sábado, 30 de abril de 2016

¿Cuántas veces?

Terminó de limpiar el cuchillo asegurándose de que no quedara ningún rastro de sangre y lo dejó de nuevo en el cajón de los cubiertos.
-¿Has terminado,cariño?-oyó la voz de su mujer.
Retorció con rabia el paño de cocina con el que se estaba secando las manos, lo arrojó a un rincón, abrió el cajón de los cubiertos, cogió con furia el cuchillo que acababa de dejar en el cajón y se dirigió de nuevo al piso de arriba. Sus hombros parecían hundidos por una pesada e invisible carga.
<<¿Cuántas veces tendría que hacerlo para dejar de oír aquella maldita voz?>>, se iba preguntando.

sábado, 11 de julio de 2015

Fatalidad

Todo empezó a ir mal un día normal, como tantos otros. En el trabajo, a media mañana, su jefe lo llamó a su despacho para decirle que el proyecto en el que había estado trabajando los últimos dos meses casi a tiempo completo había sido descartado por la dirección y, lo que era más importante para su futuro, no les había parecido nada bien que le hubiera dedicado tanto tiempo.
--En realidad dijeron perder –le dijo--, que hubieras perdido tanto tiempo.
A Lucas no le pasó desapercibido que su jefe utilizara siempre la segunda persona del singular, cuando hasta ayer mismo siempre había utilizado la primera del plural para referirse al proyecto.
Salió del despacho con la cabeza dándole vueltas y con una sensación en el estómago a la que no quería llamar miedo, aunque sabía que era eso: miedo, puro miedo.
En cuanto pudo abandonó la oficina y regresó a casa. No tenía ganas de hablar, pero sí de acurrucarse al lado de Elena y que ella le pasara los dedos por las sienes y entre su pelo, como hacía a veces cuando él llegaba a casa agotado por un día de intenso trabajo.
Pero esa tarde Elena estaba poco dispuesta a ser la compañera cariñosa y compresiva y casi nada más atravesar la puerta abrió la caja de los reproches y echó todo su contenido encima de Lucas sin que éste entendiera qué estaba ocurriendo. Casi una hora después acabó por averiguar que se había olvidado, por enésima vez, de que ese día era Santa Elena. Lucas no había felicitado a su esposa y, por supuesto, no había comprado ningún regalo ni tenía preparada ninguna sorpresa.
Pero no todo terminó ahí. Con su tercer güisqui en la mano y tratando de olvidar que se sentía como guiñapo que, seguramente, en pocos días pasaría a ser un anónimo parado más en un país de casi cinco millones de personas sin empleo, se encontraban en el salón mirando al televisor sin prestar ninguna atención al mismo cuando oyó romperse un cristal en la parte de atrás de la casa.
Sus sentidos se pusieron alerta. Se levantó con sigilo tratando de escuchar algún ruido más que le confirmase lo que suponía. Creyó oír algunos susurros y el chasquido de cristales al ser pisados. Antes de salir del salón tomó un candelabro de la mesa del comedor, lo sopesó unos momentos en su mano y decidió que podía ser adecuado para golpear a los intrusos. Caminó pegado a la pared del pasillo, pero sin rozarla, la casa estaba en silencio y el roce de la tela podía ser suficiente para delatar su presencia. Llegó a la puerta de la cocina. Se detuvo a escuchar lo que ocurría al otro lado de la pared. Murmullos, ruido de cristales y pasos de alguien que se movía inseguro por la estancia. Se agachó y se asomó con cuidado. Lo vio en medio de la cocina, agachado, como si buscara algo en el suelo. Se acercó a él lentamente, levantó el candelabro que llevaba en su mano derecha preparándose para descargar toda la furia que tenía acumulada contra el ladrón, qué otra cosa podría ser alguien que se había colado en su casa a medianoche rompiendo el cristal de una ventana.
Estaba ya encima de él cuando éste giró la cabeza e intentó incorporarse. Lucas, asustado, golpeó con el candelabro con todas sus fuerzas. Mientras su brazo descendía cargado de furia oyó la voz de su hijo:
--¡Papá, ¿qué...?
Lucas sintió un ruido sordo y una extraña sensación en su mano cuando el candelabro impactó contra el cráneo de su hijo.

