente del tiempo fue desgastando la superficie, primero, después fue produciendo algunas pequeñas oquedades que ya suponían un cierto deterioro, estético nada más, pero era el comienzo de un daño algo más profundo que amenazaba en alguna medida la estabilidad. Nada serio todavía, pero era conveniente tomar medidas si se quería evitar la ruina del edificio que creíamos tan sólido.
Más adelante se produjeron algunos desprendimientos y fue con esos cascotes con los que empezaron a formarse aquellas islas que, aunque pudiera parecer paradójico, parecían dar estabilidad al edificio. Era como sellar una parte de la bodega del barco que se había inundado y, ante la imposibilidad de tapar la vía de agua, se daba por perdida aquella parte y se aislaba del resto para mantener a flote la nave.
Y al principio funcionó. Era lógico nos decíamos, cada uno necesita su espacio en el que desarrollar su propia personalidad, su sensibilidad, cultivar sus gustos y aficiones.
sábado, 29 de septiembre de 2018
Casi
La casa estaba sola. Ya siempre estaba sola. Volver a casa cada día era como no volver a ninguna parte. Era la soledad completa. No se trataba de estar solo, sino de “ser” solo. En Javier la soledad era una condición, no un estado.
Hubo un tiempo que no había sido así. Fueron los años que transcurrieron desde que Marisa lo rescató de sí mismo y lo hizo llegar a ser, casi, una persona normal, afable, cariñoso, amante y amado. El amor por Marisa o el amor de Marisa o ambas cosas, lo transformó casi por completo. Casi. Esa palabra también formaba parte de su esencia. Javier era casi todo, pero no había terminado de llegar a ser nada.
Estuvo a punto de ser médico, pero tras años derrochando el tiempo y el escaso dinero de sus padres en la facultad de medicina, acabó por cambiarse a enfermería, ATS se decía entonces, y terminó por ser un médico frustrado que nunca llegó a ser un buen ATS.
sábado, 22 de septiembre de 2018
Compañeros
No es lo mismo tener la intuición de que algo puede ir mal a tener la certeza de que algo ya está yendo mal. Y Pedro tenía la seguridad de que algo estaba yendo muy mal, aunque todavía no sabía qué era. Notaba las miradas de los compañeros de trabajo cuando sabían que él no podía verlos, cuando les daba la espalda, cuando iba al baño o a la máquina de café. Sentía en su nuca, en su espalda, las miradas disimuladas con la misma intensidad que si fueran dardos que le lanzaran con moderada fuerza, casi podía sentir el impacto cuando un nuevo par de ojos se posaban sobre él.
sábado, 15 de septiembre de 2018
Vete
La
había conocido una noche en la que el alcohol le hacía sentirse a
él más ingenioso de lo que en realidad era y a ella más audaz de
lo que aparentaba normalmente.
En
su círculo de amigos, Esteban tenía fama de ser buena persona
aunque un poquito soso. Es decir que sería la última persona que
elegiría cualquiera de ellos para irse de fiesta. Y Eloísa tenía,
entre sus amigas, fama de mosquita muerta. Que traducido a su
lenguaje significaba que había que andarse con cuidado con ella
porque las mataba callando.
Aquella
noche el destino quiso que se encontraran cuando el alcohol estaba
presente para ser el catalizador de una reacción inesperada.
domingo, 9 de septiembre de 2018
Sin condiciones
Llegó
a su
casa, se quitó la chaqueta y la corbata y las colgó con cuidado en
el respaldo de una silla. Sacó del frigorífico una buena cantidad
de hielo, tomó una botella de güisqui y un vaso y salió a la
terraza de su ático desde la que se divisaba una excelente vista de
la bahía gijonesa. La tarde era inusualmente cálida aun para estar
a principios del mes de junio y la mar estaba tranquila allí abajo,
mojando perezosa los centímetros de arena seca por los que avanzaba
de nuevo, con tesón incansable, dispuesta a recuperar lo que le
habían arrebatado hacía ya muchos años, sin prisa, tenía todo el
tiempo por delante.
Carlos
miró hacia la ladera de la Providencia, hacia el lugar donde una vez
creyó que se encontraba la casa de Daniela. Desde donde estaba él
ahora era imposible ver nada, si acaso intuir más que ver el
edificio. Por las noches, esperaba, absurdamente, descubrir alguna
luz que le dijera que la casa estaba habitada, que ella volvía a
estar allí, que había vuelto. Era una locura, lo sabía, pero le
daba igual.
martes, 7 de agosto de 2018
Dudas
Encontró el papel cuando buscaba monedas en la cartera de Eva para sacar una Coca Cola de la máquina del chiringuito. Ella había ido al baño y dejó el bolso de playa sobre la silla. La hoja era del tamaño de una cuartilla, estaba doblada sin cuidado y escrita con la inconfundible letra de Eva. Javier la guardó en su propio bolso y no siguió buscando las monedas porque si ella lo veía hacerlo, cuando echase de menos la cuartilla, sabría que habría sido él quien la habría cogido. No sabía por qué le parecía que Eva no habría querido que él leyese el contenido de aquella hoja. ¡Qué tontería!, si ni siquiera sabía lo que decía. Abrió su bolso para sacar la cuartilla y dejarla de nuevo en el de Eva, pero, en ese momento, ella salió por la puerta del restaurante y él ya no tuvo tiempo de hacer nada sin quedar en evidencia.
— ¿Sacamos un refresco de la máquina?
— Sí, pero tienes que darme dinero, que no tengo nada suelto.
Eva rebuscó en su bolso, mientras Javier la observaba con atención, pero no vio ninguna señal de que ella hubiera echado en falta la hoja.
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