Showroom
La performance tiene lugar en un callejón sobrio, oscuro y decorado con cartones. Al fondo hay un hombre que descansa bajo enormes bolsas de Habitat. Tiene la cabeza apoyada sobre una caja de cartón, toda de Tod`s. Una de sus manos se acurruca para esconder la cara, que como la mano, está algo sucia, lo que le da un toque vintage. No podemos observar su ropa porque está cubierta por las bolsas, pero si que vemos asomar los pies, abrigados por calcetines que fueron blancos y unos Crocs con un pequeño orificio en la planta, que permite mostrar parte del calcetín. Este estilo que hemos dado en llamar "Neohomeless", hace un guiño a la nueva gente corriente y será el estilo más imitado este otoño. Quizás también el siguiente.
Ana Martínez
viernes, 9 de marzo de 2012
lunes, 5 de marzo de 2012
La reunión de los lunes
Subió al despacho de su jefe para la reunión de los lunes. Ambos llevaban muchos años trabajando juntos y siempre empezaban la semana con una reunión a primera hora. Hablaban de lo que habían hecho el fin de semana, con el tiempo llegaron a tener la suficiente confianza para hacerse confidencias más propias de dos viejos amigos que de dos compañeros de trabajo. Después, Juan ponía a su jefe al corriente de lo que ocurrían en el departamento y éste le contaba lo que podía de lo que se cocía en las alturas. Por último, planificaban la semana.
Esa mañana no encontró a su jefe en el despacho. Supuso que no tardaría, así que se sentó en una de las sillas a esperarlo, mientras repasaba las notas de su agenda. Casi todo era de rutina salvo el tema de Vega, el de proyectos, era hora de tomar una decisión, que era la forma de decir que ya había decidido despedirlo.
Miró el reloj. Ya eran las nueve y Enrique no había aparecido. Le llamó, el móvil estaba apagado o fuera de cobertura.
Echó un vistazo al despacho y, por enésima vez, pensó cuánto le gustaría a él ocuparlo y cuánto tardaría en hacerlo. Un informe al lado del ordenador le llamó la atención. Enrique no le había dicho nada de que hubieran contratado a una consultora.
Rodeó la mesa para que la puerta le quedara de frente y no pudieran sorprenderlo curioseando.
La primera hoja del informe tenía un título inequívoco: “Dimensionamiento plantilla operativa”. La segunda hoja recogía la plantilla de su área.
Miró a la puerta para asegurarse de que no había nadie que pudiera verlo y pasó a la siguiente página.
“De acuerdo con la plantilla establecida para su área, indique en la siguiente tabla los nombres de las personas que, a su juicio, deberían ser excedentes”.
Los nombres estaban escritos a mano por la inconfundible letra torturada de Enrique y el primer nombre de la tabla era el suyo.
Tuvo que apoyarse en la mesa porque sus piernas se negaban a sostenerlo. Se aflojó el nudo de la corbata y se limpiaba el sudor de la cara cuando Enrique entró en su despacho.
—Hola. ¿Hace mucho que estás aquí? —le dijo, mientras descubría el informe abierto al lado de Juan.
—Acabo de llegar —respondió.
—Una reunión de emergencia — dijo, a modo de disculpa—. Siéntate, tenemos que hablar.
Sacó la cajetilla de tabaco del bolso de la chaqueta y encendió un cigarrillo. Después la arrojó sobre la mesa y le dijo
—Sírvete —dio una larga chupada a su cigarrillo—. No te preocupes, a mí ya no pueden despedirme.
—¿Te han echado?
—Sí. Esos cabrones me dijeron que les llevara hoy a primera hora el informe de la consultora cumplimentado y, tras entregárselo y discutirlo durante media hora, me dijeron: “nosotros también hemos cumplimentado el nuestro y, lamentablemente, tu nombre aparece entre los excedentes” —dio otra calada a su cigarrillo y señaló la cajetilla—. ¿Seguro que no quieres uno?
Juan lo miraba fijamente, sin pestañear, mientras Enrique tenía la vista perdida en el techo.
—¿No vas a tener los cojones de decírmelo? —dijo por fin.