domingo, 1 de marzo de 2015

Caprichos del destino

La vida de Julia discurrió placentera hasta que cumplió los dieciocho años. A partir de entonces todo pareció torcerse sin remedio: no consiguió la nota que necesitaba para estudiar medicina, como siempre había soñado; sus padres no podían pagarle una universidad privada, así que comenzó los estudios de biología sin ningún interés pero con el propósito de terminar cuanto antes, buscar un trabajo y comenzar a disponer de su propia vida.
Pero la vida tenía otros planes y en su segundo año de universidad el chico por el que suspiraba desde hacía un año pareció por fin descubrir que ella también existía.
Comenzaron un idilio que a Julia le llenaba cada minuto de su vida sin dejar resquicio a nada más y a Tomás le llenaba todos los huecos que quedaban entre sus estudios de derecho y sus otros amores de su vida.
La relación duró los tres años que Tomás tardó en cansarse definitivamente de ella y que vino a coincidir, de manera muy conveniente, con la conquista de la hija de uno de los socios del bufete más importante de la ciudad y que tuvo la virtud de convertirlo en un monógamo militante.
La ruptura dejó a Julia hecha un guiñapo. Volvió la vista atrás y descubrió que su relación con Tomás no sólo había acabado con su autoestima, sino que hacía tiempo que había terminado por arruinar  la relación con sus amigas y la había dejado estancada en el segundo curso de carrera con una nada envidiable colección de suspensos.
La paciencia de sus padres tampoco superó la prueba y no le dejaron otra opción que abandonar la universidad y ponerse a buscar la manera de ganarse la vida.


Habían pasado diez años y con treinta y dos se había convertido en una superviviente que pasaba de un trabajo a otro que alternaba con forzosos periodos en los que engrosaba las listas del paro. Camarera, cuidadora de niños o ancianos, cajera de supermercado, vendedora de temporada en grandes almacenes… Cualquier cosa que le permitiera ganar el dinero que necesitaba para pagar los gastos del piso que compartía con otras dos mujeres muy parecidas a ella y llevar una economía de guerra.
Sentimentalmente su vida no era muy diferente, sus relaciones tenían la única finalidad de mantener a raya sus hormonas. Julia no esperaba más ni se permitía ir más lejos. Se conformaba con eso.


Ese verano se presentaba muy halagüeño, la habían contratado para la terraza de moda de la ciudad y estaría empleada hasta finales de septiembre. Tenía un contrato de media jornada, trabajaba diez horas cada día y algunas más los fines de semana y cobraría más de la mitad en negro, pero se sentía contenta, tendría varios meses por delante sin tener que preocuparse por buscar trabajo y ahorraría algo de dinero para los malos tiempos.


Eran las primeras horas de la tarde de un miércoles de junio y Julia combatía a duras penas la somnolencia y el aburrimiento cuando vio llegar a una pareja que parecía salida de una mala película de gangsters. Ella con la falda demasiado corta y demasiado estrecha, una blusa que daba muestras de no poder contener por mucho más tiempo unos generosos pechos que, vistos de cerca, gritaban que eran más falsos que una moneda de cinco euros y unos tacones sobre los que se mantenía erguida a duras penas. Él mostraba un barriga que había ganado la batalla a la cintura del pantalón a la que no le había quedado más remedio que retirarse a posiciones menos exigentes, la camisa desabrochada dejaba ver un cordón de oro y la chaqueta, azul marino de cruzar, había conocido mejores tiempos.
La mujer se dejó caer en uno de los sillones más cercanos a la playa mientras él se dirigía hacia la barra observado por Julia.
Pidió sin mirarla dos gin tonics de Bombay Sapphire y Julia comenzó a preparar las copas sin fijarse en el hombre que la observaba con una sonrisa bobalicona en el rostro mientras pensaba que la camarera tenía un hermoso culo.
Julia le puso las copas delante y le dijo el importe para que abonase la consumición en el momento.
—Ponme un chupito de la misma ginebra —dijo el hombre como si no la hubiera oído.
Ella le puso el chupito y, por primera vez, sus miradas se cruzaron.
—¡Julia! —exclamó Tomás, con la misma expresión que si acabara de ver a un muerto salir de su tumba.
—¡Qué pequeño es el mundo! —acertó a responder ella.
Él la observó durante un buen rato en silencio y después añadió:
—El tiempo no te ha tratado nada mal.
—Siento no poder decir lo mismo —Su voz sonó como un disparo.
—Veo que no me has olvidado —dijo él entre risas.
Apuró de un solo trago el chupito de ginebra y sin esperar a que ella le respondiera cogió las dos copas, se dio media vuelta y por encima de su hombro le dijo:
—Pónmelo en la cuenta, seguro que no será lo último que tomemos.
El estómago de Julia amenazaba con salírsele por la boca. Sus manos temblaban sin que pudiera hacer nada por evitarlo y sintió cómo su camisa se empapaba con el sudor de su espalda.
Tomás y su amiga hablaban casi a gritos y se reían escandalosamente mientras sus manos se aventuraban por terrenos reservados para lugares más íntimos.
Al cabo de un rato él se acercó de nuevo a la barra.
—Ponme otras dos copas, Juli —dijo con voz más alta de lo necesario.
Ella, que había logrado tomar el control casi por completo, sintió una ira sorda y un sudor frío recorrer su espalda al oírse llamar como él solía hacerlo tantos años atrás.
Terminó de preparar las copas bajo la barra para que él no pudiera ver el temblor de sus manos y las dejó en la barra.
—Se te olvida el chupito, tesoro —le dijo con una amplia sonrisa que dejó en evidencia la ausencia de dos premolares.
Nunca pudo explicarse qué fue lo que pasó por su cabeza en aquel momento. Julia cogió la botella que tenía al lado del fregadero, sacó un vaso de chupito del congelador y lo llenó confiando en que, como la otra vez, lo bebiera de un solo trago.
Puso el vaso delante de Tomás. Él la miró divertido.
—Aún tienes un buen polvo —dijo.
Tomó el vaso, lo miró, el corazón de Julia se detuvo y, tras unos segundos interminables, él apuró el líquido de un solo trago.
De inmediato el lavavajillas industrial le abrasó la garganta, el esófago y cayó en su estómago produciendo daños irreparables. Tomás se agarraba el cuello con las manos como si quisiera arrancárselo y sus ojos amenazaban con salirse de las órbitas.
Mientras la mujer que lo acompañaba acudió al oír sus gritos, Julia recogió su bolso que descansaba en la repisa que recorría la pared del fondo de la barra y abandonó el local caminando tranquila y lamentando haber perdido un buen trabajo.




