jueves, 20 de marzo de 2014

El año que fue martes, de Ernesto Valfer

Sinopsis

Juan, viudo y recién jubilado, con sus tres hijos ya adultos y con vidas propias en el extranjero, se encuentra solo y decide regresar a Gijón: la ciudad que le vio nacer y donde pasó su infancia, su adolescencia y los primeros años de su juventud. Volver a pisar los mismos lugares y su reencuentro con Laura, su primer amor, despiertan en ambos sus recuerdos más lejanos; repasan lo que ha sido su vida, con sus logros y sus errores, y se replantean su presente.
Otra sombra del pasado, Andrés, el exmarido de Laura, otro amigo de la infancia, también ha decidido volver tras largos años de ausencia.
Una novela intimista que nos recuerda que la vida no es un camino recto, sino un sendero lleno de encrucijadas, que nos hacen detenernos y nos obligan a elegir alguna de las direcciones, llevados por las circunstancias o por nuestra propia voluntad, sin que, en muchas ocasiones, nos demos cuenta de que esos cambios de rumbo van forjando, para bien o para mal, nuestro destino y, también, el de las personas que nos rodean.

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domingo, 2 de marzo de 2014

Hasta que la muerte nos separe, de Manuel Pérez Recio

Hasta que la muerte nos separe es un libro de relatos de Manuel Pérez Recio que tienen como tema común la muerte.
Los relatos están escritos con un estilo ágil y directo. Son relatos breves que no dan concesiones a la distracción ni a las florituras.
Algunos tienen planteamientos inquietantes, la mayoría dejan un final sugerente, abierto a la imaginación del lector. Y, a pesar del tema que tratan, no caen en el morbo ni en el trazo grueso.
Quien quiera disfrutar de unas horas de lectura entretenida y de calidad, este libro no le defraudará.
El blog del autor es La delgada línea negra, aquí puedes encontrar opiniones de otros lectores y los enlaces a la librerías donde puedes adquirirlo, tanto en papel como en formato digital.

viernes, 21 de febrero de 2014

La mínima pendiente

La vida de César discurrió siempre por la línea de menor pendiente. En el colegio podría haber sido un estudiante brillante, pero no quiso hacer el pequeño esfuerzo suplementario que habría necesitado para ello.
Cuando tenía dieciséis años se hizo novio de Inés, una amiga de su hermana que se lo propuso, aunque él estaba perdidamente enamorado de la hermana de su amigo Luis.
Siempre quiso ser médico, pero, llegado el momento, se matriculó en la diplomatura de empresariales porque su padre le dijo que era lo más conveniente para cuando le llegara el tiempo de hacerse cargo de la empresa familiar.
Se casó con Inés cuando ella lo decidió y tuvo un único hijo. Él quería una familia numerosa, pero su esposa no era de la misma opinión, por lo que impuso su voluntad en eso y todas las cosas importantes, y no tanto, de su vida en común.
A los treinta y cinco años recibió, junto con su hermana, el testigo de la empresa de manos de sus padres quienes decidieron establecerse en Marbella para disfrutar de los años dorados que les quedaban por delante. César tenía claro por dónde debía discurrir la empresa, pero, incapaz de enfrentarse con su hermana, que prefería mantener el negocio por los caminos trillados que había seguido su padre, se resignó a ver languidecer la empresa familiar hasta que una multinacional se la compró por el precio que valían la nave y los terrenos donde estaba instalada.
Tenía conocimientos y experiencia suficientes para emprender nuevas empresas, pero le faltó el arrojo necesario y, con apenas cincuenta años, prefirió vivir como un jubilado.

Nada más despedir a su único hijo en el aeropuerto, donde tomaría el avión que le llevaría a Holanda, para incorporarse a su primer trabajo, su esposa le dijo que no regresaría a casa con él. Luis, su amigo del alma, apareció entre los dos sin que César hubiera acertado a saber de dónde había salido, pasó un brazo por encima de los hombros de Inés, miró a César, se encogió de hombros y le dijo: «es lo que hay». César se quedó paralizado viéndolos alejarse y sin atreverse a salir tras ellos y partirles la cabeza, que era lo que estaba deseando hacer.