—¿Decirte qué?
—Venga, no disimules, joder —se levantó, cogió el informe y agitándolo ante la cara de su jefe, continuó—. Sabes que lo he leído. Sabes que he visto mi nombre escrito de tu puño y letra.
—Cálmate Juan. A mí ya me han largado, dentro de una hora tengo que haber dejado esta mierda y tú todavía estás aquí.
—¿Qué quieres decir? —en la voz de Juan apareció una nota de esperanza.
—Nada. Sólo que a ti nadie te ha dicho nada todavía —apagó el cigarrillo y se puso en pie—. Vuelve a tu mesa y espera. No creo que vayan a hacer ningún caso de mi informe, así que seguramente tendrás más suerte que yo.
Tras unos segundos de duda, Juan abandonó el despacho sin decir nada. Enrique cerró la puerta, cogió el teléfono y marcó un número interno.
—Acaba de ir para su mesa.
—… …
—Sí, lo vio. Cuando llegué estaba al borde de la apoplejía.
—… …
—No. Le dije que me habían despedido.
—… …
—De nada. Es trabajo.
Esa mañana no encontró a su jefe en el despacho. Supuso que no tardaría, así que se sentó en una de las sillas a esperarlo, mientras repasaba las notas de su agenda. Casi todo era de rutina salvo el tema de Vega, el de proyectos, era hora de tomar una decisión, que era la forma de decir que ya había decidido despedirlo.
Miró el reloj. Ya eran las nueve y Enrique no había aparecido. Le llamó, el móvil estaba apagado o fuera de cobertura.
Echó un vistazo al despacho y, por enésima vez, pensó cuánto le gustaría a él ocuparlo y cuánto tardaría en hacerlo. Un informe al lado del ordenador le llamó la atención. Enrique no le había dicho nada de que hubieran contratado a una consultora.
Rodeó la mesa para que la puerta le quedara de frente y no pudieran sorprenderlo curioseando.
La primera hoja del informe tenía un título inequívoco: “Dimensionamiento plantilla operativa”. La segunda hoja recogía la plantilla de su área.
Miró a la puerta para asegurarse de que no había nadie que pudiera verlo y pasó a la siguiente página.
“De acuerdo con la plantilla establecida para su área, indique en la siguiente tabla los nombres de las personas que, a su juicio, deberían ser excedentes”.
Los nombres estaban escritos a mano por la inconfundible letra torturada de Enrique y el primer nombre de la tabla era el suyo.
Tuvo que apoyarse en la mesa porque sus piernas se negaban a sostenerlo. Se aflojó el nudo de la corbata y se limpiaba el sudor de la cara cuando Enrique entró en su despacho.
—Hola. ¿Hace mucho que estás aquí? —le dijo, mientras descubría el informe abierto al lado de Juan.
—Acabo de llegar —respondió.
—Una reunión de emergencia — dijo, a modo de disculpa—. Siéntate, tenemos que hablar.
Sacó la cajetilla de tabaco del bolso de la chaqueta y encendió un cigarrillo. Después la arrojó sobre la mesa y le dijo
—Sírvete —dio una larga chupada a su cigarrillo—. No te preocupes, a mí ya no pueden despedirme.
—¿Te han echado?
—Sí. Esos cabrones me dijeron que les llevara hoy a primera hora el informe de la consultora cumplimentado y, tras entregárselo y discutirlo durante media hora, me dijeron: “nosotros también hemos cumplimentado el nuestro y, lamentablemente, tu nombre aparece entre los excedentes” —dio otra calada a su cigarrillo y señaló la cajetilla—. ¿Seguro que no quieres uno?
Juan lo miraba fijamente, sin pestañear, mientras Enrique tenía la vista perdida en el techo.
—¿No vas a tener los cojones de decírmelo? —dijo por fin.
—¿Decirte qué?
—Venga, no disimules, joder —se levantó, cogió el informe y agitándolo ante la cara de su jefe, continuó—. Sabes que lo he leído. Sabes que he visto mi nombre escrito de tu puño y letra.
—Cálmate Juan. A mí ya me han largado, dentro de una hora tengo que haber dejado esta mierda y tú todavía estás aquí.