lunes, 15 de diciembre de 2014

Esta noche

Se encerró en su despacho después de cenar. Era una precaución innecesaria puesto que vivía solo y no había peligro de que nadie le interrumpiera. Dejó el vaso de güisqui sobre la mesa, abrió el cajón archivador y buscó al fondo, detrás de las carpetas, sacó la cuerda enrollada y la dejó también sobre la mesa delante de él. En el cajón superior tenía una Biblia, la cogió, pasó las hojas rápidamente ayudándose del dedo pulgar de su mano derecha mientras la sujetaba por el lomo con la mano izquierda. Casi en la mitad exacta del libro encontró la hoja que buscaba, una cuartilla doblada en dos por la mitad. Devolvió la Biblia al cajón, cerró éste con cuidado y a continuación desdobló la cuartilla y la depositó encima de la mesa al lado de la cuerda. Estaba escrita de su puño y letra y exponía de manera cruda las razones que lo habían llevado a dar el paso que iba a dar. La había escrito hacía varias semanas sabiendo que este día llegaría y, al fin, había llegado.
Tomó un trago largo del vaso, cogió la cuerda y se quedó mirándola, pero sin verla, acariciándola sin darse cuenta, mientras sus pensamientos volaban muy lejos.

Estaba en la cumbre del éxito profesional, había llegado muy alto en su empresa y tenía varias ofertas muy interesantes que supondrían un salto definitivo. Su matrimonio funcionaba razonablemente después de treinta años y su  hijo estaba terminando sus estudios de manera brillante, tenía por delante un futuro esperanzador. Pero aquella noche se despertó empapado en sudor, sus ojos estaban abiertos como platos y una pregunta, una única pregunta, ocupaba todo su cerebro hasta la última de sus neuronas: ¿qué estoy haciendo aquí?
No es que no supiera dónde se encontraba. Lo sabía perfectamente: estaba en un lujoso hotel de Hamburgo después de firmar un sustancioso contrato para su empresa y a la mañana siguiente tomaría el avión de regreso a casa. No había perdido la noción del tiempo, no eran esos segundos de desconcierto cuando te despiertas en plena noche y por un momento no sabes dónde estás. No, no era eso. Era una pregunta… No, era la pregunta. Y, sobre todo, era el miedo a no tener una respuesta.

En sus momentos de duda siempre acudía a la seguridad de los suyos: el cariño de su mujer, lo afortunado que se sentía con su hijo. Eran certezas que le hacían sentirse seguro, eran el ancla de respeto de la que tenía que echar mano en ocasiones, cuando, de pronto, se sentía amenazado por vientos demasiado fuertes o cuando la tormenta arreciaba más de la cuenta. Así que trató de buscar el refugio habitual, pero en su interior ni el recuerdo de su mujer, ni el de su hijo le procuraron esta vez la serenidad. Estaba sentado en la cama en medio de la oscuridad, muerto de miedo y temiendo encender la luz convencido de que lo que vería sería todavía peor.
No sabía cuánto tiempo había pasado cuando la alarma de su teléfono móvil le sacó de un extraño sopor y se encontró totalmente tapado con la sábana, incluida la cabeza, en posición fetal y completamente desnudo. No recordaba haberse quitado el pijama, pero estaba claro que lo había hecho en algún momento de la noche.
Se levantó sintiéndose agotado, pero la ducha y, ya en la cafetería del hotel, el desayuno le hicieron sentirse de nuevo el de siempre, sin embargo, en una parte remota del cerebro de Enrique habían anidado la duda y el miedo.

