A Pedro le gustaba decir que las ovejas habían salido corriendo detrás de los lobos y que éstos habían huido asustados.
Sus vecinos le tomaban por loco y no le hacían caso, pero él les decía: "un día las ovejas perseguirán a los lobos y no me creeréis".
Por fin un día regresó al pueblo a media mañana y encontró a los vecinos reunidos en la plaza.
¿Dónde están tus ovejas, Pedro? - le preguntaron sus vecinos.
Él se encogió de hombros y les dijo:
- Ya lo sabéis, se han ido persiguiendo a los lobos. Y vosotros, ¿qué hacéis reunidos en la plaza? - les preguntó.
- Pedimos la dimisión del alcalde.
- Os lo dije - les respondió, al tiempo que, con las manos en los bolsillos, daba media vuelta y se iba calle abajo.
jueves, 19 de mayo de 2011
viernes, 13 de mayo de 2011
Colores
El cielo tenía un color gris plomizo. La mar estaba de un verde oscuro que resultaba inquietante. Sus presentimientos eran negros. La única nota discordante la ponía Edith Piaf con “La vie en rose”. O no.
lunes, 2 de mayo de 2011
Juan
Laura llegó a la cafetería y se sentó en una mesa al lado de la cristalera. Fuera había empezado a llover y el cielo plomizo se juntaba con el mar a pocos metros de la playa.
Los días grises y lluviosos le gustaban porque la sumían en una dulce melancolía, pero ese día el sentimiento se había intensificado hasta hacerla sentir muy triste, sin motivo.
Allí se veía con Juan cuando eran dos jóvenes, demasiado jóvenes. Allí le había dicho que ya no lo quería y que volvía con Andrés y allí regresaba cada martes desde hacía veinte años.
Todo había empezado como una broma que se había gastado a sí misma un día que recordó lo que le dijo Juan aquella tarde: “ Todos los martes, a esta misma hora, te esperaré aquí mismo, por si decides volver”. Era asombroso cómo había recordado aquella frase, y todas las que se dijeron aquel día, con toda claridad.
Por supuesto que Juan no estaba. Laura sabía que se había ido a trabajar fuera de Gijón un par de años después y no había regresado más que en unas pocas ocasiones por algún compromiso familiar. Regresos esporádicos y fugaces para cumplir con los trámites imprescindibles en el menor tiempo posible. La última vez que lo había visto fue en el tanatorio cuando le dio el pésame por la muerte de su madre.
Pero se encontró a gusto allí y regresó todas las tardes de cada martes hasta que se convirtió en una rutina que le costaba evitar.
Su días transcurrían llenos de pequeñas rutinas que se repetían cada día, cada semana, cada mes o cada año. A su edad no había lugar a muchas aventuras y repetir las mismas pautas le daban la seguridad y el aplomo que los años comenzaban a robarle.
El camarero se acercó:
- ¿Lo de siempre? - preguntó.
Laura vio al hombre que se había sentado en el mesa delante de ella volver la cabeza. Entonces reconoció a Juan, pero éste no pareció haberla visto.
El recuerdo de aquella tarde regresó de nuevo, con toda nitidez.
Laura salió a la calle y cruzó al otro lado del paseo. Las olas rompían con fuerza y el agua del mar pulverizado se mezclaba con el de la lluvia y mojaba la cara de Laura disimulando sus lágrimas. Pensaba que se sentiría mejor después de decírselo a Juan, pero, por el contrario, se sentía terriblemente triste.
Caminaba con el paraguas cerrado sin hacer caso de la lluvia que le había empapado la ropa y no recordó que había quedado con Andrés hasta que, ya en su casa, se metió bajo la ducha para entrar en calor.
En la cafetería, Laura y Juan se miraban a los ojos en silencio buscando a la persona que habían conocido hacía más de cuarenta años esperando encontrar en ella el rastro de sí mismos.
Cuando el silencio se les hizo incómodo se fueron poniendo al día de sus propias vidas y con retazos, anécdotas y pasajes más detallados, fueron recomponiendo cada uno la vida del otro, hasta que el camarero se acercó a decirles que tenían que cerrar. En ese momento se dieron cuenta de que la cafetería estaba vacía y de que las sillas habían sido colocadas encima de las mesas para poder limpiar el suelo con más comodidad. Juan miró su reloj y comprobó asombrado que llevaban allí sentados más de cinco horas.
- ¿Donde vas a dormir? - le preguntó Laura.
- He reservado un hotel; espero que me hayan guardado la habitación.
- ¿No vas a tu casa?
- No sé cómo estará. Ni siquiera sé si está alquilada. Mañana empezaré a ponerme al día.
- ¿Quieres que te acompañe?
- Sería yo quien debería acompañarte a tu casa.