—¿Qué quieres decir? —en la voz de Juan apareció una nota de esperanza.
—Nada. Sólo que a ti nadie te ha dicho nada todavía —apagó el cigarrillo y se puso en pie—. Vuelve a tu mesa y espera. No creo que vayan a hacer ningún caso de mi informe, así que seguramente tendrás más suerte que yo.
Tras unos segundos de duda, Juan abandonó el despacho sin decir nada. Enrique cerró la puerta, cogió el teléfono y marcó un número interno.
—Acaba de ir para su mesa.
—… …
—Sí, lo vio. Cuando llegué estaba al borde de la apoplejía.
—… …
—No. Le dije que me habían despedido.
—… …
—De nada. Es trabajo.
viernes, 24 de febrero de 2012
En manos del azar
No supo cómo había llegado allí, ni cómo había frenado el coche al borde del precipicio, pero cuando abrió los ojos estaba aferrado al volante y ante él el abismo y un abatimiento en el alma que casi dolía.
Los recuerdos fueron llegando lentamente: la inesperada llamada de aquel amigo que hacía años que no veía, su invitación a tomar una caña después del trabajo, su empeño en verse en una cervecería demasiado alejada.
Tenía que haber sospechado, pero él nunca sospechaba.
La vida me ha tratado demasiado bien, por eso soy confiado, le decía a Rosario cuando ésta le reprochaba que siempre pensara bien de todo el mundo.
Rosario.
La vio nada más llegar y su vida saltó hecha pedazos. De algún modo recorrió media ciudad para llegar a su casa, coger el coche y conducir hasta donde se encontraba ahora, no sabía si lejos o cerca, no reconocía el paisaje, la luz del atardecer había apagado los matices y en el horizonte no podía distinguir nada que le sirviera para orientarse.
El reloj del salpicadero le dijo que habían pasado tres cuartos de hora desde que había tomado conciencia de si mismo, pero seguía desorientado, sin saber qué hacer.
Pasó un cuarto de hora más y en su boca apareció una mueca que él quiso notar como una sonrisa.
Pisó el pedal del embrague, puso punto muerto y quitó el freno de mano. Pasó casi medio minuto antes de que el coche comenzara a rodar muy lentamente.
Los recuerdos fueron llegando lentamente: la inesperada llamada de aquel amigo que hacía años que no veía, su invitación a tomar una caña después del trabajo, su empeño en verse en una cervecería demasiado alejada.
Tenía que haber sospechado, pero él nunca sospechaba.
La vida me ha tratado demasiado bien, por eso soy confiado, le decía a Rosario cuando ésta le reprochaba que siempre pensara bien de todo el mundo.
Rosario.
La vio nada más llegar y su vida saltó hecha pedazos. De algún modo recorrió media ciudad para llegar a su casa, coger el coche y conducir hasta donde se encontraba ahora, no sabía si lejos o cerca, no reconocía el paisaje, la luz del atardecer había apagado los matices y en el horizonte no podía distinguir nada que le sirviera para orientarse.
El reloj del salpicadero le dijo que habían pasado tres cuartos de hora desde que había tomado conciencia de si mismo, pero seguía desorientado, sin saber qué hacer.
Pasó un cuarto de hora más y en su boca apareció una mueca que él quiso notar como una sonrisa.
Pisó el pedal del embrague, puso punto muerto y quitó el freno de mano. Pasó casi medio minuto antes de que el coche comenzara a rodar muy lentamente.
viernes, 27 de enero de 2012
Aparentando calma
Caminaba con paso decidido, a veces no podía evitar correr, pero se controlaba cuando notaba las miradas extrañadas de las personas con las que se cruzaba. Ya no era ningún joven, vestía traje y corbata y no parecía el tipo de persona que va corriendo por la calle.
Pero su impaciencia crecía con la misma rapidez que disminuía la distancia a su destino y, sobre todo, el valor para llevar a cabo su propósito.
Antes de doblar la esquina se detuvo, recuperó el aliento, se atusó el pelo, recolocó su ropa y, respirando profundamente, se acercó despacio al local en el que sabía que la encontraría.