No habló con nadie de lo ocurrido, ni siquiera con Julia, no sabría cómo explicarle lo que le ocurrió aquella noche en el hotel de Hamburgo. Esperaba poder olvidarlo, que el recuerdo fuera desvaneciéndose hasta quedar convertido en un vago recuerdo antes de pasar al olvido definitivo. Sin embargo, nada de eso ocurrió, la alarma seguía encendida en lo más profundo de su mente o puede que de su alma. Era una tenue luz, como una lejana e imprecisa advertencia, durante todo el día, mientras estaba ocupado con los asuntos del trabajo o mientras disfrutaba con Julia del escaso tiempo de ocio que le permitía su trabajo, pero cuando llegaba la noche la luz allí dentro se hacía muy intensa, se ponía en primer plano y el aviso de peligro, aunque no sabía de qué peligro, no sería más real si estuviera paseando por una cornisa a cien metros de altura. Y todas esas señales estaban acompañadas por el insomnio. No había vuelto a dormir seis horas seguidas desde aquella noche.

Dos meses más tarde, empezó a sentir los efectos de la falta de descanso nocturno, el cual se vio agravado porque, para huir de la desazón que le asaltaba en cuanto su mente tenía un segundo de distracción, había optado por volcarse por completo en el trabajo.
Julia se mostraba comprensiva y trataba de convencerle para que acudiera al médico, pues veía alarmada el deterioro físico de Enrique: había adelgazado varios kilos, el pelo se le había vuelto casi completamente blanco, las arrugas habían tomado en su rostro carta de naturaleza y, sobre todo, mostraba una irritabilidad desconocida hasta entonces.
Sin embargo, Enrique no hacía caso y lo achacaba todo a que tenía mucho trabajo y aseguraba a Julia que en pocos meses todo volvería a la normalidad. Pero él sabía que era mentira, que lo del trabajo era una excusa, que muchas veces se quedaba en su despacho repasando informes cuyo contenido conocía a la perfección o preparando proyectos que bien podría hacer alguno de los departamentos de la empresa si estuvieran lo suficientemente avanzados como para que merecieran dedicarles algo de tiempo.

Su matrimonio no resistió la prueba y Julia terminó abandonando su casa, abatida por el sentido de culpa que le producía dejar a Julio solo con sus demonios, pero incapaz de seguir viviendo el infierno en que se había convertido su hogar en los últimos meses.
Su hijo consiguió una beca en una universidad extranjera y se fue con la cara de los presos recién liberados y un vago «ya os llamaré» que a Enrique le sonó a «olvidaros de mí».
La noche del día que Julia le dejó Enrique escribió la carta convencido de que no podría seguir adelante solo, y con el íntimo regocijo de que también se estaba vengando de su mujer por haberlo abandonado. Junto al miedo siempre presente flotaba también la idea de si él habría sido capaz de seguir al lado de Julia en una situación parecida. Y flotando la dejó porque no estaba dispuesto a abandonar el papel de víctima que se había adjudicado.
Cuando terminó de escribir se dio cuenta de que estaba totalmente decidido a terminar con todo, pero que no se había detenido ni un segundo a pensar cómo lo haría.
Al día siguiente compró la cuerda, una vez que hubo decidido cuál sería la mejor forma de hacerlo, y la guardó, como la carta, hasta que llegara el momento.
Había pasado más de un mes desde entonces y cada noche repetía el mismo ritual con el que trataba de ahuyentar los ataques de pánico, así los había denominado el psiquiatra, que le seguían asaltando cuando menos lo esperaba.

Apuró el güisqui que quedaba en su vaso y, al poco tiempo, se quedó dormido con la cabeza apoyada en la mesa.