No podía identificar las voces que se colaban en su sueño y sus párpados le resultaban tan pesados que César era incapaz de abrirlos para averiguar dónde se encontraba. Las palabras deslabazadas empezaron a unirse en cortas frases sin sentido para él. «¡Rápido, sutura!». «Aspirador». «Se nos va». «¡Pinzas!». Las voces sonaban apremiantes y terminaron por alarmar a César hasta que, con un gran esfuerzo, logró abrir los ojos.
«¡Rápido! ¡Se está despertando!». «¡Un minuto! ¡necesito un minuto más!».
Varias personas vestidas de verde se afanaban sobre su cuerpo y César comprendió por fin dónde se encontraba.
<<¡Sigue sin reaccionar!>>. <<¡Fuera!>>.
Con cada descarga del desfibrilador sentía como si alguien lo zarandeara tratando de hacerlo reaccionar, pero se sentía demasiado bien en aquel estado de inconsciencia. Dejó que sus ojos se cerraran y permitió que un dulce sopor se apoderara de su cuerpo.
Las voces llegaban hasta él cada vez más amortiguadas y por fin un lejano y agudo pitido silenció todos los demás sonidos.

sábado, 11 de enero de 2014

La sonrisa

Hacía más de quince años que no sonreía. Desde que había visto el vídeo de su actuación en aquel programa que daba una oportunidad a pequeñas estrellas, caracterizada como Rocío Jurado, decidió no volver a sonreír, convencida de que su sonrisa le daba a su rostro un aspecto desagradable.
Pero ahora, al lado de Jorge, quien siempre había utilizado para ligar su facilidad para hacer reír, estaba a punto de faltar a su promesa, que no había roto ni siquiera estando sola, convencida de que la parte más importante de su éxito era una autodisciplina férrea.
Si de verdad me quieres, sonríeme. No hay nada que valore más que una sonrisa —le decía Jorge cariñoso, mientras la abrazaba con ternura.
Si lo hago, quizás no te guste, quizás me veas fea —respondía Laura, ya casi vencida.
Nada tuyo puede parecerme feo —insistía él –.Te adoro.
Laura claudicó hace cuatro meses, los mismos que lleva Jorge sin dar señales de vida.

sábado, 4 de enero de 2014

Noche de Reyes

Desperté. La habitación estaba completamente a oscuras. Miré el radio reloj de la mesita, sus dígitos rojos marcaban las tres y treinta y tres.
Oí un ruido sofocado al final del pasillo y, de inmediato, un «sshhhh» que pedía cuidado. Me quedé atento, con los ojos muy abiertos. En la oscuridad casi total de la habitación comenzaba a distinguir algunas siluetas de los muebles bien conocidos: el armario, la cómoda, la lámpara colgada del techo… La lámpara. Pensé encender la luz, pero de inmediato una alarma en mi cerebro me aconsejó no hacerlo. Si se habían colado extraños en la casa sería mejor no advertirles que los había descubierto.
De nuevo oí ruidos, parecían corresponder a roces de telas y a pasos apresurados que se mueven con sigilo. Ahora ya estaba seguro de que había extraños en casa. Busqué con la mirada el teléfono móvil en la mesita. El radio reloj seguía marcando las tres y treinta y tres, pero no reparé en ello, en aquel momento era prioritario alcanzar el teléfono y llamar a la policía. El piso era pequeño y aunque los intrusos fuesen recorriendo todas las habitaciones de la casa, no tardarían en llegar hasta la mía
Cogí el teléfono, me metí bajo las sábanas para que no se viese el brillo de la pantalla ni se oyera el sonido de las teclas al marcar y tecleé el 091. Pulsé la tecla de llamada, pero el teléfono no reaccionó. Pulsé de nuevo la tecla con el mismo resultado. «¡Mierda! ¡Joder!». Borré el número marcado y a continuación lo intenté con el 112, pero el teléfono seguía negándose a llamar. Apagué la pantalla, me destapé con cuidado para no hacer ruido y dejé el teléfono al lado del radio reloj que, tercamente, seguía mostrando los mismos tres dígitos: las tres y treinta y tres.
De pronto, tomé una decisión. Arreglé la cama superficialmente para que pareciera que nadie había estado acostado en ella y después me metí bajo la misma. Esperaba que cuando los ladrones, ya estaba seguro de que se trataba de eso,  llegaran a mi habitación se limitarían a rebuscar en el armario y los cajones, pero no mirarían bajo la cama.
Tardé unos minutos en calmarme y cuando dejé de oír mi propia respiración puse toda la atención en detectar nuevos sonidos que me dieran una pista de dónde podían encontrarse los intrusos. El silencio era completo.