Se despidieron después de intercambiarse sus números de teléfono y de quedar en llamarse al día siguiente. Laura le había prometido acompañarle a redescubrir su ciudad y a llamar a algunos amigos de entonces, pero Juan le hizo prometer que no lo haría hasta que él se lo dijese. No se encontraba preparado para interpretar el papel del emigrante retornado. De hecho, ni siquiera estaba seguro de que fuera a quedarse más que unos pocos días.
Laura fue caminando lentamente hasta su casa recordando partes de la conversación y sintiéndose algo estúpida al sentirse embargada por la ilusión de volver a ver a Juan al cabo de unas pocas horas.
viernes, 22 de abril de 2011
Laura
Veía la lluvia golpear con fuerza contra los cristales de la cafetería. Era una tormenta de primavera que le hacía sentir ese extraño vértigo que producen los “déjà vu”.
Hacía sólo unas horas que había vuelto a Gijón después de muchos años. Nada más descender del tren notó la humedad del aire y olió, o creyó oler, el mar cercano. Por alguna razón, quizá el efecto evocador del olfato, los recuerdos le asaltaron, sin que esta vez fuera capaz de mantenerlos a raya.
Laura llegó después de él, pero esta vez no se sentó a su lado. A Juan le hizo gracia y pensó que estaría enfadada con él por algún motivo que, como otras veces, él ignoraba por completo.
El silencio se prolongó el tiempo que el camarero tardó en servirles. Juan la miraba con curiosidad, mientras Laura permanecía obstinada con su mirada fija en el mármol de la mesa.
Laura no volvió. Juan dejó de esperarla después de algunos martes. Su trabajo le llevó lejos de Gijón. Se casó, tuvo tres hijos. Enviudó. Sus hijos vivían en tres países distintos y, después de muchos años, se encontró solo.
Hacía dos semanas que le habían jubilado. Estuvo varios días noqueado, arreglando papeles como si viviera la vida de otra persona. Cuando terminó todos los trámites se encontró en su casa sin saber qué hacer. De pronto, vio el anuncio en televisión: “Asturias. Lo dice todo el mundo”. Asturias. Gijón. ¿Cuánto tiempo hacía que no había vuelto? La última vez había ido al entierro de su madre. Un viaje rápido. El tanatorio. Una noche en la casa de sus padres. El entierro. Las instrucciones a un familiar para que pusiera la casa en alquiler. Y de regreso a su mundo.
El caso es que no pudo recordar con exactitud cuántos años habían pasado: cinco, siete; algo así. Podría consultar su agenda, allí estarían los apuntes de entonces. Pero qué más daba.
Se conectó a internet, buscó los billetes para viajar a Gijón y bloqueó sus recuerdos para que no le molestaran durante el viaje. Pero ahora estaba en la estación paralizado por el recuerdo de la última tarde con Laura.
El taxista colocó el equipaje en el maletero y ya en el coche preguntó:
Tras un breve silencio el taxista intentó entablar conversación.
La ciudad pasaba ante él, desconocida. Ni siquiera estaba seguro de no confundir los edificios que creía recordar con los de alguna de las decenas de ciudades que había visitado a lo largo de su vida. Por fin vio el mar, pero enseguida el taxi volvió a adentrarse por calles entre edificios. El taxista observó por el espejo la confusión de su cliente y se apresuró a aclarar:
El mar volvía a estar al frente y en cuanto el taxi giró a la derecha, vio el edificio de la cafetería, remozado, pero tal como lo recordaba.
No podía saber si el interior del local había cambiado; suponía que sí porque el mobiliario y las paredes difícilmente habría aguantado tantos años. Se sentó en una mesa a lado de la cristalera justo en el momento que comenzó a descargar la tormenta.
De pronto su corazón dio un vuelco al escuchar a su espalda.
Miró hacia atrás y vio al camarero atendiendo otra mesa. Sonrió burlándose de su propia estupidez, pero no pudo impedir que los recuerdos lo asaltaran de nuevo.
Laura se había ido a vivir con Andrés pocos meses después y aunque él quiso aparentar que no les guardaba rencor, no pudo seguir comportándose como si nada hubiera pasado y, poco a poco, se fue alejando; hasta que cambió de amigos, primero, y de ciudad, después.
La tormenta parecía haber pasado o quizás sólo daba una tregua.
Se giró y tardó apenas una décima de segundo en reconocerla. Quiso decir algo, pero su boca quedó entreabierta sin emitir sonido alguno.
Juan se levantó, pero continúo enmudecido y terminó por señalarle la mesa invitándola a sentarse. Se sentaron.
Laura no dijo nada.
Fuera había oscurecido. La lluvia arreciaba de nuevo y el agua resbalaba por la imagen de sus rostros reflejada en el cristal.