La buscó desde fuera, a través de los cristales. No había mucha gente en la cafetería a aquellas horas, así que no le resultó difícil verla sentada a una de las dos únicas mesas que estaban ocupadas. Frente a ella estaba su amigo de alma, el compañero de toda la vida desde que se conocieran a los tres años en la escuela. Siempre juntos, siempre colegas. Él responsable, estudioso, formal. Su amigo era el contrapunto, aprobaba por los pelos, siempre dispuesto a gastar una broma, siempre dispuesto a hacer cualquier cosa que no fuera estudiar.
Ya adultos, él terminó su carrera, sacó unas oposiciones y se casó con la novia de toda la vida. Bueno, toda la vida salvo los periodos en los que había sido novia de su amigo.Pero, finalmente, él fue quien se casó con ella.
Su amigo había rodado un poco por la pendiente y en más de una ocasión no logró mantenerse en el lado correcto de la línea. Pero siempre había conseguido salir adelante.
A él se le abrieron los ojos un día que su mujer dejó el móvil en la mesa mientras iba al baño. Llegó un mensaje, él miro instintivamente. El mensaje era de la operadora, pero no pudo evitar ver los que le antecedían; eran de Jorge, dos, tres. Cogió el móvil, cuatro, cinco. Todos los mensajes eran de su amigo.
Miró hacia la puerta del baño y abrió uno de ellos: “te echo de menos”. Abrió uno más: “a las 9 donde siempre”. Y un tercero: “te quiero”.
La vio venir por el rabillo del ojo. Dejó el teléfono con disimulo y boca abajo para que ella no viera la pantalla iluminada. Desde entonces empezó a planear lo que haría.
Después de pensar todas las venganzas posibles: matarla, matarlos, matarse, las dos cosas, decidió que no tenía valor para nada de eso.
Y, por fin, allí estaba, a punto de abrir la puerta y entrar en la cafetería.
Ellos estaban sentados de tal forma que pudo acercarse sin que le vieran. Llegó casi hasta su mesa y en una última zancada se plantó ante ambos. Ellos le miraron sorprendidos.
- ¡Sois unos cabrones! – les dijo, y se sintió estúpido, él nunca decía tacos y en su boca sonó ridículo.
Ella abrió la boca para decir algo, pero antes de que lo hiciera él la detuvo con un gesto de su mano. Después, se dio media vuelta y se alejó caminando lentamente aparentando una calma que estaba muy lejos de sentir.
Pero su impaciencia crecía con la misma rapidez que disminuía la distancia a su destino y, sobre todo, el valor para llevar a cabo su propósito.
Antes de doblar la esquina se detuvo, recuperó el aliento, se atusó el pelo, recolocó su ropa y, respirando profundamente, se acercó despacio al local en el que sabía que la encontraría.
La buscó desde fuera, a través de los cristales. No había mucha gente en la cafetería a aquellas horas, así que no le resultó difícil verla sentada a una de las dos únicas mesas que estaban ocupadas. Frente a ella estaba su amigo de alma, el compañero de toda la vida desde que se conocieran a los tres años en la escuela. Siempre juntos, siempre colegas. Él responsable, estudioso, formal. Su amigo era el contrapunto, aprobaba por los pelos, siempre dispuesto a gastar una broma, siempre dispuesto a hacer cualquier cosa que no fuera estudiar.
Ya adultos, él terminó su carrera, sacó unas oposiciones y se casó con la novia de toda la vida. Bueno, toda la vida salvo los periodos en los que había sido novia de su amigo.Pero, finalmente, él fue quien se casó con ella.
Su amigo había rodado un poco por la pendiente y en más de una ocasión no logró mantenerse en el lado correcto de la línea. Pero siempre había conseguido salir adelante.
A él se le abrieron los ojos un día que su mujer dejó el móvil en la mesa mientras iba al baño. Llegó un mensaje, él miro instintivamente. El mensaje era de la operadora, pero no pudo evitar ver los que le antecedían; eran de Jorge, dos, tres. Cogió el móvil, cuatro, cinco. Todos los mensajes eran de su amigo.