Despertó tumbado en el suelo, encogido en posición fetal, sudoroso, temblando y muerto de miedo. Cuando fue capaz de incorporarse, se acercó a la mesa, guardó de nuevo la carta dentro de la Biblia y metió la cuerda en el fondo del cajón archivador mientras se decía «esta noche, lo haré esta noche…»

domingo, 30 de noviembre de 2014

Vivir sin ojos

Escogí aquel semáforo porque por allí pasaban muchos coches y nadie más lo había ocupado todavía. Mi idea era hacer juegos malabares cuando el semáforo estuviese cerrado y antes de que volviera a abrirse pedir una limosna a los conductores, como había visto hacer en otras partes de la ciudad. Sólo tenía un problema: no sabía hacer esa clase de juegos. Sin embargo, eso no me detuvo y los primeros días las bolas estaban más tiempo en el suelo que en el aire. Los conductores se reían y me daban algo de dinero. Con el tiempo, y también practicando muchas horas por las noches, conseguí dominar la técnica. Los conductores ya no se reían, pero el dinero no aumentó.
El negocio, por llamarlo de algún modo, no era demasiado lucrativo y con la llegada del mal tiempo todo empeoró: se hizo más penoso practicar aquellos juegos con las manos heladas y, muchos días, bajo la lluvia.
En una de las esquinas de aquella calle había una oficina de seguros y para mí era como el cielo que nunca alcanzaría: no tenía ningún estudio que me permitiera soñar siquiera con la posibilidad de encontrar un trabajo de oficinista y el haber sido arrojado por la corriente de la vida a la orilla donde se quedan abandonados los desechos, seguramente me impediría volver algún día a llevar una vida normal. Pero eso era algo en lo que no quería pensar. Cuando tienes que preocuparte cada día por conseguir el dinero necesario para vivir, el futuro es demasiado incierto como para preocuparse por él.
Con el paso del tiempo fui  conociendo a todos los que trabajaban en aquella oficina y terminé por enamorarme perdida, loca y estúpidamente de una de las tres chicas. Tenía una hermosa melena negra, unos preciosos ojos color miel y una sonrisa que, cuando aparecía en su rostro, era capaz de iluminar toda la calle.
Nunca me hice ninguna ilusión, ella nunca me miraba, era como si fuera invisible para ella, y yo me conformaba con contemplarla del mismo modo que se admira una obra de arte en un museo, disfrutando de su belleza, pero sabiendo que nunca podrá ser tuya.


Una tarde de frío intenso, viento y lluvia abundante que con frecuencia se convertía en granizo, me refugié a la puerta de la oficina tratando de guarecerme de una de aquellas granizadas; sin embargo, el viento azotaba el granizo contra aquella fachada haciendo inútiles mis esfuerzos por buscar algo de abrigo.
La puerta de la oficina se abrió apenas un palmo.
—Entra, no te quedes ahí o pillarás una pulmonía.
Ella me miraba con la lástima asomando a sus ojos y aunque supe reconocer que me estaba ayudando, la conmiseración que vi en su mirada me hizo más daño que todas las mojaduras y fui más consciente que nunca de que pertenecía a la escoria de la sociedad.
Desde entonces, Elena —aquel día pude saber que ese era su nombre— se volvió todavía más inalcanzable y su belleza me resultaba a la vez placentera y terriblemente dolorosa.


La suerte se presentó un mediodía de primavera. Iba en una pequeña furgoneta que se detuvo delante del semáforo. Se llamaba Cristina, tenía el pelo corto en mechones desiguales, alborotado y teñido de un imposible color amarillo. Mientras trataba de mantener las bolas en el aire, la veía con la vista fija en mí y cómo con las dos manos golpeaba nerviosa el volante. Recogí las bolas y me dirigí hacia su coche con la mano extendida, ella bajó la ventanilla.
—¿Puedes hacer eso vestido de payaso? —me preguntó sin ningún preámbulo.
—Si me pagan, puedo hacerlo vestido de buzo, si hace falta —respondí decidido.
—Sube.
—¿Qué…?
El semáforo se abrió y los conductores que esperaban detrás del suyo hicieron sonar el claxon.
—¡Vamos, sube! —repitió, mientras acompañaba sus palabras con un gesto imperioso de su mano derecha.
Las bocinas que protestaban aumentaron en número y urgencia. Mientras yo rodeaba el vehículo, Cristina se estiró para abrir desde dentro la puerta del acompañante.
Nada más entrar en el vehículo ella arrancó bruscamente y cruzó el semáforo en el momento en que se ponía de nuevo rojo.
—¡Ufff! ¡Menos mal! Mira que son impacientes. ¡Por Dios…!
Cristina se presentó y me dijo que tenía una fiesta infantil a las seis de la tarde y que el payaso acababa de dejarla plantada.
—Es lo malo de tener de novio al miembro fundamental de tu negocio —me dijo—. Te arruinas sentimental y económicamente de una misma tacada.
Me dijo el precio que me pagaría por estar tres horas «haciendo el payaso ante una pandilla de niños malcriados que te harán todas las perrerías que se te ocurran y algunas que nunca se te ocurrirían salvo que fueras un sádico diplomado».
—Mi situación no me permite elegir —le dije.