Hacía sólo unas horas que había vuelto a Gijón después de muchos años. Nada más descender del tren notó la humedad del aire y olió, o creyó oler, el mar cercano. Por alguna razón, quizá el efecto evocador del olfato, los recuerdos le asaltaron, sin que esta vez fuera capaz de mantenerlos a raya.
Laura llegó después de él, pero esta vez no se sentó a su lado. A Juan le hizo gracia y pensó que estaría enfadada con él por algún motivo que, como otras veces, él ignoraba por completo.
- ¿No te sientas a mi lado? - preguntó con una sonrisa.
- Estoy mejor aquí – le contestó seria, sin mirarle.
- ¿Lo de siempre? - preguntó el camarero.
- No – dijo Laura – yo tomaré una caña.
- Muchos cambios de repente – bromeó Juan.
- No lo sabes tú bien – el tono de Laura era duro y sus ojos, esta vez si le miró, tenían el color gris de los momentos tormentosos que Juan reconoció de inmediato.
El silencio se prolongó el tiempo que el camarero tardó en servirles. Juan la miraba con curiosidad, mientras Laura permanecía obstinada con su mirada fija en el mármol de la mesa.
- Te dejo – le dijo Laura sin mirarlo, en cuanto el camarero les dio la espalda.
- No entiendo.
- Es sencillo: esto se acabó.
- Vuelves con él – Afirmó Juan, que parecía haber encontrado la clave.
- Sí.
- No va a durar, lo sabes.
- No me importa.
- Te dejará otra vez.
- Tú que sabes.
- Ya lo ha hecho antes.
- No quiero hacerte daño, Juan.
- ¿No quieres hacerme daño? - Juan trataba de no levantar la voz.
- Es igual – dijo Laura al tiempo que se levantaba.
- Espera – le dijo, mientras la retenía suavemente de la mano - Todos los martes, a esta misma hora, te esperaré aquí mismo, por si decides volver.
Laura no volvió. Juan dejó de esperarla después de algunos martes. Su trabajo le llevó lejos de Gijón. Se casó, tuvo tres hijos. Enviudó. Sus hijos vivían en tres países distintos y, después de muchos años, se encontró solo.
Hacía dos semanas que le habían jubilado. Estuvo varios días noqueado, arreglando papeles como si viviera la vida de otra persona. Cuando terminó todos los trámites se encontró en su casa sin saber qué hacer. De pronto, vio el anuncio en televisión: “Asturias. Lo dice todo el mundo”. Asturias. Gijón. ¿Cuánto tiempo hacía que no había vuelto? La última vez había ido al entierro de su madre. Un viaje rápido. El tanatorio. Una noche en la casa de sus padres. El entierro. Las instrucciones a un familiar para que pusiera la casa en alquiler. Y de regreso a su mundo.
El caso es que no pudo recordar con exactitud cuántos años habían pasado: cinco, siete; algo así. Podría consultar su agenda, allí estarían los apuntes de entonces. Pero qué más daba.
Se conectó a internet, buscó los billetes para viajar a Gijón y bloqueó sus recuerdos para que no le molestaran durante el viaje. Pero ahora estaba en la estación paralizado por el recuerdo de la última tarde con Laura.
- ¿Necesita un taxi, señor? - la voz del taxista le sacó a medias de su ensoñación.
- Sí... Sí, desde luego.
El taxista colocó el equipaje en el maletero y ya en el coche preguntó:
- Usted dirá – dijo, mientras miraba al pasajero por el espejo retrovisor.
- ¿Sigue existiendo el México Lindo?
- ¿La cafetería de El Muro? Por supuesto, allí sigue, como siempre.
Tras un breve silencio el taxista intentó entablar conversación.
- ¿Hace mucho tiempo que no ha estado aquí?
- Sí, mucho tiempo – dijo distraído.
La ciudad pasaba ante él, desconocida. Ni siquiera estaba seguro de no confundir los edificios que creía recordar con los de alguna de las decenas de ciudades que había visitado a lo largo de su vida. Por fin vio el mar, pero enseguida el taxi volvió a adentrarse por calles entre edificios. El taxista observó por el espejo la confusión de su cliente y se apresuró a aclarar:
- Cosas del ayuntamiento. Enseguida volvemos al paseo marítimo. Se empeñaron en salvar ese edificio que se cae a trozos y por eso tenemos que dar este rodeo.
El mar volvía a estar al frente y en cuanto el taxi giró a la derecha, vio el edificio de la cafetería, remozado, pero tal como lo recordaba.
No podía saber si el interior del local había cambiado; suponía que sí porque el mobiliario y las paredes difícilmente habría aguantado tantos años. Se sentó en una mesa a lado de la cristalera justo en el momento que comenzó a descargar la tormenta.
De pronto su corazón dio un vuelco al escuchar a su espalda.