Miró hacia la puerta del baño y abrió uno de ellos: “te echo de menos”. Abrió uno más: “a las 9 donde siempre”. Y un tercero: “te quiero”.
La vio venir por el rabillo del ojo. Dejó el teléfono con disimulo y boca abajo para que ella no viera la pantalla iluminada. Desde entonces empezó a planear lo que haría.
Después de pensar todas las venganzas posibles: matarla, matarlos, matarse, las dos cosas, decidió que no tenía valor para nada de eso.
Y, por fin, allí estaba, a punto de abrir la puerta y entrar en la cafetería.
Ellos estaban sentados de tal forma que pudo acercarse sin que le vieran. Llegó casi hasta su mesa y en una última zancada se plantó ante ambos. Ellos le miraron sorprendidos.
- ¡Sois unos cabrones! – les dijo, y se sintió estúpido, él nunca decía tacos y en su boca sonó ridículo.
Ella abrió la boca para decir algo, pero antes de que lo hiciera él la detuvo con un gesto de su mano. Después, se dio media vuelta y se alejó caminando lentamente aparentando una calma que estaba muy lejos de sentir.
domingo, 22 de enero de 2012
Finalizó "Con un trozo de tiza y un cuchillo"
Pero en algún momento hay que terminar y ahora es un momento tan bueno como otro cualquiera.
Es posible que más adelante surjan nuevas iniciativas para participar con relatos, reseñas, noticias relacionadas con la literatura, etc.
Sin embargo, os invito a todos los que escribís, leéis o reseñáis a enviarnos una nota con el enlace a la página donde se ha publicado vuestro relato, donde publicitáis vuestra novela o donde escribís vuestras reseñas para que demos cuenta de ello en el Blog de Ebude.
También podéis enviarnos vuestras novedades: publicación de vuestra novela, salida a la venta en una librería digital, etc.
En fin, que este Blog de Ebude se pone a vuestra disposición para hacerse eco de vuestras novedades.
lunes, 16 de enero de 2012
Ella nos cuida, de Isabel Lebais
Ya sabes, todos los relatos puedes leerlos pinchando en este enlace.
sábado, 7 de enero de 2012
Noche de Reyes
Salió a la calle una hora antes de que comenzara la Cabalgata de Reyes. Le gustaba ver las calles llenas de gente, los padres y abuelos con los niños, oír retazos de las conversaciones.
- Tienes que portarte bien…
- Debes gritar fuerte para que te oigan…
- Eso no lo has puesto en la carta…
En los niños aumentaba la ansiedad y la impaciencia y en los padres crecía la ilusión que creían haber perdido.
Dio un largo paseo empapándose del ambiente mágico de ese día y luego regresó lentamente a la esquina en la que solía ver la Cabalgata en los últimos años.
Se quedó apartado, pegado a los edificios, no quería molestar; ese día los niños tenían preferencia absoluta.
El griterío aumentaba a medida que los tambores y la música se acercaban y se hicieron ensordecedores cuando los Reyes llegaron a su altura.
- ¡Grita fuerte, hijo! ¡Gaspaaaar!
- ¡Me ha mirado! mamá, ¡me ha mirado!
Las caras arrobadas de los niños le hicieron recordar los años en los que él iba con sus hijos o, algo más reciente, con sus nietos.
Apartó con la mano los recuerdos que habían nublado ligeramente sus ojos y siguió observando aquel heterogéneo desfile: soldados, pastores, músicos, personas ataviadas con los trajes regionales… Cuanto más disparatado resultaba el conjunto más efecto parecía tener en los niños que contemplaban todo como propio de la noche mágica que les habían prometido.
Cuando hubo terminado, se quedó un tiempo viendo cómo la gente se dispersaba en todas direcciones. Después, emprendió lentamente el camino a su casa.
Se detuvo en una confitería y poniendo en peligro su economía mensual y su salud compró el roscón de reyes más pequeño que tenían. Lo de la salud no tenía mucho arreglo, pero la economía la parchearía alargando ese roscón para el desayuno de toda la semana.