Me llevó a un pequeño local lleno de las cosas más diversas que había visto nunca: calabazas de plástico semejando rostros monstruosos, una rueda con pedales como las que utilizan los equilibristas, sombreros de todas clases, cajas abiertas y cerradas de diversos tamaños… Y todo ello en completo desorden, por el suelo, en una pequeña estantería que amenazaba con derrumbarse en cualquier momento y en una mesa de oficina que no tenía ni un sólo centímetro de su tablero al descubierto.
Rebuscó en un armario que había en una esquina y sacó un traje de payaso, incluidos dos enormes zapatos y un sombrero que completaban el conjunto.
—Toma, póntelo —me dijo.
Recorrí el local con la mirada buscando un lugar para cambiarme.
—Vamos, cámbiate, estoy como para fijarme en nada, salvo que lo que te cuelgue sea de oro… —se interrumpió un momento para añadir de inmediato—. No lo es, ¿verdad? Pues eso.
Me cambié mientras ella seguía recogiendo cosas aquí y allá que iba metiendo en unas cajas que había junto a la puerta.
—Ya está —llamé su atención  a la vez que mostraba mis brazos estirados para que pudiera ver que aquel traje era dos o tres tallas más grandes que la mía.
Se detuvo, me contempló durante unos segundos y después estalló en una sonora carcajada. Cuando terminó de reír, me dijo:
—Dóblate las mangas lo justo para poder hacer tus juegos. Vas a ser la bomba. Ya verás.


La fiesta no salió nada mal. Los niños se divirtieron y yo descubrí que era mejor improvisando monerías que haciendo malabarismos. Cristina quedó encantada y me dio más dinero del acordado: «lo que sobra, por salvarme la vida», dijo a modo de explicación.
A partir de ese día siempre que tenía una fiesta me llamaba, el negocio fue prosperando y Cristina tenía que llamarme cada vez con más frecuencia.
Un buen día me encontré con que ya no era necesario que siguiera pidiendo en los semáforos. Hacía tiempo que había dejado de dormir en albergues, porque Cristina, cuando vio que podía confiar en mí, dejó que acomodara un camastro en su local con la condición de que lo mantuviera limpio y ordenado. Lo primero no era difícil, pero lo segundo resultaba una tarea ímproba después de que Cristina pasara por allí, así que pronto llegué al acuerdo con ella de que me daría una lista con lo que necesitaba y yo me encargaría de preparárselo. De esa forma no me costaba apenas esfuerzo mantener aquel pequeño cuarto bien ordenado.


Salí por la mañana sin las bolas y caminé tranquilamente hasta mi semáforo. Me apoyé en la fachada enfrente de la oficina y me quedé varias horas viendo pasar a la gente por el paso de peatones y mirando entrar y salir a los clientes de la oficina, hasta que, a media mañana, Elena salió a la hora habitual a tomar un café. Esperé un par de minutos y fui a la cafetería en la que sabía que desayunaba. Me acodé en la barra, pedí un café y embelesado contemplé a Elena mientras tomaba su café y leía el periódico.
Cuando terminó, pasó por mi lado para salir de la cafetería como si yo no estuviera allí.
—¿Qué pasa, te ha tocado la lotería, que llevas aquí media mañana? —me preguntó la camarera.
—He dejado la calle... tengo trabajo —le dije, tratando de disimular la satisfacción que sentía.
—¡Vaya, hombre, me alegro mucho!
Puse sobre la barra varias monedas para pagar el café.
—Deja, te invito —dijo, acercando hacia mi las monedas—. Para celebrarlo —añadió.
Me di la vuelta y me fui sin recoger el dinero. No fue por orgullo, la vida me había quitado todo el que pudiera haber tenido hacía ya mucho tiempo, sino porque había tomado allí cientos de cafés, sobre todo en los días más duros de invierno, cuando las manos ateridas se negaban a obedecerme y no podía seguir manejando la bolas, y nunca me había invitado. Hasta hoy, cuando ya no lo necesitaba.
No volví a la cafetería en muchos meses y evitaba pasar cerca de aquel semáforo si no era por completo imprescindible. Me resultaba doloroso el recuerdo de la inalcanzable Elena; pero no la olvidaba, seguía pensando en ella, seguía siendo el amor de mi vida.