- ¿Lo de siempre?
Miró hacia atrás y vio al camarero atendiendo otra mesa. Sonrió burlándose de su propia estupidez, pero no pudo impedir que los recuerdos lo asaltaran de nuevo.
Laura se había ido a vivir con Andrés pocos meses después y aunque él quiso aparentar que no les guardaba rencor, no pudo seguir comportándose como si nada hubiera pasado y, poco a poco, se fue alejando; hasta que cambió de amigos, primero, y de ciudad, después.
La tormenta parecía haber pasado o quizás sólo daba una tregua.
- No has venido todos los martes – oyó a su espalda.
Se giró y tardó apenas una décima de segundo en reconocerla. Quiso decir algo, pero su boca quedó entreabierta sin emitir sonido alguno.
- Yo sí he venido todos los martes de los últimos veinte años – volvió a hablar ella.
Juan se levantó, pero continúo enmudecido y terminó por señalarle la mesa invitándola a sentarse. Se sentaron.
- ¿Tampoco esta vez te sientas a mi lado? - y sonrió para que no sonara a reproche.
Laura no dijo nada.
Fuera había oscurecido. La lluvia arreciaba de nuevo y el agua resbalaba por la imagen de sus rostros reflejada en el cristal.
miércoles, 13 de abril de 2011
Destino
Salió decidido a encontrarla, pero cuando por fin la tuvo delante sintió miedo y quiso huir, pero ya era tarde, ella también le estaba esperando.
miércoles, 6 de abril de 2011
Valor
Paseaba con la angustia oprimiendo su pecho, incapaz de sobreponerse a aquella sensación tan familiar, cuando le apetecía echarlo todo a rodar, pero sabiendo que no sería capaz de hacerlo.
Pero esta vez algo sí cambiaría, no se quedaría de nuevo con el sabor amargo de haberse dejado vencer sin tan siquiera luchar.
Camino a casa, cambió de idea muchas veces, tantas como se volvió a reafirmar en su idea inicial. Dio algunos rodeos deliberados para retrasar el momento y, en última instancia, entró en el supermercado y compró el güisqui más caro de la tienda. No lo quería para darse valor, sino para la celebración posterior.
Llegó a su casa, le dio un beso a su mujer y le dijo:
- Ha llegado el gran día.
Ella siguió enfrascada en su trabajo sin hacerle demasiado caso. ¿Cuántas veces le había dicho lo mismo? ¿Cuántas, ella, creyó haberle convencido para verlo arrepentirse de nuevo?
Mientras encendía el ordenador se sirvió un generoso vaso de güisqui con cuatro piedras de hielo. Se sentó ante la pantalla y abrió el documento; miró al pie de la página del tratamiento de textos: 348 páginas. Deslizó la barra lateral hasta que llegó a la última página y escribió “FIN”.
Pero esta vez algo sí cambiaría, no se quedaría de nuevo con el sabor amargo de haberse dejado vencer sin tan siquiera luchar.
Camino a casa, cambió de idea muchas veces, tantas como se volvió a reafirmar en su idea inicial. Dio algunos rodeos deliberados para retrasar el momento y, en última instancia, entró en el supermercado y compró el güisqui más caro de la tienda. No lo quería para darse valor, sino para la celebración posterior.
Llegó a su casa, le dio un beso a su mujer y le dijo:
- Ha llegado el gran día.
Ella siguió enfrascada en su trabajo sin hacerle demasiado caso. ¿Cuántas veces le había dicho lo mismo? ¿Cuántas, ella, creyó haberle convencido para verlo arrepentirse de nuevo?
Mientras encendía el ordenador se sirvió un generoso vaso de güisqui con cuatro piedras de hielo. Se sentó ante la pantalla y abrió el documento; miró al pie de la página del tratamiento de textos: 348 páginas. Deslizó la barra lateral hasta que llegó a la última página y escribió “FIN”.
viernes, 1 de abril de 2011
Costumbre
Cuando ella le dijo que ya no le quería, sintió nauseas, sus pulmones se quedaron sin aire y él sigue pensando que su corazón llegó a detenerse durante un instante.
Cuando su sangre volvió a regar su cerebro y fue capaz de articular algún sonido inteligible hacía horas que ella le había abandonado.
Pensó que no soportaría el dolor de estar sin ella, que no podría seguir viviendo con aquella angustia, que la vida se le haría insoportable...
Pero fue mucho peor: se acostumbró.
Cuando su sangre volvió a regar su cerebro y fue capaz de articular algún sonido inteligible hacía horas que ella le había abandonado.
Pensó que no soportaría el dolor de estar sin ella, que no podría seguir viviendo con aquella angustia, que la vida se le haría insoportable...
Pero fue mucho peor: se acostumbró.
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