Ya en su casa, le alivió del frío reinante la entrañable atmósfera creada por las luces del árbol de Navidad que, a pesar de su temor a un cortocircuito y al próximo recibo de la luz, había dejado encendido para no encontrar el piso tan vacío.
Calentó un vaso de leche en el microondas y le añadió un poco de cacao que apenas tiñó el líquido. Cortó dos dedos de roscón y después de rebañar la crema que quedó en el cuchillo lo fue comiendo muy lentamente, saboreando cada pequeño bocado.
Cuando hubo terminado, se quitó los zapatos y los limpió muy cuidadosamente, como siempre, cuando niño, le decía su madre antes de ponerlos bajo el árbol. Ella le decía que debían estar muy brillantes, pero los suyos ahora hacía ya mucho tiempo que habían perdido el brillo para siempre.
Fue hasta el salón y los colocó bajo el árbol. Después dejó una jarra de agua y un poco de azúcar para los camellos y el roscón, por si a los Reyes les apetecía comer un poco; aunque rezó para que no lo hicieran, porque le dejarían sin desayuno durante varios días.
Apagó el árbol y salió del salón cerrando la puerta tras él. Esa noche no vería la televisión, tenía que dormirse pronto para que vinieran los Reyes Magos.
- Tienes que portarte bien…
- Debes gritar fuerte para que te oigan…
- Eso no lo has puesto en la carta…
En los niños aumentaba la ansiedad y la impaciencia y en los padres crecía la ilusión que creían haber perdido.
Dio un largo paseo empapándose del ambiente mágico de ese día y luego regresó lentamente a la esquina en la que solía ver la Cabalgata en los últimos años.
Se quedó apartado, pegado a los edificios, no quería molestar; ese día los niños tenían preferencia absoluta.
El griterío aumentaba a medida que los tambores y la música se acercaban y se hicieron ensordecedores cuando los Reyes llegaron a su altura.
- ¡Grita fuerte, hijo! ¡Gaspaaaar!
- ¡Me ha mirado! mamá, ¡me ha mirado!
Las caras arrobadas de los niños le hicieron recordar los años en los que él iba con sus hijos o, algo más reciente, con sus nietos.
Apartó con la mano los recuerdos que habían nublado ligeramente sus ojos y siguió observando aquel heterogéneo desfile: soldados, pastores, músicos, personas ataviadas con los trajes regionales… Cuanto más disparatado resultaba el conjunto más efecto parecía tener en los niños que contemplaban todo como propio de la noche mágica que les habían prometido.
Cuando hubo terminado, se quedó un tiempo viendo cómo la gente se dispersaba en todas direcciones. Después, emprendió lentamente el camino a su casa.
Se detuvo en una confitería y poniendo en peligro su economía mensual y su salud compró el roscón de reyes más pequeño que tenían. Lo de la salud no tenía mucho arreglo, pero la economía la parchearía alargando ese roscón para el desayuno de toda la semana.
Ya en su casa, le alivió del frío reinante la entrañable atmósfera creada por las luces del árbol de Navidad que, a pesar de su temor a un cortocircuito y al próximo recibo de la luz, había dejado encendido para no encontrar el piso tan vacío.
Calentó un vaso de leche en el microondas y le añadió un poco de cacao que apenas tiñó el líquido. Cortó dos dedos de roscón y después de rebañar la crema que quedó en el cuchillo lo fue comiendo muy lentamente, saboreando cada pequeño bocado.
Cuando hubo terminado, se quitó los zapatos y los limpió muy cuidadosamente, como siempre, cuando niño, le decía su madre antes de ponerlos bajo el árbol. Ella le decía que debían estar muy brillantes, pero los suyos ahora hacía ya mucho tiempo que habían perdido el brillo para siempre.
Fue hasta el salón y los colocó bajo el árbol. Después dejó una jarra de agua y un poco de azúcar para los camellos y el roscón, por si a los Reyes les apetecía comer un poco; aunque rezó para que no lo hicieran, porque le dejarían sin desayuno durante varios días.
Apagó el árbol y salió del salón cerrando la puerta tras él. Esa noche no vería la televisión, tenía que dormirse pronto para que vinieran los Reyes Magos.
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