Desperté. Abrí los ojos. Seguía tumbado en el suelo bajo la cama y tenía el cuerpo entumecido. La oscuridad seguía siendo total y nada me indicaba el tiempo que había estado durmiendo, aunque suponía que habrían sido  solo unos segundos. Escuché atentamente, pero seguía sin oírse ningún ruido.
Salí con cuidado de debajo de la cama. En la mesita el reloj señalaba invariable las tres y treinta y tres. Me acerqué sigilosamente hasta la puerta de la habitación que se encontraba etreabierta. Sin tocarla, me asomé con cuidado al pasillo. Al final de este se veía un resplandor que salía por la puerta del salón. «El árbol», pensé. «He dejado encendidas las luces del árbol». Esperé todavía un rato más, mirando desde la puerta sin traspasarla por completo. El resplandor al final del pasillo iba cambiando conforme cambiaban los juegos de luces, pero no se veía ni se oía nada extraño.
Me armé de valor, salí de la habitación y fui recorriendo el pasillo entrando en cada una de las habitaciones, encendiendo la luz y comprobando, incluso bajo las camas, que no había nadie. Llegué al salón, las dos puertas estaban abiertas de par en par, lo cual era muy extraño, pues yo nunca abría las dos hojas; las luces del árbol se encendían y apagaban. Encima de la mesa había una hoja de papel de tamaño folio. Me acerqué, el papel estaba escrito a mano con letra grande y hermosa… con la hermosa letra de Elena.

Esta noche haría cincuenta años que estamos juntos y no podía dejar de decirte que te sigo queriendo como el primer día. Como ya no estoy junto a ti para decírtelo, les he pedido a los Reyes Magos que te dejaran este mensaje mío como regalo.
Te quiero.
Elena

El papel temblaba en mi mano. Mis lágrimas comenzaron a caer sobre él y al resbalar iban formando surcos coloreados por la tinta.
No sé el tiempo que estuve así, pero cuando quise darme cuenta el papel estaba empapado y las letras totalmente emborronadas e ilegibles.
Lo deposité con cuidado sobre la mesa. Regresé a la habitación para ponerme algo de abrigo sobre el pijama porque me había quedado helado. Cambié de opinión y me metí en la cama. Antes de cerrar los ojos miré el radio reloj, sus dígitos seguían inalterables en las tres y treinta y tres.
«Yo también te sigo queriendo, Elena. Por eso no quise pasar esta noche lejos de ti».