Nuestro pequeño negocio continuó mejorando y yo con él. Me trasladé a vivir a un pequeño apartamento y convencí a Cristina de que sería una buena idea poner una tienda de artículos de fiesta en el local que utilizábamos solo como almacén.
La idea resultó mejor incluso de lo que yo había imaginado y unos meses después Cristina, en uno de sus habituales gestos de generosidad, decidió hacerme socio del negocio. «Eres una pieza fundamental del espectáculo y de la tienda y, además, ésta ha sido idea tuya, así que a partir de ahora serás mi socio. Minoritario, ¡eh!, cuidado, que la jefa seguiré siendo yo». No quiso volver a hablar del tema y a partir de ese día me convertí en su socio.
Un buen día me encontré hablando con Cristina de qué coche me iba a comprar y, de pronto, recordé que tendría que asegurarlo y, de inmediato, decidí que lo haría en la oficina de seguros de mi semáforo.
Iría a la oficina como cliente, a asegurar un coche, no haría falta explicar nada para que todos se dieran cuenta del cambio que había experimentado mi vida, de que ahora era como ellos, que había logrado salir de la miseria. Pero lo más importante de todo era la posibilidad de ver de nuevo a Elena, de demostrarle que ya no era el pobre del semáforo.
Durante los días anteriores aburrí a Cristina haciéndola confidente de mis planes, pidiéndole consejo para saber cómo sería la mejor forma de acercarme a Elena, y después de planear una y otra vez todo lo que haría me presenté en la oficina nervioso como un adolescente en su primera cita.
Entré y nadie pareció reconocerme. Todos estaban atareados escribiendo o consultando sus ordenadores o atendiendo a otros clientes.
Cuando llevaba esperando un buen rato, Elena reparó en mí y ella sí me reconoció. Cuando le dije que quería asegurar un coche se levantó de su mesa y me acompañó a otra parte de la oficina. «Aquí estaremos más tranquilos», me dijo, y yo creí que me moriría en aquel mismo momento.
Mientras me iba pidiendo todos los datos necesarios para hacer la póliza se fue interesando por mi nueva situación y mostrándose encantada de que me hubieran ido tan bien las cosas. Cuando terminó, les dijo a algunos de sus compañeros quién era yo y en la oficina se armó un pequeño revuelo y por unos momentos me convertí en el protagonista.
Pasados unos minutos todos volvieron a sus tareas y yo tuve por fin que enfrentarme al momento que tanto había esperado y temido. Sin embargo, lo hice confiado porque el comportamiento de Elena me había dado a entender que todo iba salir como había pensado.
—¿Quieres tomar un café? —le dije.
Me miró y vi en sus ojos cómo la sorpresa se convertía en un gesto de incredulidad que no habría sido mayor si la hubiera invitado a atracar un banco.
—Es que… —comenzó a decir después de unos segundos eternos—, es que ya he salido esta mañana y… y no puedo volver a hacerlo.
Sabía que me estaba mintiendo porque yo había pasado la última hora y media en la cafetería a la que ella iba cada día.
—Vaya, qué pena —dije, evitando dejar traslucir que sabía que había mentido.
Vi el alivio en sus ojos al ver que yo me batía en retirada y aunque me apetecía salir de allí corriendo le dije:
—¿Otro día quizás?
—Sí… eso, otro día —dijo Elena de nuevo a la defensiva.
—A lo mejor vengo mañana —añadí, a pesar de que ya había decidido que nunca más volvería por allí.


Llegué a nuestra tienda con el corazón destrozado y ni siquiera me fijé en Cristina, quien no necesitó preguntarme nada porque llevaba todas las respuestas escritas en mi cara.
Sin hablar con ella, me metí en la trastienda a lamerme las heridas.

Tuvieron que pasar muchos años para que supiera que aquella mañana fue una de las peores de la vida de Cristina. Primero en la tienda, temiendo al mismo tiempo que Elena me partiera el alma y que no lo hiciera y después, viéndome aparecer por la puerta con la expresión de alguien a quien acaban de romperle el corazón. Fue muchos años después, cuando Cristina me lo dijo, cuando supe que había malgastado mi vida y la suya.



domingo, 9 de noviembre de 2014

Otro lunes

Tenía treinta y dos años y, por primera vez, tenía una cita. Había pasado los dos últimos meses en un estado que iba de la euforia al desánimo, de la ilusión al miedo al fracaso, de la esperanza al temor a sufrir un desengaño, pero el asedio al que la había sometido Julio fue derribando una por una todas sus defensas y, por fin, la tarde anterior habían quedado en ir cenar el sábado por la noche.
Ya había visto pasar dos autobuses por la parada en la que se encontraba esperando a que Julio pasara a recogerla y el temor empezaba a ganar terreno a la ilusión.
—Ve a la parada que hay frente al cine Capitol, yo pasaré por allí con mi coche y me ofreceré a llevarte a casa —le dijo Julio—. A nadie le extrañará que recoja a una compañera de trabajo para acercarla a su casa.
A Elena aquella estratagema le pareció un poco infantil, pero pensó que Julio necesitaba tener preparada alguna coartada si alguien le iba con el cuento a su mujer.
Miró su reloj y los diez minutos de retraso hicieron que un oscuro presentimiento ensombreciera por un momento su ilusión. Las dudas se disiparon por completo cuando el coche de Julio se detuvo delante de ella. Sin bajarse del coche abrió la puerta del acompañante y se dirigió a Elena:
—Si vas para casa te acerco.
—¡Vale! —respondió ella alegre, al tiempo que se subía al coche.