martes, 3 de diciembre de 2013

El huésped

El colmo de la originalidad consistía para ella en salir a la calle con un vestido de gasa transparente, que dejaba ver una preciosa ropa interior de encaje y que hacía algo más que insinuar sus sugerentes encantos, un larguísimo foulard de la misma tela que el vestido rodeando su hermoso y largo cuello y una enorme pamela a juego rematando el conjunto como podría haberlo hecho con idéntica majestuosidad una corona real.
Lo hacía no muy a menudo, una vez al mes o incluso con menos frecuencia y su único fin era el placer que sentía al ver las caras de las personas que se cruzaban con ella por la calle. Caras de asombro, de deseo, de censura, de escándalo… Por eso no podía prodigarse, porque si se acostumbraran a verla nadie le prestaría ninguna atención.
Cuando no se dedicaba a esta inocua actividad, o sea, casi siempre, se dedicaba a trabajos de diferente índole y que tenían en común la escasa valoración social y la inexistente estabilidad: cuidaba ancianos, niños, limpiaba casas, servía banquetes o limpiaba piscinas. Todo era bueno para poder pagar la luz, el teléfono y comer sin grandes lujos.
No tenía grandes necesidades, nadie dependía de ella y vivía en un piso grande y viejo heredado de su madre y que había ido vaciando de mobiliario en las épocas malas en las que el trabajo escaseaba más de la cuenta.
Cuando ya sólo le quedó una habitación medianamente amueblada y un colchón sin cama en la que descansar tuvo que decidir entre vender esos restos o resignarse a lo que siempre se había resistido: alquilar una habitación y compartir la casa con un extraño.
Su sentido práctico triunfó por una vez y decidió poner una anuncio en el corcho del supermercado entre los de se dan clases particulares, se cuidan niños, se vende coche de bebé…
Su pragmatismo no había llegado a matizar que el huésped debería ser de sexo femenino y el destino llevó ante su puerta a un señor maduro, bien vestido, de modales exquisitos y con un decadente olor a Varón Dandy que le hizo irresistible a los ojos de Elena. Así que no lo pensó dos veces y, cuando se dio cuenta, le estaba vendiendo las excelencias de la casa y de ella misma como compañía.
Baltasar se mostró encantado con la habitación, no dio muestras de haber reparado en el extraño vacío del resto de estancias y se instaló aquella misma tarde llevando como todo equipaje un extraño maletín que justificó ante la mirada interrogadora de Elena con un escueto: en alguna vida fui médico.

Los golpes sonaron con urgencia al golpear la puerta de la entrada, pero él continuó limpiando los instrumentos y depositándolos con cuidado en el maletín. Oyó el estruendo de la puerta al romperse cuando la reventaron para entrar y los pasos apresurados recorriendo la casa.
Cuando entraron en el baño tenía en la mano un bisturí manchado de sangre, el guardia civil hizo un gesto perentorio con la mano, y Baltasar supo que hasta allí había llegado.

lunes, 26 de noviembre de 2012

El supermercado


Llegamos a un tiempo al pasillo de la leche y nos acercamos a la vez a la misma marca y al mismo tipo: desnatada. Mientras él intentaba sacar un envase de uno de los paquetes de seis yo cogí un paquete y lo deposité en mi carro.



— Los “singles” nos arreglamos con muy poco —me dijo.



— Nosotros no somos “singles”, somos demasiados —respondí con humor.



Ante la broma, él, por alguna razón, se sintió obligado a añadir:



— Pero no es por gusto —y me mostró su dedo anular de la mano derecha en el que llevaba dos alianzas.



Comprendí de inmediato lo que me estaba diciendo aquel ocasional compañero de compras.



— Vaya, lo siento —dije, algo azorado —. Eso es peor.



— Son cosas de la vida —respondió, con una triste expresión en el rostro que desmentía la resignación que aparentaban sus palabras.



Y continuó hablando mientras yo, incómodo, sin saber qué decir, le escuchaba intentando mostrar un interés que estaba lejos de sentir.



— Nos conocimos cuando ella llegó a mi colegio. Teníamos catorce años y, aunque suene muy manido, nos enamoramos nada más vernos. Y ya nunca nos separamos. Continuamos juntos hasta el final del bachillerato, estudiamos en la misma facultad y empezamos a trabajar  como profesores en el mismo colegio con un año de diferencia. Para mí no hubo otra mujer en mi vida y creo que tampoco hubo ningún otro hombre para ella. Siempre estuvimos juntos, siempre... Hasta el final.



Me miró a los ojos, los suyos estaban al borde de las lágrimas y temí que se echara a llorar. En su boca se dibujó una mueca que parecía querer ser una sonrisa.
Tras unos interminables segundos de silencio en los que yo buscaba sin éxito algo que decir, el hombre se encogió de hombros y empujó su carro de la compra alejándose de mí. Apenas había caminado un par de pasos cuando, sin detenerse, volvió su cabeza hacia donde yo estaba y añadió en un susurro:



- No debí matarla.


Tardes de fútbol

  Siempre se había considerado a sí mismo como un hombre muy sensible. Le gustaban las historias de amor, sobre todo, las de amor incomprend...