En el restaurante, la animada conversación de Julio, salpicada por continuas alusiones a su belleza y por lo feliz que se sentía a su lado, había llevado a Elena a un estado de plenitud que nunca había sentido.
La cena transcurrió entre confidencias, anécdotas que Julio iba introduciendo en los momentos en los que la conversación corría peligro de estancarse o deslizarse hacia asuntos demasiado serios.
Después de los postres, una copa compartida unida al vino de la cena hizo que Julio se mostrara más audaz y sus halagos dieron paso a sutiles insinuaciones que hacían que Elena se sintiera deseada y, sobre todo, la hacían a ella misma desear a Julio como nunca había deseado a ningún hombre.
La excitación que recorría todo su cuerpo al llegar a su rostro encendía sus mejillas hasta ponerlas al borde de la inflamación y por primera vez entendió cómo podría producirse una combustión espontánea.
Por fin, oyó a Julio decir lo que ella estaba deseando desde hacía un buen rato:
—Un amigo me ha dejado las llaves de una casa rural que tiene a un par de kilómetros de aquí… —dudó un momento, antes de añadir— ¿Crees que voy muy deprisa?
—Si no aceleras un poco, me muero —se oyó decir Elena, asombrada de su propia audacia.

Entraron en la casa mientras se besaban y abrazaban llenos de urgencia. Julio la condujo casi en volandas hasta el salón y allí fueron desnudándose el uno al otro al tiempo que besaban cada una de las partes del otro que iban dejando al descubierto.
Tras intentar sin éxito quitarle el pantalón, Julio se apartó un poco de Elena.
—Es mejor que te lo quites tú —dijo, mientras terminaba de quitarse sus propios pantalones—. Yo soy demasiado torpe.
Elena se desprendió de los pantalones mientras observaba a Julio sin atreverse siquiera a pestañear. El rostro de éste no dejó traslucir ninguna muestra de aversión al contemplarla desnuda, al ver su pierna izquierda, deforme, algo atrofiada y causante de su inevitable cojera.
El alivio que sintió Elena se transformó enseguida en agradecimiento y éste multiplicó, si ello era posible, el deseo que sentía por Julio.
—Te deseo —le dijo Julio, todavía de pie ante ella, que seguía tumbada en el sofá, esperándole.

Aquel lunes Elena llegó a la oficina con la ilusión asomándole a los ojos y una sonrisa iluminando su rostro. Sin embargo, pronto la mañana empezó a discurrir de una manera imprevista. Julio la saludó de lejos, con un vago gesto y apenas una sonrisa. Era la primera vez en meses que no se acercaba a su mesa nada más verla para decirle unas frases amables sobre lo bien que le sentaba la blusa o lo guapa que la veía con aquel peinado.
—Es el de siempre —le decía Elena divertida.
—A mí, cada día me pareces hermosamente diferente.
Pero ese lunes la esquivó durante toda la mañana y ella no pudo decirle cuánto lo había echado de menos durante el domingo, no pudo contarle que se había acostado más pronto que nunca para que el lunes llegara más rápido, pero que tardó mucho en conciliar el sueño desvelada recordando sus besos, sus caricias, reviviendo la noche del sábado.
El estado de ánimo de Elena había ido pasando por diferentes estados hasta que, al final de la mañana, el puño del miedo a sentirse víctima de una burla la aprisionaba de tal forma que casi le impedía respirar.
Cuando llegó la hora de la comida, hizo acopio del escaso ánimo que le quedaba, cogió el tupper con la ensalada que tenía en el cajón inferior de su mesa y se dirigió al comedor que había en la planta de arriba.
Una vez allí, empujó levemente la puerta; las carcajadas de los hombres que llegaron hasta ella desde dentro la hicieron detenerse, y de pronto oyó como uno de ellos, conteniendo apenas la risa, decía:
—¡No me digas que te has tirado a la coja!

domingo, 26 de octubre de 2014

Tomando café, libro de relatos

En este mismo blog puedes leer el relato Calles siquiendo este enlace. Es uno de los veinte relatos que contiene el libro Tomando Café, el cual se puede adquirir en formato kindle en Amazon y en formato ePub en Google Play

Tardes de fútbol

  Siempre se había considerado a sí mismo como un hombre muy sensible. Le gustaban las historias de amor, sobre todo, las de amor incomprend...